En medio de la arboleda y el silencio del parque Remal de la ciudad de Gaza, quienes no participan en las protestas semanales buscan tranquilidad, temerosos de hablar de política, entre la comprensión y el rechazo a la llamada Gran Marcha del Retorno que consideran “inútil”.

El joven palestino Fadi conversa con un amigo en un extremo del jardín y, en el opuesto, Raed vigila el juego de sus hijos. Los dos reconocen a Efe no haber participado en ninguna de las protestas multitudinarias que comenzaron el 30 de marzo junto a la frontera con Israel porque, coinciden, no tienen claro los “intereses” que subyacen.

“¿Para qué? No van a cambiar nada, en Gaza hay muchas fuerzas implicadas. La situación es muy complicada”, asume Fadi al tiempo que entiende “la participación de quienes no pueden afrontar” el día a día en el enclave.

“La vida aquí es muy dura. Hay mucha gente que no ha tenido la oportunidad de viajar, la gente normal es pobre y no puede comprar lo básico”, dice al reconocerse un joven privilegiado que ha podido estudiar fuera de Gaza diseño gráfico.

Raed lo que cuestiona es que haya sido una movilización pacífica, como fue planteada en el origen, cuando las manifestaciones en frontera se han caracterizado por la confrontación con los soldados israelíes, pero también critica “que Israel disparara a la gente para evitar que cruzaran. Eso también se puede hacer con agua, por ejemplo, no con balas”.

Doce semanas y 131 muertos después, la Gran Marcha del Retorno acumula tantos seguidores como detractores en Gaza, y la sombra de la manipulación del movimiento islamista Hamás, que ejerce un autoritario control en el enclave. Un asunto que Fadi y Raed prefieren evitar comentar al tiempo que piden ocultar sus apellidos.

Como Ibrahim Al Hisi, pescador desempleado de 39 años con cuatro hijos, muchos de los que acudieron a la primera convocatoria del 30 de marzo abandonaron. Hamás reivindicó la muerte de varios de sus miembros lo que hizo para muchos desvirtuar la causa y alentar los temores a una militarización de las protestas.

De los 40.000 palestinos que se congregaron el primer día, las restantes once convocatorias no superaron los 20.000 en sus picos más altos, aunque seguían congregando a una gran variedad de personas de todas las edades y contextos sociales.

“Las marchas perdieron su objetivo y pasaron al control de las facciones que no se preocupan por las familias de los que mueren o heridos”, valora Al Hisi, sobre un movimiento que reclamaba el derecho al retorno de los refugiados palestinos como él, cuya familia es originaria de Yafa, que forma parte de Israel desde su creación en 1948.

Una propuesta publicada en enero en Facebook por el periodista y activista Ahmad Abu Artema, fue asumida por miembros de la sociedad civil que apoyaron el levantamiento de cinco campamentos a lo largo de la frontera, donde se realizaban actividades artísticas y culturales durante la semana, que fueron eclipsadas por las manifestaciones de los viernes que derivaban en confrontaciones y muertes.

Las facciones políticas se unieron después en un constituido comité nacional, con Hamás a la cabeza, que impulsó la movilización institucionalmente.

“Políticamente, no veo que hayamos puesto fin al bloqueo (israelí) o haya mejorado nuestra vida diaria”, evalúa Salem Sheija, empleado en una lavandería, sobre los resultados de las protestas que pararon la semana pasada con las festividades del fin de Ramadán.

Mientras algunos sectores debaten si continuar y cómo hacerlo, los detractores sucumben a la desafección de una movilización que actualmente ha quedado representada en el lanzamiento de cometas y globos incendiarios que están causando graves daños en tierras israelíes y que el Ejército considera “actos terroristas”.

“Podemos causarle a Israel muchos problemas lanzando cometas incendiarias, pero ni las cometas ni las piedras pueden resolver nuestro problema en Gaza, no pueden enfrentarse a su arsenal militar con aviones de guerra, tanques y artillería”, añade Sheija.

Para Raed, todo forma pare de un juego político que sólo se terminará cuando las partes quieran. Israel por el bloqueo de once años, Hamás por la presión autoritaria, Egipto por el cierre de la frontera de Rafah, la Autoridad Nacional Palestina (ANP) por imponer sanciones desde Ramala a los funcionarios y cortar aleatoriamente los subsidios alimenticios.

Lo ha demostrado, asegura, la apertura del cruce egipcio durante este mes de Ramadán, cuyo cierre ha contribuido a lastrar el desarrollo de la Franja y el de sus dos millones de habitantes.