¡Adiós Pedro Lemebel!

adios pedro lemebel - Carmen Berenguer

Al entrar a su cuarto de hospital escuché las notas de la Internacional provenientes de una cajita de música en las manos de Pedro. Al lado izquierdo, colgaba de la pared la bandera del Partido Comunista. Deja la caja pequeñita de lado y mueve las manos hacia un estante al lado de su cama. Trata de sacar un sobre grande y con una mirada cómplice, me pasa el sobre beige. Leo las palabras doradas de la presidenta de Chile, Michelle Bachelet.

Pidió con golpes de mano que cerraran la puerta y nos quedamos mirándonos en silencio. Luego me hace gestos para que le cuente lo que pasa afuera. Me pregunta por la familia. Le resumo, y me dice poniéndose el dedo en la garganta: ¿Por qué no viniste con el tapado que te regalé? ¡Tan lindo ese tapado! Pedro, ese tapado no me queda ya (risas). Entonces dáselo a Carolita. Entró una enfermera y Pedro le dijo con gestos que se fuera, que cerrara la puerta. Esas horas, han sido las más intensas de toda nuestra relación. Todas las imágenes de nuestra caminata quedaron suspendidas allí.

De nuevo ingresa la enfermera. Intento salir. ¡No te vayas! Al rato, continuamos como siempre. Pedro estaba pensando en su homenaje póstumo. Me pidió que leyera un texto; ¿Te la podís con La Leva? Son diez páginas. ¡Por supuesto, las leo así! (con un chasquido con los dedos). No te preocupes, con comas y puntos (y nos reímos). Hacía mucho tiempo que no lo veía sonreír. Luego me puso caras tristes, mirando hacia todos lados. ¡Estás regia!, comentó. Ando con mi iPod, le digo. Pedro comienza a hacer poses. No sé si las fotos queden bien. Apreté el clic varias veces. Estira su mano pidiéndome mis lentes para el sol. Se los puso y allí, con diversos gestos posó para mi cámara. En ese minuto, me conmovió y se me vino el siglo encima. Era como siempre, como solíamos hacer las múltiples tardes de nuestra factoría imaginaria, itinerante, peregrina y que habíamos instalado desde los míticos años 80. A veces, le decíamos nuestra guardería, guarida, refugio, puente, cotorreo, charlatanería. Instalado como ejercicio nómade aliterario, donde dimos vuelta el oficio, donde aprendíamos a quitar el miedo vivido a la ferocidad que nos rodeaba, de aquella contigencia en la que escribíamos a la rápida, pero con el cuidado de no caer en la obviedad. Nos gustaba decir lo dicho, pero de otra manera y ese era el ejercicio mental rápido y lúdico. La contingencia fue nuestro modo de vivir aceleradamente mirando pal’ lao, pal’ frente, y pa’ trás.

Nos movíamos a los recitales en la SECH. En la mañana, a la protesta, a los panfletos hacia la Alameda, marchando a la Catedral, por Ahumada. Organizados, en el Coordinador Cultural. Pedro pintaba de rojo el Mapocho. Y antes de las protestas en la poblaciones, el sitting en el MAC. En las noches el caceroleo. Y en el bar El Castillo Francés, éramos clandestinos. Sacabas tu spray rayando la madrugada de graffittis, verdaderos aullidos en la intemperie. Y más tarde, los pitos, el copete y el amor. Y en eso se nos vino la muerte del editor Pola Negri de la revista de cómic “El beso negro”. De un día para otro desapareció la “Miss Poper”, quien nos daba Éter para subir al cielo y arrancar así del infierno.

Pasaron rápido las décadas, Pedro. Apenas nos daba el tiempo para entreabrir algunas páginas. En cierto modo, una muestra en los mismos ochenta: Corpus Cristi y SIDA. Se iban nuestros amigos queridos en “jaque mate”. El mito de entonces en el bar era Diego Ortiz de Zárate, que de repente tocaba el violín y se nos ponía la piel de gallina. Jorge González reluce su pera de cuchillo y sus ojos de lince. Como gato montés se mueve entre sus seguidores y sus detractores. Así son los que hacen un ligero desliz, entre los muros grises del país. Al otro costado, está el grupo La Ley liderado por Beto Cuevas antes que le llegara la fama.

Esa tarde, no recuerdo si era fría, húmeda o con nubes, solo veía venir una silueta con dos cabezas montando una yegua percherona. Los límites entre la yegua y los cuerpos se perdían en el horizonte. Se acercaban al poblado sitiado como un cuadro del renacimiento. Aquí, en la calzada sur de la melancolía del charqui colonial en Santiago de Chile. Era la Godiva, con dos cabezas desnudas ingresando al centro del saber académico de la U. de Chile, porque la Escuela de Arte estaba cerrada por orden del dictador. Estas Fresias querían desafiar la orden del tirano con esta cabalgata, dirigiéndose al pueblo ya de noche. Las puertas se iban cerrando al ruido de los cascos en el pavimento. Nadie se atrevió a mirarlas. Iban cubiertas no con la melena original de la historia, sino cuerpo a cuerpo famélico de la indiada pobre del barrial de la urbe, rabo a rabo, corazón a corazón. Las tendencias estéticas se hacían en los bares, en mesas de tevinil; los vangard pisaban el bar del Mulato Gil, los new wave eran de Ñuyorican, los neo pop se reunían en el jake y los trans vangard en los bares de Bellavista.

“La Esquina es mi Corazón” (1994) comienza una de las voces más inquietantes y corrosivas en la narrativa nacional. Él las llamaba crónicas. Yo le decía que podrían llamarse más bien “terrosas” por “el gusto al tecito que tenemos los chilenos o por esa mariconería burlona al gusto por el té inglés”, como dice Lemebel, con que los chilenos afinan mariconamente la voz subiendo un medio tono cuico, para poner las distancias de clase.

Ese primer libro fue una lúcida imagen del Chile actual: “La letra con sangre entra”. El remilgo maricón de la consonante.Todo un prontuario desarreglado por tu pluma, Pedro, como lluvia matinal de la mermelada rica, acamala la letra que por las rendijas, el almíbar sentimental adulzona, la audaz lengua de cobra, para desamblar el léxico en su violentez radical.

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