Amanda Piña

Amanda Piña es una coreógrafa y bailarina chilena radicada en Austria que estuvo de vuelta en el país para presentar WAR, una obra de danza que gestó junto al artista visual suizo Daniel Zimmermann, y que expone el tema de la guerra a través de bailes de la Polinesia -especialmente de Rapa Nui-, planteando la danza como un lugar de resistencia ante el conflicto bélico mundial, tanto en general como en particular.

WAR formó parte del Festival Santiago a Mil, que cada verano reúne en la capital a obras nacionales e internacionales de teatro, danza, música, intervenciones urbanas y documentales.

En esta obra, Piña baila una serie de Hokos (danzas de guerra Rapa Nui) junto a Alexandra Mabes y Pascual Pakarati, con proyecciones en el fondo de citas e imágenes que invitan a reflexionar y duros sonidos electrónicos que logran tensar el ambiente, logrando que el tema de la guerra se sienta como una incómoda realidad.

La coreógrafa, proveniente de una familia mexicano-chileno-libanesa, estudió Teatro Físico en Santiago, Antropología Teatral en Barcelona y Danza Clásica, Moderna y Contemporánea en México, Barcelona, ​​Salzburgo y Montpellier.

Piña, que usa el movimiento como potencial político y social, dejó Chile a los 20 años, pensando que si se quedaba en el país su única opción de trabajo sería ser profesora. “Me parecía que era un poco incoherente dar clases sin experiencia profesional, que era generar un loop vicioso de profesores que en el fondo era gente que hubiera querido hacer teatro o danza y que se tenían que dedicar a la docencia”, recuerda.

La bailarina Alexandra Mabes está parada al centro del blanco escenario, en silencio y con la mirada fija en el vacío. Una voz en inglés interrumpe el momento y unos subtítulos se proyectan en la pared del teatro de Matucana 100.

“Este baile está dedicado a mi padre. Su nombre es Lawrence Mabes González. Nació en Manila, en Filipinas. Llegó a Estados Unidos cuando tenía 16 años de edad. Fue inmediatamente enviado a la guerra. Él es un veterano de Vietnam. He tratado de sentir y representar lo que él experimentó y de ponerme en su posición: Este baile no puede ser bailado”, se lee en los ladrillos.

“Eso es real. Ella no podía pronunciar la palabra ‘padre’ sin ponerse a llorar, ha sido todo un proceso”, cuenta Piña, explicando que todo lo que sobre ese escenario se muestra es una reflexión sobre hechos bélicos verídicos.

¿Por qué nace este interés personal en la guerra?

Cuando nosotros hicimos esta obra yo veía que en la danza en Europa -porque es mi contexto- se volvía más expresiva, después de un tiempo largo de algo que se llamó la “no danza”, o la danza más conceptual. Y haciendo investigación y conociendo un poco la historia de la danza contada desde Europa, yo sabía que antes de la Primera Guerra Mundial había habido un movimiento muy expresionista en la danza, y antes de la Segunda Guerra Mundial también, entonces esto surgió como una especie de intuición. Esto que estamos viendo hoy día es una guerra mundial, ya son cinco países en el conflicto, y yo creo que la obra fue una especie de intuición por lo que está pasando ahora. En Europa se refleja con oleadas de emigrantes, con cerrar las fronteras del mar. Esta obra es también un homenaje a las danzas que vieron venir el conflicto bélico y que lo tematizaron en su época; es un tipo de arte político.

¿Por qué mezclar a Rapa Nui con hechos históricos de otras partes del mundo?

WAR habla de la construcción del otro y de cómo surge esa construcción en el encuentro entre el turista y el “nativo”. Entonces se usan las danzas de la polinesia, especialmente el Hoko Rapa Nui, para abordar el tema de la guerra desde una forma más global. Creo que un punto clave de la obra es de qué forma el espectáculo de la guerra en los medios de comunicación genera el conflicto bélico también; es un factor que refuerza la violencia, recrea el conflicto y da la posibilidad de que exista esa ficción de que hay un otro diferente a uno, al cual uno tiene derecho de bombardear por A, B o C razón. Sabemos que no es diferente a uno porque come, sufre, siente alegría, amor, va al baño. Es inaceptable, porque es terminar pueblos enteros por el petróleo, es inaceptable que la verdadera razón de los conflictos bélicos sea un tema económico y no religioso como nos hacen creer.

¿Propones que hay una relación entre la violencia y el turismo?

Yo creo sí. El turismo es una fuerza muy violenta que destruye los ecosistemas y genera mucho desecho. Estamos viviendo un mundo tan complejo y tan hiperconectado que me parece que el turismo tiene un impacto negativo en el mundo y en su economía también. Pero en el caso de la Isla de Pascua es un tema de sustentabilidad; la isla no puede sostener tantos desechos humanos, tanto consumo de recursos hídricos. Entonces qué tipo de economías se pueden generar que no hagan que la gente sólo dependa del turismo, como es el caso de Rapa Nui.

El turismo también genera la identidad del “nativo”, porque en ese encuentro -que es un encuentro económico- ambos se dan lo que se espera de los dos. El “nativo” intercambia ancestralidad, la fantasía de una cultura estática, que no se ha movido y que ha sido siempre así, que todos sabemos que no es verdad, porque vivimos “hoy” y por lo tanto se hace cultura de “hoy”.

Según tú, ¿cuál sería la solución a esta situación?

Yo creo que la idea no es solucionar, sino que sensibilizar. Creo que tiene que ver con que nos toca como humanidad hacer un cambio súper grande y que no sé si estemos a tiempo de hacer, pero me parece que como artista mi opción es no entrar en el cinismo; creo que esa es una vía de escape. Uno como artista tiene la posibilidad de acceder a un público que puede ver el trabajo y tiene una responsabilidad ahí, que yo la ocupo proponiendo lo que quiero ver en el mundo o tematizando cosas que me parecen problemáticas para que pensemos en eso.

¿Por qué Rapa Nui?

El interés surgió al haber visto esa danza Hoko. Me planteó muchas dudas cuando vi a esos hombres bronceados, jóvenes, musculosos, no como Pascual Pakarati, que es un señor que tiene 50 y tantos años. En la isla cuando tú tienes cierta edad ya dejas la pista de baile y te incorporas a la música, lo que creo que es una pena, porque a mí me gusta mucho ver cuerpos en los que tú ves que hay toda una historia de la danza escrita.

La danza Hoko me llamó mucho la atención porque había algo que no era sólo eso, a un nivel de forma coreográfica, que hablaba de algo que podría haber sido en un pasado una forma de arte clásica, como vemos en las danzas polinesias, como por ejemplo el Hula Kahiko; formas de danza altamente codificadas, clásicas. La isla tiene una historia colonial muy fuerte, perdieron su lengua escrita y hablada, en el contacto con piratas, europeos, con gente que se los llevó a trabajar en las guaneras del Perú como esclavos, entonces es una historia de sobrevivencias. La danza tiene que ver con la resistencia de una cultura y con la invención que esa cultura hace de sí misma.

¿Cuál crees que es la importancia de bailar?

Creo que la danza es una metáfora para la existencia, creo que cuando bailas existes, sin producir ni consumir nada material, y ese foco en la existencia me parece que es interesante. Qué significa estar vivo hoy día, “ser” ahora y cómo podemos hacer de esa realización de que “estamos” hoy un momento compartido.

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¿De qué forma ha cambiado Chile desde que te fuiste?

Me parece que hay un boom cultural ahora, yo creo que está bastante claro. Hace mucho que trabajo para dignificar la posición de los artistas para que puedan ser artistas profesionales y no solamente tengan que ser profesores de arte que hacen el arte por “amor al arte”, que es una palabra que a mí no me gusta.

¿Por qué no te gusta?

Porque creo que el arte es un bien inmaterial de lujo. Porque lo que estamos recibiendo hoy día a través de los medios de comunicación no es muy interesante, no se preocupan mucho por el ser, por la vida, por el desarrollo; no sólo intelectual, sino también espiritual de qué es lo que significa estar vivo. El arte ofrece diferentes miradas y contenidos que son muy importantes y que, en el contexto de una economía neoliberal de libre mercado, las instituciones tienen que defender eso, porque tiene que ver no sólo con la educación, sino con la formación de gente, de seres humanos que construyen una sociedad para mañana. Hay mucho trabajo que hacer ahí y yo creo que se está empezando a hacer, tengo optimismo al respecto.

En Austria fundaste el Ministerio de Asuntos del Movimiento, ¿de qué se trata esta institución?

Es apoyada por la cancillería presidencial y se centra en el movimiento del cuerpo como agente expansor de la conciencia. Organiza y distribuye recursos alrededor del cuerpo como un desdisciplinador de éste; el movimiento libre. El cuerpo en el espacio es un tema que al ministerio le interesa mucho. Al revés de otras instituciones que convierten a los seres humanos en ciudadanos, a este ministerio le interesan los seres humanos.

La fundamos con Daniel Zimmermann y la cancillería hace ya seis años. Hicimos un viaje a la Amazonia, que consistía en pedirles consejo a comunidades indígenas que no tienen la noción de “estado”, que no tienen estructuras sociales jerárquicas. Preguntarles sobre las crisis económica, social y política que vivíamos en ese momento en Europa, y que todavía vivimos. Muchos de los consejos de los apus, líderes o de la gente que se hace cargo del tema más espiritual de esas comunidades, iban a la danza, no como una actividad de ocio, sino como una actividad social de importancia espiritual y política, y al movimiento como unidad de existencia. El consejo era que había que defender eso.

¿Cómo fue el proceso para que llegara a concretarse este ministerio? Pensando en que sería bueno replicar esta iniciativa en Chile.

Requirió mucho trabajo, pero ha sido algo fantástico porque hemos estado viajando por el mundo como delegación ministerial. Acabamos de estar en la Corte de Apelaciones en París presentando los programas que tenemos, como el programa Movimientos Humanos en Peligro de Extinción, que es muy relevante para Latinoamérica también, porque tenemos todavía mucha cultura que se ha mantenido al margen de lo que se llama la industrialización de la cultura occidental, en cuanto a una estructura que se guía por un orden social jerárquico, por una relación entre naturaleza y cultura de dominación; la cultura domina lo natural. Esta idea que tenemos hace 400 años de que la tierra es una máquina y nosotros somos sus ingenieros, o que la economía es una máquina y que si tu la alimentas bien va a generar riqueza; estamos en un momento que por la crisis medioambiental que vivimos queda claro que no es real, que esto es un ser vivo que no debe morir por las consecuencias de los actos de los humanos -no de todos, de ciertos humanos- que potencian una cultura de extracción, de polución, que piensa que puede sacar, sacar, sacar y no poner nada a cambio; ese es un tipo de narrativa que apareció y que ahora nos corresponde cambiar.

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¿Cómo ves a Chile en términos de potenciación cultural?

Me parece que, como dijo el ministro Ottone, es un gran paso tener un Ministerio de Cultura. Yo creo que aquí se necesita mucha valentía porque se necesita impulsar políticas que no son rentables económicamente, pero que son necesarias porque sino vamos a generar una cultura extremadamente violenta, desigual e infernal. Tenemos que poner recursos en cosas que no son para vender, que no son el show de la tele -me impresiona como a bajado la calidad de la televisión-. Espero que tengamos la valentía para contrarrestar una sociedad que la economía de mercado se la lleva a un lugar peligroso.

¿Por qué dices que generaría violencia?

Yo creo que la desigualdad está probado que genera mucha violencia social y yo creo que el sistema de mercado neoliberal genera desigualdad y no riqueza. Genera riqueza para muy poca gente. En Chile está claro, el país está en manos de cuánta gente, ¿cinco? ¿seis? Y la demás gente no se está haciendo más rica, sino que al contrario. Por eso me parece muy bien que haya otro tipo de generaciones haciendo política, con otras visiones, más actualizadas. Creo que en Chile tenemos la posibilidad de hacer las cosas mejor. Se pueden instaurar políticas públicas y sociales que vayan en la dirección de lo que se tuvo en Europa en el “New deal”, en el momento en que el Estado decidió proteger una serie de cosas, dar una serie de derechos, que fue algo inédito, y aquí nos corresponde conquistar.