“Esa madrugada los que estaban con turno de guardia escucharon un ruido raro. Cuando fueron a ver, se encontraron con un cuerpo y luego sintieron el sonido de un vehículo arrancando. Yo estaba durmiendo en la pieza del tercer piso del edificio. Llevaba dos semanas viviendo ahí con diez personas más, cuando un compañero del MIR me fue a avisar que habían tirado un cadáver.
Cuando la vi la reconocí inmediatamente: la Lumi era chica, morenita. No me cupo ninguna duda de que era ella. Me impactó ver que tenía unas marcas moradas en el cuello y en las dos muñecas; se notaba que la habían amarrado y que la habían asfixiado. Tengo una imagen grabada de esa escena. A pesar de que había visto muchas cosas, mi estado de shock aumentó. La Lumi era mi amiga. No me la creía.

La gente de la guardia rondó el cuerpo con un cordón humano para no alterar la escena y al final del toque de queda llegaron miembros de otras embajadas y un juez. Por la investigación del caso no dejaron salir a nadie de la embajada en cuatro meses, cuando en general la gente salía después de quince días, máximo un mes.

Con el tiempo, la embajada se transformó es una especie de estado independiente, de aldea, había una directiva con miembros de todos los partidos y teníamos nuestras costumbres. Nos despertábamos a las ocho, hacíamos gimnasia en grupo y en las tardes salíamos a dar la vuelta al parque. Hasta hicimos un grupo para discutir El Capital con tal de que el tiempo pasara más rápido. Lo único que pensábamos era salir luego y sobrevivir. Estábamos enfermos, con úlceras, alergias, persecuciones, crisis de pánico y pesadillas.

Después de lo de la Lumi, durante varios días anduve más loco que de costumbre, retraído y pensando en la cabronada que significaba eso. Fue un reflejo de lo que eran; la mala clase de la gente que estaba detrás del golpe. Todos: desde los que hicieron esto hasta los que siguieron con la propaganda. El Mercurio era asqueroso, armaron todo un cuento de que adentro había un grupo de asesinos que la habían matado. En esos meses, los servicios de inteligencia todavía estaban bastante despelotados, así que no creo que haya sido una estrategia; fue una estupidez. Realmente fue una estupidez a nivel táctico: tiran el cuerpo a la embajada, se dan cuenta de que están en un tete y empiezan a ver cómo salir de eso. Ahí la tratan de arreglar comunicacionalmente culpándonos de asesinos. Una cuestión que después nadie creía.

Por lo que he escuchado de la gente que estuvo en José Domingo Cañas cuando la mataron, los gallos estaban absolutamente dopados. Me caben pocas dudas de que esto fue producto de una borrachera, de alcohol, de droga, de lo que quieras, pero los tipos estaban fuera de sí y se les pasó la mano. Le habían sacado tanto la cresta a la Lumi que se murió no más. Y, al final de la curadera, alguien dijo “ya, vamos a la embajada italiana”, y partieron y la botaron ahí. No creo que lo hayan planificado con anticipación ni que la finalidad fuera asustar a los refugiados que estábamos adentro. No creo que nosotros les hayamos importado ni un carajo.

Fue todo tan brutal que no veíamos el bosque, veíamos los arbolitos: estábamos viendo pedacitos de lo que pasaba, no la maquinaria con la fuerza que realmente tenía. A mí me cayó la teja cuando murió Miguel Enríquez y lo de Lumi fue otro golpe más. Los borraron. Los exterminaron porque no necesitaban gente que pensara distinto.

La Lumi era una persona muy comprometida que luchó por mejorar la situación del país. Es indispensable que se le recuerde a ella y a otras personas que fueron sacrificadas para que las futuras generaciones conozcan nuestra historia trágica. Cada memorial va sumando. Ni perdón ni olvido”.