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Para quienes, como yo, la historia de Chile sea una materia difuminada por el correr del tiempo y el amontonamiento de intereses y distracciones, buena parte de la información que trae el nuevo libro de Jorge Baradit será recibida como se reciben las noticias sorprendentes del pasado: con cierto estupor. No somos inmunes a la posibilidad de que Arturo Prat haya practicado el espiritismo, ni a los intentos (¿visionarios?) por fundar la Internet durante el gobierno de Salvador Allende. Y aunque es cierto que muchas de las anécdotas contenidas en “Historia secreta de Chile” han sido narradas en otros medios, que yo sepa nunca habían sido reunidas en un solo volumen. En historias como las de Jaime Galté, el primer médium republicano; o Luis Ugarte, el cuarto marino en abordar (aunque no del todo) el Huáscar, están todos los elementos de un buen relato: intriga, profundidad humana, peripecias, drama, y hasta amor. En cuanto antologador y divulgador, Baradit es digno de méritos.

Como narrador, sin embargo, deja mucho que desear.

Todo historiador sabe que la desgraciada belleza de la historia reside en su complejidad. Cualquier esfuerzo por reconstruir el pasado es una interpretación. Las hay mejores y peores; unas más convincentes que otras; otras en las que podemos oír el placentero sonido del acuerdo, que nos adula en lugar de incitarnos a cuestionar lo que damos por hecho. “Historia secreta de Chile” a lo sumo logra entretener –lo que no es poco y en parte explica su éxito de ventas–, pero, una vez damos vuelta la última página (y qué última página; sugiero que todo quien vaya a leerlo comience por ahí), sabemos que hemos experimentando un producto tan específico de nuestra actual coyuntura, tan rigurosamente cliché, que, si preciamos en algo nuestra capacidad crítica, se nos impone poner bajo la lupa la mirada acotada de Baradit. Y sí: quien entra en la historia siempre arrastra consigo su equipaje, pero al menos tiene la decencia de consignarlo en el mesón de la aerolínea.

Al incurrir en una reducción estratégica de los episodios históricos, Baradit pierde la oportunidad de hacer una verdadera declaración política. Tal cual narradas, la intención de estas cápsulas acaba por moverse en unas arenas movedizas tan actuales como desenfadadas: conspiración, entretención, indignación. Un movimiento de la inteligencia estéril y, me atrevo a decir, sospechoso. Esto queda claro en las constantes apariciones de la segunda persona narrativa, que exhorta al lector a “estar ahí”, a sentir el dolor o “la adrenalina” en toda tragedia o acto heroico. Esta es una artimaña narrativa primitiva, así como una admisión involuntaria, imagino, de que el objetivo es cautivar al lector apelando antes a una dimensión emocional que intelectual. Naturalmente, esto es así porque Baradit no se contenta con apuntar la historia; su deseo es agarrar el dedo del lector y colocarlo donde él quiere.

Y está la prosa. Tremendista y arrebatada, hecha de estruendos y una sintaxis para la cual el mayor halago disponible es caótica, aunque en estricto rigor solo es mala: comas en lugar de puntos, puntos en lugar de puntos y coma; repeticiones; errores sintácticos básicos. Una prosa, después de todo, apropiada para un libro cuyas intenciones de desvestir la historia de los disfraces que le han enfundado se ve limitada por las capacidades expresivas de su autor.

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Historia secreta de Chile
Jorge Baradit
Sudamericana, 2015, 170 páginas