Una pasión predominante: la crítica de artes visuales de José Zalaquett

Una pasión predominante: la crítica de artes visuales de José Zalaquett

“Una pasión predominante” es la frase que elige José Zalaquett para contar lo que lo motivó, por casi seis años (1997-2003), a escribir periódicamente en dos medios nacionales: revista Qué Pasa y Capital, recuperando esta expresión de un verso de la ópera Don Giovanni de Mozart que, entonado por el personaje de Leporello, anuncia las predilecciones de su señor. Lo curioso es que solo en esa última entrega Zalaquett revela a sus lectores que, a pesar de ser su pasión, su especialidad no es el arte, sino el derecho, la jurisprudencia. Un afecto no solo predominante en él, sino también en la memoria de quienes reconocen en su voz, una mirada aguda y una prosa certera para juzgar las artes visuales. Una pasión predominante es el título del libro recién publicado en la Colección de Arte y Cultura de Ediciones UC. Miembro de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación (Informe Rettig), de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, de la Mesa de Diálogo y Premio Nacional de Ciencias Sociales 2003, en este libro, con prólogo del artista Jorge Tacla, se presenta otra faceta de un intelectual verdaderamente público. Más de doscientas columnas, casi cuatrocientas páginas, que ofrecen al lector, por una parte, explorar un momento preciso de la historia del arte local e internacional, así como también para comprender dónde nos encontramos actualmente. Zalaquett escribió sobre artes visuales en varios espacios de la prensa nacional. Además, por cierto, de diversas colaboraciones en catálogos de artistas, entrevistas escritas y audiovisuales. En el caso de este volumen, se optó por recuperar la regularidad de las entregas de revista Capital y Qué pasa en esos seis años, a veces quincenales, otras mensuales. Son prueba de su dedicación tanto a las grandes muestras, así como a manifestaciones que por esos años apenas nacían, a espacios reconocidos, igualmente como alternativos. Estos son los confines del campo cultural desde donde Zalaquett selecciona los objetos de su pasión. Eso es lo fascinante de esta compilación, una mirada retrospectiva hacia los años tardíos del siglo XX en Chile, los que resultan, al mismo tiempo, el cristal con que es posible contrastar la cotidianeidad del arte y el ejercicio de la crítica y la opinión hoy por hoy. En sus columnas no hay temor. No está condicionado por ningún deber más allá de –en un sentido figurado– velar por un proceso cultural auténtico, enfrentado a manifestaciones del arte, por un lado, excesivamente apegadas a las tendencias globales incipientes y, por otro, determinadas por la endogamia producida por la academia universitaria y la referencialidad local. La pregunta hoy, dos décadas después, es quién asume el relevo de este tipo de crítica que, como siempre, es tan requerida en la cultura. En ese momento, 1997-2003, es gravitante en el contexto, no solo por el desarrollo de la disciplina de las artes visuales propiamente, sino como mediación para el público general. Porque si de algo está consciente Zalaquett es que el arte y los mercados, más allá de un Estado que apoya y promueve a sus artistas, depende también del apoyo de privados y de un coleccionismo que sustente un mercado del arte real. En varias de sus columnas celebra la actividad que por esos años alcanzaba el aumento de salas, centros culturales, galerías de arte, museos privados y públicos. Pero también, con la misma claridad, llama a la cautela en precios y remates, de falsos y originales, de obras maestras y de mamarrachos. Este conjunto de notas de prensa deja la incógnita por una aspiración que Zalaquett desliza más de una vez: ser testigo del surgimiento de figuras locales o tendencias originales que marquen una diferencia respecto de la influencia internacional a la que Chile llega siempre tarde. Sus palabras entonan, con sinceridad y certeza, sin complacencia, una motivación guiada por el sentimiento ciudadano de participar, de prestar atención y de cuestionar. Textos que retrospectivamente se vuelven evidencia, donde Zalaquett es testigo de distintas temporalidades, en un mismo tiempo. Su voz viene a complementar un cuerpo de crítica cultural que en Chile tiene su tradición y, aunque en los últimos decenios da la sensación que en los principales medios no tienen un espacio relevante, al menos subsiste, perdurando a pesar que no tiene el mismo peso en la opinión pública. Una línea antigua que célebres escritores han contribuido a ampliar, como mediación hacia un público que, no obstante varía en sus perspectivas, reconoce la necesidad del rol de la crítica. Pero los juicios estéticos han perdido su valor. Se ven actitudes más ácidas en el mundo del deporte que en el de la cultura, eso es un hecho. Quizás porque luego de la creación de una institucionalidad cultural por parte del Estado, por esos mismos años, cierto letargo empezó a fluir por el sistema del arte nacional. Como bien dice Zalaquett, en una entrevista de 1994 a Ana María Foxley y Eugenio Tironi, en Chile pareciera reinar “un arte secundón”. Uno que no es no es ni político ni decorativo, donde hay figuras internacionales, es cierto, como en todas las disciplinas, pero en el que no se logran generar rasgos distintivos suficientemente potentes. Sus columnas son breves viajes dentro de otros viajes, no solo relacionados con el arte mismo, sino con el rol de la estética como fundamento de la formación de los ciudadanos. Eso queda claro. Más allá de su aporte en lo jurídico, los derechos humanos, su voz en la cultura surge desde esos dos conceptos preciosos, pero muy mal usados, entre el amateur y el diletante. Ambos hablan del amor y el disfrute de algo, imposibles de capturar por el uso y la utilidad. En estas notas de arte, la voz de José Zalaquett busca compensar lo que añora para el arte hecho en Chile: cierta originalidad, el salto a las constelaciones superiores del arte internacional.
Comentarios
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