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¿Cómo recuerda la niñez con su hermano en San Bernardo? ¿Qué tipo de mundo social los rodeaba?
–Mi familia llegó allá el año 28, cuando yo tenía tres años. Mi padre, como funcionario público, pudo comprar una quinta que quedaba al frente de la estación de ferrocarriles de San Bernardo. Nuestra vida quedó muy determinada por la maestranza de ferrocarriles. A las 6:20 de la mañana sonaba el primer pitonazo que despertaba a todo San Bernardo. Nuestro padre era muy democrático y tenía la costumbre campesina de saludar a toda la gente. Tuvimos una muy buena relación con el sector ferroviario, tenían un sindicato obrero muy grande. Allí íbamos con mi hermano a jugar ajedrez. La mayoría eran obreros de clase media, porque los ferroviarios siempre tuvieron una situación estable. Pero también había mucha pobreza en los sectores rurales y frente a eso fuimos muy sensibles.

¿Cómo vivieron la crisis del salitre en los años 30?

–Era muy tremendo. Pasaba gente pobre que se quedaba frente a la maestranza, bajo unos árboles que había ahí. Mi madre tenía una sensibilidad exquisita frente a estos problemas, se preocupaba de regalarles frutas. Ella se indignaba con la pobreza, protestaba, se amargaba, y esto nos marcó a los hermanos. Así que Patricio, como hermano mayor nuestro, se preocupó mucho que sus hermanos menores leyéramos literatura de tipo social, como “Subterra”, “Subsole” y la historia de Chile, que leíamos en familia. Mi madre y Patricio llevaban el pandero de esto. Él era muy preocupado de nuestra formación.

¿En la adolescencia ya se le notaban las aptitudes políticas a su hermano?
–Sí, se comenzó a ver claramente que Patricio no solo tenía un liderazgo familiar, ya que en el Liceo de San Bernardo también fue líder. Creó el Centro Cultural Manuel Magallanes Moure, porque San Bernardo tuvo mucha tradición de escritores chilenos de vanguardia, que crearon la Colonia Tolstoyana, algo de moda en ese tiempo. Patricio tenía mucha inquietud por ese tema. Cuando dejó el liceo y se fue a estudiar Derecho, el rector del liceo lo invitaba para que volviera a dar charlas. Yo seguí sus pasos como líder, porque cuando desapareció el centro cultural con la partida de mi hermano, yo lo reviví e hice un aporte muy serio con la creación de la revista “Algo”. Allí escribía cuentos de carácter social, relacionados con la vida en el campo.

¿En qué ocupaban el tiempo libre?
–Jugábamos tenis, ping pong, pichangas de fútbol. Además, casi toda la familia Aylwin era de provincia y nuestros primos, cuando se acercaban a los 18 años, se venían a Santiago al Internado Barros Arana, así que el fin de semana venían a San Bernardo a compartir con nosotros.

¿Su hermano también era líder en las fiestas?
–Era amistoso, pero no era el rey de la fiesta. No era bueno para el baile. Ninguno de nosotros cantaba. Éramos medio fomes.

ENTRE AGUIRRE CERDA Y EL PADRE HURTADO
¿En qué momento Patricio Aylwin da el salto a la política?
–Cuando aparece el Frente Popular con Pedro Aguirre Cerda. Ahí Patricio, que recién había entrado a la universidad, se mete de lleno a trabajar con ellos.

¿Por qué apoyaba a Aguirre Cerda?
–Porque él representaba las transformaciones sociales. Era el candidato de los maestrancinos, de los campesinos, de los profesores. Aguirre Cerda era muy de pueblo, eso lo hacía más atrayente. Además había un hermano de mi madre que era dirigente socialista, el tío Guillermo Azócar. Fue senador por tres o cuatro períodos, era un socialista utópico, romántico, muy carismático. Patricio fue muy influenciado por el tío Guillermo, lo escuchaba mucho. Él llegaba a la casa e íbamos todos a escucharlo, hablaba de la agricultura, de la modernización del país. Cuando vio que nosotros nos íbamos a meter a la Falange, nos decía “revolucionarios de cartón”.

Y ya en la universidad, ¿ustedes dos seguían teniendo ideas políticas afines?
–Sí, los dos andábamos por los mismos mundos. Y cuando mi hermano estaba saliendo de la universidad, se hace amigo de Clodomiro Almeyda. La familia Almeyda tenía un fundo por Ñuble, así que Patricio veraneó más de alguna vez allá. Yo por mi parte era muy amigo de Carlos Altamirano, compañero mío en el liceo. Entonces los dos teníamos esa vertiente socialista.

¿Y en qué momento dan el giro hacia la Falange?

–Patricio era frío desde el punto de vista religioso, pero a pesar de ello se hizo amigo de gente muy importante en el pensamiento católico, entre ellos Manuel Larraín y el padre Alberto Hurtado. Había muchos sacerdotes con influencia en el mundo universitario, que entendían la importancia de las opciones políticas de los católicos, y Patricio se vinculó mucho con ellos. Por eso se comienza a inclinar hacia la Falange, que en esos años era muy atrayente con las figuras de Eduardo Frei Montalva y Radomiro Tomic. Y saliendo de la universidad, Patricio se vincula con Jorge Rogers, quien lo lleva finalmente a la Falange.

¿Y lo llamó a usted a integrarse?
–No, nunca me influenció. Yo seguía estudiando y me relacionaba con la Falange, pero con una tendencia hacia el socialismo. El problema es que asistía a las reuniones del PS y las peleas eran muy fuertes, eso no me gustaba. En la Falange, en cambio, el sentido de la amistad estaba muy desarrollado, así que me fui acercando más hacia ellos. Luego estuve muy enfermo de tuberculosis, mucho tiempo en cama, me pude haber muerto a los 24 años, y ahí recibí la amistad de gente falangista que fue muy buena conmigo. Yo he sido poco de ideologías, la humanidad para mí es muy importante, que si uno está enfermo que lo fueran a ver… quizás soy pueblerino. Así que por esa situación humana llego a la Falange y me presento como el primer candidato del partido a la federación de estudiantes.

AÑOS CONVULSIONADOS

Durante el gobierno de Frei Montalva se comienza a polarizar el escenario político. ¿Cómo lo afrontan usted y su hermano?
–Me pillas en un problema que no tengo mucha autoridad para opinar. Yo he actuado en política pero nunca fui un político, tal como me decía Frei. La política me permitió realizarme en muchos aspectos, me metí en los campos con la Reforma Agraria, conviví con la gente, aprendí mucho y era capaz de traer esa sabiduría a la política, pero no era un político de gran nivel como mi hermano. Lo que sí creo es que Frei tuvo una gran influencia sobre Patricio. Yo pertenecí a una generación distinta, mis amigos eran Vicente Sota, Jacques Chonchol, Vicente Silva. Entonces, en esos años, se empiezan a producir dos visiones diferentes y yo trataba de conciliarlas, pero no tenía la capacidad de hacerlo.

A fines de los años 60, la DC empieza a dividirse.
–En ese tiempo veo una locura que se produce en la política. Las posiciones revolucionarias se radicalizan y las moderadas no tienen conciencia de esa radicalización. Hay dos mundos que se están separando y los de mi generación se me empiezan a ir todos del partido, eso me produjo un dolor muy grande. Veo a Patricio por otro lado… Al interior de la DC, yo no fui oficialista ni rebelde.

Pero no le gustaba lo que veía…
–Me desesperaba ver lo que se producía. Las sesiones de la Junta Nacional eran violentas, un grupo se va del partido… Pero mi vida se daba más en los campos con la gente, ahí yo era feliz.

En esa disputa interna, ¿qué rol jugaba su hermano?

–Claramente él era del sector que apoyaba a Frei . Él creía que se estaba haciendo lo mejor que se podía hacer de acuerdo a la realidad de ese momento. Yo no estaba contra Frei… pero yo nunca supe lo que fui en política. Pero estoy muy contento con lo que fui, yo trataba de conciliar.

¿Qué decía Patricio sobre la llegada al poder de Allende?
–Para él fue un golpe, era la derrota del proyecto democratacristiano. Para la dirigencia del partido fue un fracaso histórico, creían que venía una situación sumamente peligrosa para Chile. Frei miraba con profundo pesimismo lo que iba a pasar, pero Patricio era un hombre derecho que creía que había construir los sistemas para que Allende pudiera gobernar.

Aunque fueron bastante críticos.

–De eso no cabe duda. Y en la Cámara de Diputados, los socialistas con la derecha se sacaban la mugre. Claramente se comienza a crear la idea de un Golpe. Yo venía del campo y escuchaba todas estas cosas y me asustaba el odio y la violencia que se había creado en la derecha. Recuerdo especialmente un día en que unos 30 o 40 diputados de derecha en la Cámara empiezan a gritar: “¡Yakarta! ¡Yakarta!”, porque en Indonesia los militares habían tomado el control y se hablaba de 500 mil comunistas muertos. Y estos energúmenos pidiendo esto para Chile. Durante ese tiempo conversé bastante con Patricio, y él era un civilista, era totalmente contrario al Golpe. En una de sus últimas reuniones con Allende, se produjo una pifia general, porque estaba lleno de militantes del presidente. Entonces mi hermano dijo: iré una, cien o mil veces si con eso evitamos un golpe militar. Pero Patricio no tenía el apoyo de su partido y Allende tampoco tenía el apoyo del PS, las conversaciones no resultaban en nada. Pero a mí me consta que Patricio nunca fue partidario del Golpe.

Eduardo Cerda, secretario general de la DC en 1973, dijo hace poco que había personas del partido que sí querían el quiebre institucional.
–Patricio sufrió mucho con el Golpe… (larga pausa). En su libro “El reencuentro de los demócratas”, Patricio dice que, mirado con la perspectiva del tiempo, él cree que fue más acertada la carta del Grupo de los Trece que la declaración del partido.

Usted integró ese grupo, que con esa carta de condena al Golpe dejó clara su distancia con la dirigencia del partido.
–Para mí es difícil contestar. Cuando vi que se podía producir el Golpe, yo sabía que sería algo tremendo, porque había mucho odio y porque las fuerzas armadas tenían un poder muy grande. Yo hice el servicio militar y la disciplina era férrea. La gente de izquierda que pedía el enfrentamiento era de una irresponsabilidad absoluta, no se podía hacer nada contra el poder militar.

En ese momento, ¿cómo se llevaron las diferencias políticas al interior de la familia?
–Que en un tema tan importante, hubiera un presidente del partido en una posición y su hermano en otra, creó situaciones difíciles en nuestra familia y que ambos manejamos muy bien, nunca tuvimos un problema. Nuestro padre nos impuso la costumbre de almorzar en familia todos los domingos y ahí no planteábamos la discusión política, manteníamos la hermandad. Incluso, para las dos declaraciones que hubo para el Golpe, Patricio no me llamó, fue muy respetuoso conmigo. Pero el resto de la familia se entromete, “¡que el tío Andrés!”, “¡que el tío Patricio!”. Pero eran ignorantes con sus opiniones. Ese fue un momento de convicciones morales. A él lo atacaron mucho, así como podría haberse dicho que yo estaba siendo desleal al presidente del partido. Pero actué en base a lo que me dictaba la conciencia y lo volvería hacer mil veces.

Antes del Golpe, usted era diputado. ¿Qué opina del acuerdo de la Cámara de agosto del 73, que acusó al gobierno de quebrantar el orden constitucional?
–Yo fui de los que tuve muchas dudas, pero en definitiva Bernardo Leighton me convenció: “Es bueno que se señalen las cosas que creemos que son muy malas, porque si esas cosas no se arreglan, puede pasar lo peor”. Visto dese hoy, fue una clara imprudencia. Yo estuve a punto de salir de la Cámara, porque no quería votarlo… Para mí no es un tema agradable de hablar, yo he sufrido muchos años por este problema.

LA TRANSICIÓN
Cuando vuelve la democracia, con su hermano de presidente, usted acompañó el proceso desde la Cámara de Diputados.
–Acepté volver en el año 90 porque sabía que el tema de los derechos humanos iba a ser muy importante. Había 800 presos políticos y para mí era algo moral poder obtener la libertad para todos ellos. A eso dediqué mi tiempo, con una oposición tremenda en la Cámara. Los presos habían actuado frente a una dictadura atroz que pisoteó a sus familias, a sus organizaciones y a ellos mismos. Frente a eso se defendieron y una democracia no los podía mantener presos. Me decían: ¡cómo defiende a los terroristas! Les respondí: empecemos por conocerlos, vamos a verlos. Andrés Chadwick y Alberto Espina tuvieron que aceptar ir a conversar con la gente. Primero el preso contaba su historia y luego eran interrogados por los parlamentarios que, a medida que hacían las preguntas, más comprensible se les tornaba la situación de los presos. Estos macanudos [Chadwick y Espina] quedaron más blandos. Finalmente logramos la libertad de la mayoría. Ese fue un gran logro del gobierno de Patricio Aylwin.

¿Cómo percibía la actitud de su hermano frente a estos temas?
–Él estaba convencido de que los derechos humanos eran un problema moral del primer gobierno democrático. Por otro lado, la derecha exigió la amnistía a todos los militares que habían cometido las atrocidades. Una respuesta a ello fue el Informe Rettig, que generó conciencia para que los jueces no siguieran aplicando la amnistía. Patricio metió gente de todos los sectores en la elaboración del Informe, personas de gran prestigio jurídico que hicieron un resumen tremendo de lo que había pasado.

Para usted, ¿en qué lugar de la historia queda Patricio Aylwin?
–Un hombre que fue ecuánime y justo en un período bastante difícil en que le tocó gobernar.