“Aquí estamos, con los achaques propios de la edad. Es decir, no aumenta el conocimiento ni la sabiduría, sino la tontería humana. Se ha sostenido que la sabiduría es propia de los viejos, pero la verdad es que mucho más lo es la tontería, que se ha criado a través de toda la vida y se acumula hacia el final, hasta que llega la tontería mayor, que es la muerte”, contesta el poeta y ensayista chileno, Armando Uribe (83), cuando Las Últimas Noticias le pregunta por cómo se siente.

En entrevista con dicho medio bajo el contexto del lanzamiento de su libro “La vanidad de la soberbia” que contiene poemas inéditos entre el 19 de septiembre y el 7 de octubre de 2007, Uribe sostuvo que su obra contiene un montón de correcciones de las que no se hace cargo completamente. “Eso fue cuestión del editor, aunque yo estaba de acuerdo. Yo escribo todo a mano y lo escrito está lleno de borrones y errores. Cuando se escribe aumenta la tontería, porque aumentan los malentendidos. El diapasón mismo de la existencia del género humano es el malentendido”, dijo.

Añadió que su determinación “consiste en algo que dijo un gran pensador francés del siglo 17, el duque de La Rochefoucauld, quien sostuvo que la principal pasión de los seres humanos es la flojera. No es tendencia ni gusto, es pasión”.

Al ser consultado por si es flojo, el Premio Nacional de Literatura contestó que “me he alojado en la flojera, en la pasividad, en el no aprovechar la posibilidades que uno habría tenido si hubiera sido menos flojo, menos pre muerto, porque mientras vivimos somos pre muertos”.

Sobre su libro La Vanidad de la Soberbia, Uribe pidió que no hacer “mucho caso de ese libro. No haga mucho caso de ninguno… No leo mis propios libros, leo otros. En francés, libro se escribe con v, se dice livre . Ivre , por otro lado, significa borracho. Es el estado de los seres humanos cuando tratan de reflexionar sobre sí mismos, el mundo y el cosmos. Están, estamos, borrachos de vanidad, de la vanidad de la soberbia. Y así cierro el capítulo sin haber explicado nada”.

En esa línea aseguró que “soy juez de mis propios libros y me condeno: mis libros no sirven para nada, para absolutamente nada. Creo que todos, sin excepción, merecen no haber sido escritos. Los otros sí, sirven para entretenerse. No hay sacrificio más grande que corregir las pruebas de las obras personales para que sean impresas. Es un suplicio, porque uno se va dando cuenta de lo idiota, de lo estúpido y de lo imbécil que es”.

Por el título del libro detalló que “es un juego de palabras. Los juegos de palabras son tan necios, que no son más que lo que son. En ese sentido merecen existir”. Además admitió que “los versos que escribo, yo no los entiendo. Si los entendiera, no los escribiría”.