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A través de una de sus editoriales de la edición de este jueves, el diario El Mercurio, se refiere al fenómeno desatado en el Festival de Viña del Mar con la actividad política como foco de las rutinas del humor.

Advierte este medio que “se han encarnizado contra virtualmente todas las formas institucionales públicas y privadas de nuestro país”.

Agrega que si bien es cierto las aplaudidas rutinas pasarán al olvido una vez que los días comiencen a archivar las extensas jornadas en la Ciudad Jardín, “no lo es menos que la libertad de opinión y expresión -que obviamente incluye el humor- no puede ser restringida más allá de cuanto la Constitución y la ley establezcan, y cabe presumir -y esperar- que los organizadores de dicho festival y los humoristas respectivos atenderán a no exceder sus límites ni lesionar los derechos de quienes son su blanco”.

De igual manera, El Mercurio analiza la conducta del público, al que califica como exultante a la hora de “arrastrar a tantos a un pantano de descrédito”.

Reconoce, no obstante, ese derecho de la gente y subraya que en esa lógica “no se le puede pedir a una masa que demande refinamientos ni rechace procacidades”.

Ahora, así se pregunta la editorial el porqué de un actuar que considera como inconsecuente. Esto pues sostiene que “si ese mismo público siente que con eso está aprobando una forma de reproche moral, y si se admite que él es representativo de un sentir nacional mayoritario, cabría preguntarse por la incongruencia de que sea indiferente ante otros actos reprochables en que tantos incurren, como, por ejemplo, la creciente elusión maliciosa del pago en el transporte público.

Con todo, opina El Mercurio, “la atmósfera que denota la reacción del “monstruo de la Quinta” da que pensar. Ni derechas ni izquierdas pueden alegrarse, ni autoengañarse con la ilusión de que esa percepción daña más al adversario que a los propios: es todo el sistema institucional el que aparece enjuiciado y descalificado en grado que puede tornarse demoledor”.

“Si la burla verbal, pero sin mayores consecuencias prácticas, deviniera a la postre en un nihilismo y una desconfianza generalizados, sería el clásico cuadro aprovechable por demagogos que postulen utopías, siempre históricamente fallidas, conmocionantes para las sociedades, y a menudo cruentas. El humor puede ser una advertencia sanadora, pero también desatar fuerzas que luego escapan del control de todos”, cierra.