Manifestacion estudiantil
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Me atrevo asegurar que Salvador Allende nunca imaginó que su rostro estaría en el fondo de pantalla de un Smartphone, de un joven de 16 años, el año 2014. Fue lo primero que pensé mientras compartía el panel con un representante del centro de estudiantes de un liceo público de Santiago, cuando le llegó un “whatsapp” y se iluminó su pantalla.

En los últimos años, he participado en numerosas reflexiones sobre educación, donde he encontrado rasgos que se repiten en todo el país, algunos sorprenden gratamente y dan señales claras de esperanza. Esta semana, fui invitado nuevamente, a la jornada inicial de un proceso más largo y sostenido que durará algunas semanas, convocado por la municipalidad de Santiago.

Al ingresar al Liceo me encontré con un edificio patrimonial hermoso, con grandes vigas a la vista, todo limpio y ordenado. Un lujo. Me tocó compartir no sólo con el dirigente atento a su celular sobre la mesa (igual que yo), sino también con profesores y apoderados.

Muchas cosas me llamaron la atención: desde el formato tradicional de un seminario diseñado en el lenguaje y los ritmos de adultos -la invitación originalmente era para jóvenes que sabemos tienen otros códigos-, hasta los duros comentarios de algunos participantes, como “por el lucro, una mínima parte se va a la educación y el resto a los bolsillos de los empresarios”.

La educación es el pilar fundamental de un país y de una vida en sociedad. Es la base de nuestra vida en común, en un espacio en común, en un tiempo en común. A esto debiera responder la educación y, en especial, la educación pública: una plataforma para alcanzar el desarrollo y la felicidad personal, así como el desarrollo y la felicidad colectiva. Cuando escucho que los ejes de la reforma son lucro, copago y selección, noto que aún falta por hacer para dimensionar la importancia del momento que vivimos. La reforma educacional es y debe ser mucho más que eso.

Chile se caracteriza por sus niveles de desconfianza. Desconfiamos de los empresarios, de los políticos, de las iglesias, de los administradores de edificios, de los maestros, de los estacionadores de autos, de los extranjeros, del que estuvo en la cárcel y hasta de nuestros vecinos. Vivimos enrejados, nuestras escuelas están rodeadas de alambres de púas y nos asustamos si alguien se nos acerca en la micro y nos pregunta algo. Nuestro sistema educativo es fiel reflejo de esta sociedad de la desconfianza.

Desconfiamos de nuestros profesores y los forzamos a implementar un currículum rígido que anula la creatividad, sujeto a una medición que nos cree a todos iguales y no respeta las personalidades ni las emociones. Desconfiamos de nuestros directores y no les damos las atribuciones necesarias para que puedan liderar y gestionar de buena manera sus organizaciones. Desconfiamos de nuestros apoderados y los dejamos al margen del proceso educativo. Desconfiamos de nuestros estudiantes y entregamos la subvención sólo si asiste al colegio, pero nunca escuchamos sus sueños. Desconfiamos -e incluso escapamos- de quienes son diferentes, dispuestos a pagar lo que podamos por alejarnos y no mezclarnos.

No estamos enfrentando una reforma educativa, sino una reforma al alma de Chile. Y como tal, la mirada sistémica no sólo debe considerar educación, sino todo lo demás. Si realmente la Presidenta Bachelet cree que la educación es la reforma más importante de su mandato, entonces debe coordinarlo y sacarlo adelante con todos sus ministros y ministras, con la ayuda, además, de todos nosotros. Si ese fue el espíritu de la reunión en Cerro Castillo, me alegro muchísimo.

“La matrícula a nivel nacional ha caído y este Liceo no ha sido la excepción. ¿Por qué sus compañeros se fueron? ¿Por qué ustedes siguen acá?”, le pregunté a los estudiantes que escuchaban atentos en el seminario, pero que no hablaban nada. ¡Quién mejor que los propios amigos y compañeros de curso para saber por qué un niño se fue del colegio! Las respuestas fueron increíbles, tanto que son tema para otra columna. La conversación que inicié, terminó con una estudiante que dijo abiertamente que estaba orgullosa de su liceo y “confiaba en sus profesores”.

Ese es el alma de Chile. La confianza de que sí se pueden lograr grandes sueños, sin miedo a los demás, sino con confianza para celebrar con los demás. La tarea es titánica y no se puede dejar solo al Ministro de Educación con ella. Si realmente estamos frente a un gobierno que quiere transformar la educación de Chile, debe ser todo su gabinete el que se ponga a disposición de este esfuerzo brutal que nos tomará no cuatro años, sino décadas. Y es urgente.

*Fundador de Educación 2020