El “puzle maldito” de la diócesis de Arica

Abusos a menores, relaciones amorosas entre sacerdotes, protección de obispos prófugos y hasta curas en fuga. La llegada de Julio Barahona a Arica en 1991 es sólo uno de los ejemplos de lo que sobrevivientes han descrito como una “zona de penitencia”. “Arica siempre ha sido el lugar donde algunos van a pagar sus castigos, o a esconderse”, explica el teólogo Paul Endre, quien tuvo un breve paso como seminarista en la zona. Aquí, un vistazo de la desconcertada diócesis nortina.

A la derecha, de negro, Amador Soto, actualmente investigado por Fiscalía por presuntos abusos sexuales en Arica.

“Cuando me preguntan por la diócesis de Arica, la defino como ‘desconcertada’. No se sabe nada, nada se dice y todo queda entre bemoles. Todo parece estar bien, pero nada parece estar”, explica de entrada -y a condición de anonimato- un sacerdote de la diócesis de Arica.

Asegura que tras la detención de Julio Barahona (VER REPORTAJE ADJUNTO), nadie ha comentado lo ocurrido, pese a que, según consta en Fiscalía, Barahona cuenta con al menos cuatro denuncias por abuso a menores de la ciudad.

Para Paul Endre, teólogo ariqueño y quien conoció por dentro la doble vida del clero de la ciudad, el silencio no es una sorpresa. “Hay gente allá que está para llorar a gritos. Sacerdotes con pareja, curas que pagan por servicios sexuales a jóvenes, protección a obispos en fuga. Es un clero que de alguna manera ha empatado el crimen con los pecados personales. Por eso nadie se puede hacer cargo, porque todos tienen techo de vidrio”, explica.

Como algunos dicen, Arica es el lugar donde se van a pagar castigos o a esconderse. “Es el límite, la frontera. Nadie sabe de ti, ni lo que hiciste en otra parte concluye Endre.

EL HIJO ILUSTRE

El origen de la diócesis de Arica se remonta a la década de los ‘60, cuando la Compañía de Jesús se encargó de “organizar” una iglesia en Arica. Una ciudad que, hasta entonces, era “subsidiada” eclesialmente por la diócesis de Arequipa.

El primer administrador apostólico de la naciente diócesis fue el jesuita Miguel Squella. Luego lo sucedió el también jesuita Ramón Salas, quien en 1986 se convirtió en el primer obispo de la ciudad. Como describe Endre, durante los primeros años era notoria la urgencia por traer sacerdotes chilenos a la diócesis.

Así se integraron a sus filas sacerdotes y seminaristas provenientes de todo Chile. Uno de ellos, por ejemplo, fue Amador Soto, oriundo de Doñihue quien en 1989 llegó como párroco a una localidad del interior. Pronto, el cariño hacia el padre Amador se hizo generalizado en Arica: fue nombrado hijo ilustre de la comuna de Camarones y hasta le regalaron una viña en Codpa.

Soto, además, suele jactarse de una presunta amistad con el cardenal Jorge Medina -también oriundo de la sexta región- y de sus conexiones con la clase alta clase santiaguina. “Él es el que trae niños de los colegios pudientes de Santiago a hacer misiones al altiplano”, describe un sacerdote de la diócesis.

Actualmente, Amador Soto es imputado en una de las cinco causas por abuso sexual que el Ministerio Público indaga en la región. Sin tener relación con dicha denuncia, el actor Kurt Carrera, quien conoció al párroco en el San Marcos, asegura haber sido abusado por él en 1998.

En una de sus labores misioneras, Carrera lo acompañó a Rancagua. Mientras dormía con Soto en una pensión, cuenta, este le introdujo su mano por debajo de la polera y le hizo un masaje en la espalda. Tras llamarle la atención, el sacerdote insistió. “Luego metió la mano debajo de mi polera y me tocó los pectorales, fuerte. Me paralicé, porque uno lo quería tanto, conocía a mi familia. No entendía nada”, contó Carrera a The Clinic.

El lunes 7 de enero, el actual obispo de Arica Moisés Atisha emitió un comunicado respecto a las denuncias contra Soto: “De los antecedentes obtenidos por los interrogatorios, declaraciones y documentos, en derecho no se ha podido determinar la verosimilitud de lo denunciado”.

A pesar de esto, hace más de un mes que desde la diócesis no tienen noticias de Soto.

OBISPOS EN FUGA

Luego de la muerte del obispo Salas, el mando de la diócesis pasó a otro jesuita, Renato Hasche, y luego al salesiano Héctor Vargas, actual obispo de Temuco. De Vargas, afirma Paul Endre, se conocen al menos estos hechos: que mantuvo una relación amorosa con otro sacerdote de la diócesis y que acogió a Marco Antonio Órdenes, el “obispo en fuga” de Iquique en la casa de retiro Emaús, al interior de Arica.

Durante su obispado, además, fue que comenzaron a surgir los primeros rumores sobre el sacerdote Juan Aburto, por entonces capellán del San Marcos de Arica. Aburto fue enviado a Roma para “realizar un curso”, del cual, nueve años después, aún no ha regresado.

El actual obispo, Moisés Atisha, también carga con un historial. En marzo de 2013, mientras era párroco en Pudahuel y por mandato del cardenal Ricardo Ezzati, acogió en su parroquia al sacerdote cercano a Fernando Karadima, Diego Ossa, mientras este era investigado por el fiscal Javier Armendáriz por haber cometido abusos sexuales en El Bosque.

La decisión de “acoger” a Ossa le provocó problemas a Atisha con sus feligreses en Pudahuel. No obstante, en noviembre del año siguiente, Atisha fue nombrado obispo en Arica, convirtiéndose en el miembro más joven del episcopado chileno.

—Atisha es un hombre fiel a Ezzati y no trae problemas. No es alguien que opine mucho ni que vaya a meter ruido—, concluye el sacerdote anónimo de la diócesis nortina.

Julio Barahona: El abusador que los jesuitas no denunciaron a tiempo

Este 5 de enero, el educador Julio Barahona fue detenido por posesión de pornografía infantil en Rancagua, la cual obtenía de adolescentes de un colegio en el que trabajó por casi 10 años. Pero no era la primera vez que lo hacía: su macabro registro comenzó en 1987, cuando alumnos del San Ignacio El Bosque sufrieron abusos por parte de Barahona.

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