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A las 12 de la noche del domingo 19 de julio, la avenida 23, también conocida como La Rampa en la parte que va desde El Coppelia al Malecón, estaba llena de jóvenes que deambulaban tomando cerveza en torno a locales donde las vendían, sin necesariamente sentarse en su interior, porque hacía un calor insoportable. Por lo general, a esa hora, la mayoría de las muchachas que se pasean por ahí son jineteras en busca de turistas a los que se ofrecen por unos cuantos dólares, aunque desde hace un par de meses se han sumado a ellas y sus cabrones otros jóvenes que llegan a ocupar esas veredas en busca de conexión a internet. Ahora por U$2 les es posible comprar las tarjetas de ETECSA que ayer solo estaban al alcance de extranjeros y privilegiados locales con acceso a los hoteles de la ciudad. Ellas contienen las claves necesarias para conectarse a la web durante una hora. Las cunetas de La Rampa hoy están llenas de cibernautas con la vista clavada en sus teléfonos u ordenadores. A esa misma hora, muchísimos adolescentes terminaban el día sentados en los muros del malecón, de espaldas al agua. Los escolares están de vacaciones por estos días, de modo que nada los obliga a madrugar. A ninguno de ellos le preocupaba lo que estaba por ocurrir un poco más allá, donde la Oficina de Intereses Norteamericanos, tras 54 años de guerra fría, volvía a convertirse en la embajada de los Estados Unidos.

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A las 12.01 del lunes 20, Cuba restableció relaciones con el Imperio. El hecho simbólico que viniera a consignar esta nueva etapa entre la pequeña isla de resistencia socialista y el país más poderoso del mundo debía ser el momento en que la bandera norteamericana fuera enarbolada en ese rincón de La Habana (46 años antes, en esta misma fecha, el mundo esperaba que Neal Amstrong la clavara en la Luna). Dos o tres periodistas deambulaban esa noche en la esquina de M y 11 con la esperanza de que sucediera. Las grandes cadenas, como Reuters y CNN recién llegaron a eso de las 6 de la mañana, con sus antenas parabólicas y equipos de transmisión. Estaba claro que en Washington la ceremonia de izamiento del pabellón cubano se realizaría a eso de las 10, en la misma casa de construcción clásica que un siglo antes el gobierno de Mario García Menocal había levantado como representación diplomática, y que en 1961 había suspendido tales funciones, para quedar relegada, poco más tarde, a labores insignificantes bajo la mediación de la república suiza. Ese evento, con 500 invitados oficiales –artistas, intelectuales, guerrilleros históricos, diplomáticos, etc.– encabezado por el canciller de Cuba, Bruno Rodríguez, y su homónimo estadounidense John Kerry, concluiría al final del día con un concierto de Silvio Rodríguez, algo así como el alma de la Revolución. Cuándo y cómo se izaría la bandera en La Habana seguía siendo un misterio. Era un secreto a voces que no sucedería ese día 20, pero ante la duda, las principales agencias noticiosas se apostaron en la vereda de la calle Calzada, justo en frente al antiguo estacionamiento de la embajada, hoy convertido en el Monte de las Banderas, donde más de un centenar de mástiles desnudos fueron instalados para vestirse de tela cuando necesitaran ocultar los carteles luminosos que cada tanto el enemigo encendía con publicidad anticastrista. Una placa de bronce advierte sobre la razón de ser de esos mástiles: “El que a la estrella sin temor se ciñe, ¡Como que crea, crece!”, dice ahí un verso de José Martí. Y a continuación: “Sirva este monte de banderas como respuesta del pueblo de Cuba a la torpe soberbia del gobierno de los Estados Unidos; 138 banderas cubanas ondearán dignas frente a los ojos del imperio, para recordar desde hoy cada uno de los años de lucha del pueblo cubano, cuando nuestros padres fundadores dieron el grito de independencia en 1868. Como entonces, ante la sombra luminosa de este gran monte de banderas, continuamos peleando. 24 de febrero de 2006, Año de la Revolución Energética en Cuba”.
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Pero esa mañana no sucedió nada especial, salvo que la vigilancia feroz que ha rodeado durante décadas esta zona sufrió un relajo instantáneo a eso de las 9.30 hrs. Los periodistas presentes se apostaron con sus cámaras y micrófonos frente a la puerta principal de la ahora embajada, en una escalinata que minutos antes parecía un campo minado por el que solo podían pasar tipos de uniforme y civiles de las fuerzas de seguridad. A eso de las 10 ya estaba claro que no se izaría la bandera ni ocurriría nada en verdad altisonante, pero los reporteros del mundo ahí instalados seguían sacando fotografías iguales a las que ya habían tomado mil veces y corriendo a conseguir declaraciones de cualquiera que entrara o saliera del edificio, y como los que salían iban todos con banderitas americanas, su diversión consistió durante un buen rato en pedirles que las agitaran, así como en filmar una y otra vez a una pareja de yanquis que pasaba por la cuadra en un Cadillac descapotable flameando una gran bandera de su país.

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De pronto, un viejo de 87 años, sin dientes, vestido con una guayabera inmunda, algo así como un Spencey Tracy en “El viejo y el mar”, tomó asiento en las escalinatas, con los mástiles detrás y la embajada delante, y tras gritar su nombre, ¡Alfredo Guillermo Rodríguez!, con una voz que le lijaba la garganta, dijo que había luchado contra Batista y que hoy lo hacía contra el gobierno de los Castro, porque era un cristiano al que le importaban los derechos humanos. “Yo no soy ningún ladrón, ningún criminal, ningún delincuente, como algunos dicen de mí. No odio a nadie, pero no acepto que me digan lo que tengo que hacer y decir. Yo no tengo dueño. ‘Los principios no son negociables’, dijo Fidel copiándole a Martí, y ahora se lo digo yo a Fidel y a todos esos que me van a ofrecer ayuda para que guarde silencio, porque yo no quiero nada de ellos si a cambio esperan que me someta. ¡Que Dios los bendiga a todos!”, dijo, y levantó los brazos, y se quedó callado. Las cámaras automáticamente se retiraron en busca de otro atractivo, y yo, que estaba sentado muy cerca, lo vi secarse la frente con la manga de su camisa. A esa hora ya hacían más de 33 grados. Al notar que era el único que me había quedado ahí, me dijo que no le importaba si yo era de la seguridad, porque ya le habían pegado varias veces, y le daba lo mismo. No tenía edad para andarse preocupando por esas cosas, porque, según afirmó, se iba a morir igual. Me mostró la página de un diario o revista a muy mal traer en que le llamaban “Padre de la Disidencia Cubana”, y yo le pregunté si había estado en la Sierra, y me dijo que no, que había pertenecido al Directorio de José Antonio Echeverría, el “Manzanita”, cuando tenía 22 años, y que había participado en el asalto al Palacio de Gobierno en 1957, “con el grupo de Julián Ortega Espinoza y el ‘Gallego’ Lavanderos, al que mataron en la fuga del Príncipe. De mi grupo –agregó–, también murieron Osvaldo Díaz Fuentes y Abelardo Rodríguez Medero, pero todo eso sucedió hace mucho tiempo, cuando éramos unos muchachos anti batistianos”.

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A eso de las dos de la tarde, después de que la bandera cubana fue izada en la capital del capitalismo mundial, y el himno patrio cantado entre gritos de “¡Fidel, amigo, el pueblo está contigo!”, “¡Cuba sin Castro!”, “¡Viva Cuba socialista!” y “¡Viva Raúl!”, hablaron los cancilleres: Kerry en inglés y español, y Rodríguez en español e inglés. Ambos se refirieron a que el proceso de abuenamiento sería largo y difícil. “Conoceremos la frustración y necesitaremos mucha paciencia”, dijo Kerry. “Este es el camino correcto para empezar a construir una relación distinta de la que hemos tenido”, Bruno Rodríguez. Acá en Cuba, de pronto se cortó la transmisión. Cuando volvió la señal, el ministro cubano enumeraba las deudas que los Estados Unidos mantenían con ellos: el fin del bloqueo (al que diplomáticamente llamó “embargo”) y la indemnización por lo que habían dejado de ganar a causa suya, el fin de la base de Guantánamo y el respeto por sus decisiones soberanas. Se trató, innegablemente, del diálogo entre un gigante y un pequeño Estado, con todos los defectos que se quiera, pero repleto de dignidad. “No hubiéramos podido llegar aquí –le dijo el ministro de Cuba al de los EE.UU. en la cara–, sin la conducción de Fidel Castro, sin la resistencia de nuestro pueblo, y sin el apoyo de los países de América Latina”. Acto seguido, transmitieron por Cubavisión un especial sobre los grandes aportes estadounidenses a la cultura de la humanidad: el cine, el jazz y la historieta.

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