¿Se imagina que usted fuera periodista y que un día recibiera una carta en la que el propietario de un motel le ofreciera los diarios que ha llevado durante años con las anotaciones hechas luego de espiar a cientos de parejas por los conductos de ventilación de su negocio? Lo más probable es que usted desechara esa carta y se desentendiera del asunto. Mal que mal, usted –lo mismo que yo- nos consideramos personas normales que carecen de todo interés en la actividad sexual de sus semejantes. Pero no fue eso lo que hizo Guy Telase, autor, entre otros, del libro que inspiró la serie “Los sopranos”. Cuando recibió la insólita misiva, Talese tenía en prensa otro de sus libros –“La mujer de tu prójimo”-, que es el resultado de una investigación acerca de las conductas sexuales de los estadounidenses a partir de la revolución sexual de los 70, incluidas las propias, puesto que este libro concluye con algunas experiencias personales del autor en salas de masaje y comunidades nudistas.

Usted y yo consideraríamos lasciva una carta como la que envió a Talese el dueño del motel y conceptuado ese envío como algo totalmente improcedente. Juzgaríamos al remitente como un pervertido y nos preguntaríamos qué tiene que pasarle a un individuo para que se aparte tan brutalmente de los estándares mínimos que suelen ser observados en la práctica sexual de las personas. ¿Un voyerista? ¿Un tipo que compra un motel y lo acondiciona para observar a sus clientes? ¿Qué toma notas y trata luego de compartirlas con un periodista? Nada de eso nos gustaría, como tampoco aprobaríamos la conducta del escritor que responde a la carta y programa una serie de encuentros con el voyerista, convencido de que este ha sido sincero cuando puso en la carta que su extraña conducta había respondido no a una desviación sexual sino a una “ilimitada curiosidad acerca de la gente”. Pues bien: Talese también reaccionó mal en un primer momento –apenas unos cuantos días-, molesto por la manera en que su corresponsal había violado la intimidad de sus clientes durante largos años.

Pero el escritor neoyorkino se tomó en serio aquello de que “yo lo hice tan solo por mi ilimitada curiosidad”, la misma que padecen todos los narradores y la misma que había guiado a Talese en la investigación de “La mujer de tu prójimo”. Todavía más: la primera frase de otro de sus libros –“El reino y el poder”- anticipaba su complicidad con un tipo como el dueño del motel que acababa de escribirle. La frase dice esto: “Casi todos los periodistas son incansables voyeurs que ven los defectos del mundo y las imperfecciones de la gente y los lugares”. El periodismo entonces como un apostolado que te obliga a mirar bien de cerca las heridas que otros llevan en el cuerpo y las llagas que refulgen en el interior de los espíritus.

Talese encontró también un argumento cinematográfico para trasladarse hasta Denver, Colorado, y conocer al autor de la misiva: solo si lo trataba personalmente podría descifrar quién había realmente detrás de ella. Solo de esa manera podría constatar si se trataba de una réplica del personaje que Anthony Perkins interpreta en “Psicosis”, de Alfred Hitchcock; o si era una copia del cineasta asesino de la película “El fotógrafo del pánico”, de Michael Powell; o si todo lo que había era un hombre inofensivo y víctima de una curiosidad obsesiva, como James Stewart en “La ventana indiscreta”.

Los sucesos que el voyerista relató a Guy Talese y las escenas que este vio retratadas en sus diarios provienen de “un narrador inexacto y poco fiable” –según propia declaración del escritor-, pero ese narrador fue también un “voyeur épico”, un tipo que no dejó de espiar a las parejas que llegaban al motel “Manor House” ni siquiera después de venderlo. Llegó a un acuerdo con el nuevo propietario y continuó deslizándose por los conductos de la ventilación. Solo cuando ese segundo propietario se deshizo del motel, Gerald Foos –he aquí su nombre- dejó de tener acceso al establecimiento, pero eso solo por algunos años. Volvió a comprar el motel, lo regentó durante 7 años más y en 1995 se deshizo definitivamente de él.

En una sola ocasión Gerald Foos vio más de lo que esperaba. Según anotación del jueves 10 de noviembre de 1977, lo que vio ese día fue un asesinato. Un asesinato que no hizo nada por impedir con la excusa de que “yo no era más que un observador y no un reportero”, aunque la verdad bien pudo ser esta: si hubiera intervenido habría delatado su práctica voyerista y quedado expuesto a la investigación de la policía y al reproche de sus clientes. Talese, que también tiene su moral, se muestra severo con el proceder de Foos ese jueves.

“El motel del voyeur” acaba de llegar a nuestras librerías. Poco antes lo había hecho “La mujer de tu prójimo”. Y si compré los dos no fue porque crea que en mí hay un voyerista, sino por la admiración que tengo por el periodismo narrativo de Guy Talese y por la indiscutida calidad de su prosa.

Cuando un autor escribe bien, endiabladamente bien, importa bien poco acerca de qué escribe.