Cambian los payasos pero el circo sigue, cantaban Los Miserables allá por 1997. La frase no era sólo el título de una canción, condensaba un sentimiento de desidentificación con la repartija binominal del poder que comenzaba a expandirse con rapidez en la sociedad chilena. 20 años después, la afirmación no es ya una proclama antisistémica, achacable a una marginal actitud punk. Está en el ánimo de la mayoría, en el sentido común de una ciudadanía que al no ver grandes diferencias entre derecha y Concertación, simplemente piensa que elegir entre una u otra coalición carece ya de sentido.

Este fenómeno no es una distorsión del sistema político, es su resultado natural. Desde que para los partidos la confianza de “los mercados” pasó a ser más importante que la confianza de la ciudadanía, el destino de la política binominal quedó sellado: ir a remolque del gran dinero y recibir de la mayoría una estoica e inmutable indiferencia. Que cada elección convoque menos personas que la anterior no es sólo culpa del voto voluntario o del efecto disuasivo de la corrupción. Es la consecuencia de un Estado cuyo soberano no está entre quienes son convocados a votar sino entre quienes concentran el poder económico.

El Frente Amplio surge de las entrañas de este proceso. Es un proyecto que para avanzar necesita conectarse con un Chile que cambió, uno en el que no sólo las filiaciones partidarias están debilitadas, sino la propia capacidad de la política de invocar propósitos, concitar lealtades y aunar voluntades de cambio. La candidatura presidencial de Beatriz Sánchez ha tomado nota de esa realidad. De ahí su foco en no dar por sentada la confianza de las personas en la política y por demostrar convicciones ahí cuando la vieja política transa todo lo que puede transar. Su trayectoria profesional, su independencia de la política binominal y su compromiso con los movimientos sociales más expresivos de la última década, la sitúan a la cabeza del esfuerzo por revertir y no sólo administrar el abstencionismo.

A juzgar por sus actos, las demás candidaturas piensan lo opuesto. Derecha y Concertación calculan que estas elecciones serán definidas por el “voto duro” de cada sector y actúan en consecuencia sin complejos. La derecha dando rienda suelta a su personalidad cavernaria y la Concertación sumergiéndose en disputas de poder por mantenerse en el Estado sin siquiera esforzarse en persuadirnos para qué. Con la mira puesta exclusivamente en las primarias, Mayol no ha escapado a esta tendencia en nuestra vereda. Ha concentrado sus esfuerzos en ocupar el nicho de lo que electoralmente se entiende como “la izquierda”, sin tomar en cuenta que construir izquierda hoy pasa por construir la unidad y organizar la rebeldía precisamente de quienes la política ha privado del derecho a disentir e identificarse políticamente.

Pero combatir la indiferencia para traducirla en votos no basta. Si queremos abrir un ciclo de grandes transformaciones debemos ser más que una nueva coalición electoral y convertirnos en un actor político. Uno que dispute los propios márgenes de lo políticamente discernible, hoy constreñidos por los consensos de las elites, para enfrentar la contradicción fundamental de nuestro tiempo entre capitalismo y democracia que el progresismo neoliberal resuelve sistemáticamente a favor del primero y contra la segunda. Es aquí donde más al debe estamos como Frente Amplio. Y para lograrlo, amplitud no puede confundirse con indefinición.

Ya sabemos de indefinición y ambigüedad. El Gobierno de Bachelet y la Nueva Mayoría las han practicado con entusiasmo y a gran costo. Elevaron las esperanzas en reformas que resolvieran la ausencia de derechos sociales para ganar una elección, sólo para pulverizarlas en cuanto retomaron control de La Moneda. ¿No fue acaso la retroexcavadora apenas una pistola de agua? La indefinición, ya sea como recurso para ampliar una base electoral o como reflejo de la aversión al conflicto y la diferencia, siempre es caldo de cultivo para la reproducción silenciosa de las pautas y hábitos dominantes.

Uno de los requisitos de la amplitud es superar el marco tecnocrático que reduce la imaginación política a discutir ajustes aislados a las políticas públicas vigentes y entiende la responsabilidad como dar muestras de buen comportamiento según las pautas de conducta de esta política sin ciudadanía. Es que el Frente Amplio, incluso a la hora de enfrentar las primarias presidenciales de este domingo, se está jugando algo mucho más grande y en un plazo más largo: la posibilidad de reimaginar la izquierda para transformar los propios principios que sustentan nuestro modo de convivir y producir. Y esto no se mide ni exclusiva ni principalmente en votos.

Votar por Beatriz Sánchez este domingo es abrir la puerta de ese camino. En adelante, sin embargo, hay mucho que recorrer. Los cantos de la política marketizada y la tecnocracia electoral no nos pueden alejar de lo más importante: mejorar el debate interno y fortalecer la unidad política del Frente Amplio. Tenemos una candidata que, con un gran sentido de la condición colectiva de la política de izquierda, ha puesto todo de su parte para facilitar eso. Ahora somos los movimientos que conformamos esta confluencia los que debemos estar a la altura. Será el mejor antídoto cuando enfrentemos las verdaderas adversidades que nos depara el futuro próximo y los payasos del circo busquen recambio.