“Hace poco me encontré con una caja de cachureos en mi casa. Parece que estaba llena de fotografías antiguas, pero entre dedicarme a revisarlas y ordenarlas, mejor la boté. Cuando uno se muere no se lleva nada así que a mi edad más vale ir desapegándose de las cosas”, dice risueña María Cristina Hurtado, Licenciada en Filosofía de la UC y doctora en Ciencias Políticas por la Universidad de Paris 8. Hoy vive en la precordillera despegándose también de la urbe.

Hizo docencia por más de 20 años en Francia, país al que llegó becada a la École des Hautes en Sciences Sociales de París en una década frenética de cambios como alumna del filósofo marxista Louis Althusser, poco antes de que estallara el movimiento conocido como Mayo de 1968. Quienes escriben la historia identifican como causa de esta revuelta la falta de hogares universitarios mixtos. Una inquietud casi trivial que en marzo sacó a la calle a una discreta cantidad de estudiantes de la periférica Universidad de Nanterre que reclamaban además contra una educación elitista, sexista y demasiado cristiana. Un mes después la protesta escala hacia el centro de París y suma la disconformidad de sindicatos obreros y otras universidades, hasta que en mayo de ese año la huelga general de más de 10 millones de trabajadores paraliza a un país altivo y de economía bullante desde la postguerra, pero perplejo ante la masiva ola de hastío, recuerda la filósofa.

Antes de eso, Hurtado asistía en primera persona a las cotizadas conferencias de Sartre sobre existencialismo, las de Guy de Borde que vaticinaban la feroz sociedad del espectáculo y a las clases de Althusser, el histórico militante del PC francés que instó a sus muchachos a darle la espalda al partido, pero que finalmente jamás renunció a la cúpula. Esa generación de pensadores llegaría a ser una camarilla clave en el mayo francés. “Tras el evento, todos quedaron muy desilusionados porque a partir de la teoría de un marxismo científico es que los jóvenes se cuestionaban todo lo que estaba pasando en Francia. Algunos, los maoístas de la Gauche Prolétarienne (la Izquierda Proletaria), fueron el núcleo más duro del movimiento que no se plegaba a las conciliaciones. Una extrema izquierda impactada por la Revolución Cultural China”.

“Hubo mucha crítica hacia la indignidad humana que significaba el comunismo de la URSS que no cumplía con las bases del marxismo. En ese sentido, para estos jóvenes las revoluciones de China y Mao estaban mucho más cerca de lo que creían y por eso el empuje de estas ideas como combustible del mayo 68 marcaron un antes y un después dentro de una Francia conservadora que delineó el camino hacia una nación progresista y cuestionadora”, sostiene 50 años después.
“Yo tenía 25 años y estaba recién casada. Asistía a los cursos en la Ecole Normale Superieure en el centro de París, pero uno allá vivía por su cuenta y arrendaba alguna pieza lo más cerca posible de las clases”, dice sobre un común voto de simpleza como los que describe Julio Cortázar en “Rayuela”: pequeñas habitaciones atiborradas de libros encima de las cómodas, del lavaplatos y del tocadiscos, el que a su vez se equilibraba sobre otra pila de libros. Hurtado recuerda ese período como una década prodigiosa que irradiaba también ideas revolucionarias en estudiantes de toda Latinoamérica fascinados por los alumnos universitarios se iban a vivir a las fábricas con los trabajadores para predicar una aparentemente genuina lucha de clases.

“Poco antes del mayo francés hay un corte muy profundo que tuvo mucha significación. Hay un contexto en el que manifestaron su inquietud no sólo los estudiantes, sino los obreros que paraban por despidos y situaciones de precarización laboral en las fábricas más grandes de Francia. Hubo tomas de edificios públicos y de empresas que la policía desocupó violentamente y empujó a su vez a más estudiantes a las calles”.

La controversia era muy marcada. “Yo diría que los obreros metalúrgicos eran los más avanzados en lo que a conciencia de clase se refiere”, dice. Le seguían en fragor las cuadrillas de empleados de las automotrices Citröen, Michelin, Peugeot, Renault y los obreros de puertos y del transporte. La influencia asalariada desbordó Francia, Alemania, luego Italia y se hizo eco en Argentina, Perú y Chile, los países sudacas que vivían sus propios procesos sociales a través de un cuestionamiento universitario que tímidamente se cuadraba también con los trabajadores.

“Creo que estas ideas prendieron así de rápido en Chile porque también se daba un contexto social propicio a nivel obrero, pero esto fue algo que siguió a la conciencia estudiantil. No fue algo simbiótico, pero sí parte de algo más grande que ocurría en el resto de Sudamérica”, dice Hurtado acerca de la evangelización de estas ideas francesas más ilustradas que se llevaron a sus países de origen los intelectuales brasileños, mexicanos y haitianos que, de vuelta en la isla, fueron fusilados por provocar con ideas tan avanzadas.

Desabrochar el cerebro como una bragueta

La profesora señala que esta revolución cultural, sin otra aspiración que lograr avances sociales, pretendía dejar al margen a un Estado que precisamente reconoció en este movimiento a una “utopía” en tanto que llamaba a sus participantes a ser realistas y pedir lo imposible. Para el 68, los relatos de la prensa de la época exageraban sobre el nivel de destrucción y muertes durante las protestas, sin embargo, Hurtado piensa que hoy es inconcebible una revolución contenida y de esa magnitud.

“Cuando hablamos de Mayo del 68 nos referimos a un alzamiento que no fue una revolución armada y que aun así logró grandes conquistas. Una genuina revolución de las ideas”, dice recordando otros llamados históricos como “Prohibido prohibir” o “A desabrochar el cerebro como quién se desabrocha la bragueta” y donde los enfrentamientos desde esa trinchera eran a barricada y adoquín. “Había efervescencia de ideas y debate pero no destrucción. No mucha al menos”, reitera. De hecho, los obreros se jactaban de no quemar los autos que ellos mismos fabricaban.

En tanto, al interior de las universidades tampoco existían los perennes vicios del “asambleísmo” ya que las federaciones de estudiantes eran consideradas definiciones burocráticas y los grandes lideratos eran discursos a título personal que contaban con total independencia, señala la profesora. “Si bien un grupo de individuos también forman un grupo, distinto habría sido dejar todo en manos de los partidos”, agrega la ex directora de investigación del Centro de Estudios Sociales (CESO) e histórica docente figura de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano.

Fue en el ámbito académico dónde notó cuánto había cambiado la sociedad francesa cuando regresó desde Chile como profesora de sociología en la Universidad de Paris 8 en 1973. “Hice clases ahí durante 20 años. Fue una gran experiencia reconocer el efecto de esa otra realidad que fue el mayo francés. Es decir, era evidente la existencia de un antes y un después de Mayo del 68. El impacto también fue en el corazón del colonialismo que imperaba en Francia. Se veían muchos más alumnos extranjeros provenientes de las ex colonias africanas”.

En el caso chileno, Cristina Hurtado reconoce algunos vasos comunicantes con lo que sería varias décadas después el movimiento estudiantil del 2011 en Chile o el descontento con las marchas NO + AFP; una curva ascendente de participación que tiende a cuajar toda vez que la marea social sale a la calle a protestar por temas que hace 10 años eran parte del status quo. “En Chile creo que incluso ahora hay muchas cosas que siguen emanando de esta aventura que fue el mayo francés. Cosas muy interesantes que son muy pertinentes en la contingencia y que siguen funcionando como respuesta a debates como la educación de calidad, la crisis de las pensiones o el abuso de recursos como el agua y los derechos humanos. A diferencia de lo que creen algunos, yo creo que la lucha por esta utopía en Francia no fue para nada tiempo y esfuerzo perdido. Es más, creo que de no ser por la dictadura, la influencia de Mayo del 68 que pegó tan fuerte en Latinoamérica hubiese sido mucho más fuerte de encontrarse en plenitud con las cosas que estaban haciendo estudiantes y trabajadores en Chile”, especula.

La utopía truncada

La década que engendró las principales corrientes contraculturales en el mundo, dio la bienvenida a los Rolling Stones, la píldora anticonceptiva, el sexo recreativo, los activismos civiles de izquierda la liberación feminista y otras asperezas. Más anclado en el polo sudamericano, Argentina abría los fuegos de la revuelta estudiantil contra los militares con el Cordobazo (cuando en 1969 trabajadores y estudiantes se unen contra la dictadura de Juan Carlos Onganía). Un año antes, la reforma Universitaria Chilena colgaba en el frontis de la UC el histórico lienzo “El Mercurio Miente” como la firma de este nuevo estado mental de una generación que todavía se dividía entre los que escuchaban “Señorita desconocida” de Luis Dimas y a Patricio Manns. La música de fondo se completaba con el peak del éxodo campesino a la ciudad y las fuerzas en pugna que dejó una Reforma Agraria que entregó la tierra a quien la trabajaba. Por entonces, para jóvenes y trabajadores, militar en los partidos de izquierda era una consecuencia lógica y hasta biológica.

-¿Por qué cree que esa desazón y entusiasmo no permearon a la sociedad chilena en su conjunto?
-Lo más cercano que se vivió en Chile durante esa época fue el movimiento universitario que redefinió también un sentido social de los estudiantes, de los programas académicos y de la creación de universidades abiertas y la experiencia obrera que también llevaba a los trabajadores a estos espacios para pensar el país desde fines de los 60 hasta el 73… cuando cagó todo con el Golpe Militar. Por otro lado, hubo sectores bajo la Unidad Popular que se sintieron muy cerca de toda la revolución del mayo francés y que plantearon cambios que de ninguna forma fueron esa visión catastrofista que se tiene del gobierno de Allende. Ahí también se puede encontrar un germen de esa utopía de la que hablamos. Décadas más tarde, los Pingüinos y el Movimiento Estudiantil lograron reemplazar la LOCE y sentar temáticas urgentes en la política pública, y aunque no fueron movimientos homogéneos, en todos ha existido un cuestionamiento válido que, incluso pudo detonar la aparición de grupos como el Frente Amplio. Eso es un avance indiscutible que nos muestra cómo las manifestaciones gestadas desde lo popular pueden conducirse también a lo institucional.

Desde la Universidad se hizo mucho trabajo para lograr la apertura de la clase obrera y la participación de toda la sociedad. Hubo una fuerza muy grande en Latinoamérica que se concentró también en Chile. Creo que lo que faltó fue una mayor inclusión y sobró el freno que el Partido Comunista puso a estos cambios a nivel local. Tal como pasó con Althusser en Francia, que lanzó a los cabros a participar, pero se quedó en el partido poniendo freno al movimiento, en Chile también se dieron estas fricciones. Se daba la locura de que el Partido Socialista parecía un grupo más rupturista que el PC, incluso. Había mucha motivación y por eso el Golpe Militar debió ser planeado como algo brutalmente más fuerte y desestabilizador para contrarrestar este espíritu de los tiempos. Los sindicatos y los cordones industriales -Vicuña Mackenna, Cerrillos- amenazaban con convertirse en algo extraordinario, un tremendo apoyo en bloque al movimiento. También los militares les dieron duro a los sindicatos por eso. La masacre fue brutal. Un aniquilamiento de todas esas grandes conquistas que se estaban logrando. Cuando las dictaduras argentina y la uruguaya se unieron a la lucha para generar esas matanzas bilaterales, se escribió un capítulo nuevo para el que nadie estaba preparado. Esa utopía pudo haberse desarrollado también en Chile, o quizás parte de ella y tal vez pudo haber sido algo increíble de no ser por los milicos.

-Cuando habla usted de la utopía del mayo francés lo se hace recordando una mística casi legendaria. ¿En qué aspectos cree usted que ese objetivo se hizo material o más concreto?
-En esa época había una mayor cercanía entre la teoría y la realidad porque precisamente estos estudiantes movilizados y trabajadores no se quedaban en claustros ni asambleas. Se iban a vivir y trabajar juntos en las fábricas para reunir experiencias y visiones comunes. Esto como una iniciativa estudiantil y no partidista. Desgraciadamente ya no queda mucho de esto porque tal conciencia de clase se ha perdido. Antes de la revuelta, en cualquier protesta había una sensación de falta de comunicación. Entonces fue cuando sucedió esto que fue extraordinario y que gozó de tanto apoyo: una cosa que no era natural, pero sí deseada, contra la cotidianidad aburrida de la vida.

La dictadura en ese sentido hizo un espléndido trabajo aplastando a los sindicatos, los que aún no logran fortalecerse del todo. La Reforma Universitaria transitaba ese camino con cierta timidez, pero con una gran significación. A fines de mes me toca dirigir una mesa de debate en un coloquio de la Sorbonne en el que se analizará, medio siglo después, qué tan realista era esta utopía y sobre el relevo de las ideas de Althusser, así que probablemente te pueda comentar eso después con más detalle. Sin embargo los grandes lemas que dirigieron el mayo francés pretendían llevar a la población hacia las banderas de una utopía donde no cabía el capitalismo por ningún lado.

Un cambio protagonizado por un hombre nuevo, muy de avanzada. La idea profunda de poder mejorar las condiciones de vida y las relaciones humanas fue el corazón de Mayo del 68. El cuestionamiento era total y aunque no estaba claro un programa ni una solución, se puso en jaque el gobierno de De Gaulle y se logró una renovación completa del Congreso. Este sueño de creer en una sociedad que, en las condiciones políticas de esa década era difícil, era mucho más un no lugar al que también se puede acceder, por complejo que parezca, desde el hoy. Cuando ponemos atención al panorama político joven de hoy, me da la impresión de que no todo está perdido.