VAN-GOGH-EN-CH

Estaba yo en una exposición de arte en un edificio en construcción, o en proceso de derribo, no estoy seguro. Es algo que está muy de moda, meter arte en sitios como industriales en ruinas. Pasé mucho miedo con tanto cartel de “peligro riesgo eléctrico” y con tanta mesa flotante de alto impacto. Había algunas esculturas que nunca supe si eran cosas que se habían desprendido del techo o si se le habían olvidado a los obreros. Todo muy ambiguo, muy no sé. En estas que vino una nube de polvo, que cegó a los presentes. Me limpio los ojos y, con la mirada borrosa, veo a un señor muy atormentado viendo un cuadro de Samy Benmayor. ¡La reputa! ¡Es Vincent Van Gogh! Le sigo, como el sonámbulo que camina en la dirección que sigue en sus sueños, y le veo intentando hablar con un coleccionista de apellido holandés. No se entienden: el marchante de holandés sólo tiene el apellido. Van Gogh sufre. Va por la zona Focus y le empieza a caer lluvia sobre la cabeza, blanqueada por el polvo que se va convirtiendo al contacto del agua en un barro post-industrial. Se pone a llorar delante de una pantalla apagada.

Bajo las escaleras huyendo de la escena, y paso al lado de algo que me llama la atención. ¡Es la habitación de Van Gogh! Ya entiendo de dónde salió la alucinación de ver al pintor por Ch.ACO. Es decir, el cuadro “El Dormitorio en Arlés”, ¡pero en tres dimensiones! Gentileza de “Las Condes Design”. En esa precaria pieza el pintor vivió quince meses, durante los cuales realizó unas doscientas obras, cuya puerta roída daba a un maltrecho cuarto de invitados, en el que estuvo Paul Gauguin, con quien mantuvo una relación de amistad-odio. Esa cama mugrienta, en la que resistió la enfermedad y la duda. Ese cuchitril que quiso homenajear con colores vibrantes, con los que “había querido expresar un reposo absoluto mediante todos estos tonos diversos”, según describió a su hermano Théo en una carta. En ese agujero Van Gogh concibió su utopía de crear una comuna de artistas creando en la naturaleza. Y ahora ese dormitorio está ahí, en una feria de arte en Las Condes, recreada para ser fondo de fotografías de los visitantes, invitándolos a, según un texto de la empresa, “sentir la emoción que tuvo el artista” cuando creó el cuadro.

Vincent Van Gogh comenzó trabajando en una galería de arte. Le despidieron por su falta de compromiso con las ventas. Vincent le dijo a su hermano: “el comercio de arte era una farsa”. Se refugió en la religión, para luego regresar a la pintura con un estilo personal y alejado del circuito profesional y de la academia, de los salones, y, obviamente, del circuito galerístico. Vivió en ese tugurio en Arlés, y tan orgulloso estaba, que lo retrató varias veces. Qué dirían los burgueses que en esa época, y a partir de entonces, en todas, dominaban el mundo del arte.

Y ahora, en Chile, en el 2016, aparece la estancia en una feria de arte de Las Condes, patrocinado por un centro comercial. Vemos a la burguesía y a los supuestos pintores malditos locales (¿cómo serán sus habitaciones?) posando en “El dormitorio de Arlés”. Y mientras en la Fundación Vincent Van Gogh, en Arlés, se expone el trabajo de Urs Fischer, aquí, en la recreación, en el país de las recreaciones, hay un asalariado vestido de traje atendiendo la propuesta de “Las Condes Design”, cuya labor no es explicar la obra de Van Gogh y sus implicancias, sino tomar fotografías para mandarlas por mail a los visitantes.

“El dormitorio de Arlés” fue uno de los pocos cuadros con los que Van Gogh estuvo realmente satisfecho. Esperaba que quien mirara su obra obtuviera “descanso al cerebro, o mejor, a la imaginación”. Las dos últimas frases del texto que aparece en la feria: “Si Van Gogh viviera este año, probablemente así sería su habitación. Bienvenidos a la Habitación de Van Gogh EN VIVO!”.