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Este sábado 10 de diciembre se cumplen 10 años desde aquella tarde de domingo de 2006 en que tras siete días de encontrarse moribundo, fallecía el dictador chileno Augusto Pinochet.

El hombre que también usaría la chapa de “Daniel López” había sufrido un infarto y un edema pulmonar, afecciones que terminaron por terminar con su vida en la antiguas dependencias del Hospital Militar, en la comuna de Providencia.

Una crónica de la época del diario El País de España, publicada dos días después de la muerte del tirano, habla de un Pinochet animoso, “aunque aburrido en su habitación del Hospital Militar, a la que había sido trasladado el jueves”.

Decía entonces el diario español que el dictador estaba en proceso de recuperación, e incluso había pedido que compraran flores para su mujer, Lucía Hiriart, quien ese domingo cumplía 84 años.

“Había una atmósfera de optimismo (…) Nadie se esperaba esto”, afirmó en aquella oportunidad uno de los médicos. “El paciente ha evolucionado estable y su recuperación sigue siendo favorable”, completaba la mañana de ese mismo domingo un parte médico.

Pero la cosa no fue así, el final de Pinochet estaba cerca, la muerte lo rondaba, lo estaba esperando.

Así fue que el primer indicio de la caída era la respiración, entrecortada.

Por ese síntoma, Pinochet era trasladado a la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI), donde le aplicarían fármacos y un masaje cardiaco para sacarlo del estado terminal en el que había entrado.

“Del hospital avisaron al alto mando del Ejército, a un capellán y a los hijos del ex dictador”, decía El País.

Luego de 30 minutos de esfuerzos médicos por revivirlo, los especialistas aseguraban que ya nada se podía hacer para un paciente de más de 90 años (tenía 91).

Entonces dejaron entrar a la familia, instante en que el dictador pronunciaría una última palabra antes de morir… Lucy.

A las 14.15 del domingo lo declararon muerto y 15 minutos más tarde se informaría a la opinión pública. El resto, ya es historia.