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“La feria de las vanidades” se titula la columna que escribe en Paniko.cl el crítico literario y escritor, Camilo Marks, texto en donde cuenta la traumática experiencia que vivió recientemente en su visita a la Feria Internacional del Libro de Santiago 2016 (Filsa).

“Llegué con anticipación y ya al entrar, el panorama general era tan deprimente, tan desorganizado, tan caótico, que si no hubiera sido porque me había comprometido a acudir, habría tomado el metro de regreso a mi casa”, advierte de entrada.

Marks afirma que “hace tiempo que en lugar de cumplir con su objetivo principal, o sea, dar a conocer títulos y autores, promover intercambios entre estos últimos y el público o generar interés por la lectura, la FILSA se ha transformado en algo que no guarda relación alguna con esos cometidos. En verdad, la FILSA ha pasado a ser una especie de carnaval con tantas actividades simultáneas y tantos encuentros disímiles, que ya resulta difícil definir de qué diablos se trata”.

El académico sostiene además que “consultar sobre cualquier cosa relacionada con la literatura es como hallarse en un país donde se habla un idioma completamente distinto al nuestro, completamente ininteligible”.

Tras poner el punto en lo anterior, narra un episodio que lo puso de mal humor. “Subimos a la sala en la que tendría lugar la conversación (se había comprometido a asistir) y nos sentamos en las primeras filas. De inmediato, volvió mi malhumor. El técnico a cargo de la parte relativa a micrófonos, cables e instalaciones electrónicas era un muchacho que, por decirlo de una manera suave, lucía harto desaliñado (no pretendo que todos los ayudantes vistan de Armani, aunque un poco de cuidado en la presentación personal nunca está de más). Y mientras llegaban los participantes, estaba escuchando, a todo volumen, un concierto de rock pesado. Le pedí, en forma perentoria, que apagara la música y lo único que hizo fue bajar el volumen. Durante el desarrollo del conversatorio, abrió su computador portátil y se enfrascó en una película que evidentemente lo fascinaba, pues se veía ajeno a todo lo que ocurría al lado suyo”.

Junto con hablar de la mala experiencia de haber pasado por la cafetería, opina que “personalmente nunca me han entusiasmado las ferias de libros, los concursos literarios, los premios y otros asuntos afines, sobre los cuales soy muy escéptico”. Además sostiene que “en estos y otros casos parecidos estamos ante estrategias de mercado, maniobras para el consumo, manipulación de las personas, culto paroxístico de la celebridad, tácticas de venta y una serie de métodos sistemáticos dirigidos principalmente a hacer negocios, sin que nada de lo anterior tenga que ver con la difusión de la lectura, el libro, la cultura, la literatura. Aun así, puesto que las ferias del libro existen y que además podrían poseer efectos benéficos, hay que hablar de ellas”.

Respecto de los volúmenes presentes en el lugar, sostiene que “en los últimos años hay una abrumadora presencia de tomos de autoayuda y una no menos inquietante y superpoblada exhibición de folletos, folletines y folletones vinculados con nuevas religiones, con extraterrestres, con fenómenos paranormales, con ritos arcanos, con runas, cartas astrales y materias predictivas y con tantos sucesos estrambóticos, que es como para preocuparse seriamente por el futuro de la FILSA”.

Para cerrar, asevera que hace rato se observa la presencia de “cómicos, de bailarines, de payadores, de payasos, de acróbatas y de toda clase de gente que tiene tanto que ver con el libro y la lectura como Laponia con Madagascar. Por descontado, lo que sí se observa a raudales es vanidad y quizá esto sea inevitable. Mal que mal, en un sitio de exposición, si uno no va a mirar, va a mostrarse. En el fondo, nada hay de malo en ello. A todos nos gusta toparnos con famosos y a los famosos les gusta toparse con la gente. El problema es que cuando todo lo que es ajeno al libro termina predominando, la feria se transforma en una feria de vanidades”.

La columna completa acá.