Luis Zamora es ingeniero en seguridad de redes de la Universidad de Santiago. Trabajó seis años en el ámbito de las telecomunicaciones, pero actualmente vive de los ingresos que le dejan sus sesiones de fotos. No es el que modela frente a la cámara, si no quien la maneja. No registra matrimonios ni graduaciones, tampoco bautizos o fiestas de gala de cuarto medio o carreras universitarias. A sus 30 años, actualmente vive de fotografiar bailarines y bailarinas, ya sea durante los espectáculos, en medio de sesiones programadas o haciendo intervenciones en plazas, esquinas y callejones.

Fotógrafo de oficio, dice que aprendió con manuales, cursos online, tutoriales, libros y mirando el trabajo de otros fotógrafos, como Martha Cooper, fotoperiodista estadounidense que documentó el hip hop en los años 70 y 80. A la vez, mantiene actualizada su cuenta de Instagram -con 6.000 seguidores-; el fanpage de Facebook, donde lo siguen más de 5.500 usuarios; una página con galería de fotos; más una cuenta en Flickr. “Mi objetivo es que a través de estas fotos la gente se acerque y consuma más danza. No me gusta que pierdan protagonismo siendo el acompañamiento de un cantante, por ejemplo”, dice sobre su trabajo.


Septiembre de 2016, Santiago. Ana Albornoz (30), formada desde los 16 años en la Compañía de Danza Espiral, trabaja en MDA Studios, baila y arma coreografías para artistas como Mariel Mariel, Franco El Gorila y DJ Méndez. “Luis, más que fotógrafo de danza, capta movimientos. Está muy preocupado de que los bailarines muestren su trabajo, es capaz de sensibilizar con nuestras actividades, que están medio escondidas”, dice.


Zamora cuenta que mientras estudiaba también trabajaba, por lo que el tiempo libre no era una opción. Pero ya titulado, descubrió que después de las seis de la tarde podía buscar hacer algo entretenido, y así llegó a tomar clases de hip hop en la academia Danzaire. Paralelamente, aprendía a manejar su primera cámara réflex, y viendo ambas aficiones es que uno de sus profesores de danza lo invitó a una fiesta que se realizaba en Club Mangosta. Le planteó una idea interesante: si quería iba a bailar, o también a sacar fotografías. “Hice fotos y me gustó mucho lo que se vivió ahí. Empecé a ir a todas las fiestas y la gente me empezó a relacionar como “el chico que hacía fotos”, porque no había un fotógrafo de danzas urbanas”, recuerda, en conversación con The Clinic Online.

Luego de ese primer impuso, lo contactaron las bailarinas de D-Zone a registrar un work shop organizado por ellas mismas. “Me invitaron esa vez y cuento corto: fui a todos sus work shops y como ellas son conocidas, subían mis fotos, les preguntaban quién se las sacó y daban mi contacto”, recuerda sobre sus primeras incursiones que realizaba gratuitamente. “Eran paleteadas”, explica, pero ahora cobra.

El cruce entre lo que empezó como un un actividad de tiempo libre es de lo que hoy vive, come y disfruta. Hace cinco meses decidió dejar atrás la ingeniería para dedicarse exclusivamente fotografiar más danza. “Vivo de sesiones, fotos de eventos, de work shops, books, etc”, cuenta, y agrega que la producción corre por su cuenta, aunque prefiere las intervenciones urbanas: con poca anticipación, contacta a un par de bailarines y/o bailarinas y se reúnen en una calle, una plaza, o una esquina. Allí, generalmente con luz natural, los congela en una imagen mientras realizan saltos, piruetas, contorsiones y otros movimientos propios de cada disciplina.


Gustavo Echevarria y Rinu, enero de 2016. “Es muy concreto en lo que quiere, tiene sus ideas muy claras”, dice Gustavo, bailarín clásico del Teatro Municipal y de nacionalidad mexicana. “Esta foto, con Rinu, salio de una idea de él, nos dijo ‘tú haz esto y tú mas o menos esto’, y tenía una idea muy clara de lo que quería reflejar en la imagen”, agrega.


No se trata solo de un placer estético: “Sin desmerecer otras disciplinas del arte, respeto muchísimo al bailarín porque es una vida muy sacrificada y, además, muy corta. Además, cuando entendí el mundo de las redes sociales, vi que eso era una vitrina gratis y que podía usar muy bien”, explica, agregando que así pretende acercar a la gente. Sin considerarse un experto, cree que la danza está subvalorada en Chile: “Pero en vías de crecimiento. Siento que los bailarines hacen que cosas muy complicadas se vean fácil, y entonces la gente cree que ser bailarín es algo fácil”.

No tiene una estilo de baile favorito en específico, pero explica algunas particularidades que marcan la diferencia a la hora de fotografiar. La danza conocida como “Popping” es la que más le ha costado registrar: son movimientos milimétricos que consisten en pequeñas y rápidas contracciones musculares: “Visualmente es muy impactante, pero en una foto cuesta registrarlo. En los videos se aprecia mucho mejor”, reconoce. A la hora de escoger el estilo que más lo emociona necesita pensarlo unos segundos, pero menciona al break dance. “Tiene esa particularidad de que son batallas, y la comunicación corporal y facial es muy potente. El clásico me gusta mucho, pero no he tenido muchas oportunidades”, cuenta, y agrega que desearía explorar más en el ballet, el folclore y el pole dance.

Festival Level Up, marzo de 2014, Santiago. La foto la protagoniza el bailarín apodado Tight Eyez, creador del estilo conocido como “krump” que, como el break dance, se desenvuelve en una dinámica de batallas entre dos bailarines en la pista.

Malkom, festival Hit tha beat. Mendoza, Argentina, noviembre 2016.

Sebastian Vallejos. Santiago Centro, septiembre de 2015.

Amara Perez. Templo Bahai, Santiago, enero de 2017