Adriana Valdés: “Las reivindicaciones se logran haciendo cosas, no quejándose”

El pasado 8 enero la ensayista asumió la dirección de la Academia Chilena de la Lengua, convirtiéndose en la primera mujer en conducir la institución en 133 años de existencia. La académica dio su opinión acerca del movimiento feminista y el uso del lenguaje inclusivo, comentando desde su experiencia lo que significa ser mujer en el mundo de las letras.

“En el siglo veinte las mujeres se transformaron en ciudadanas, consiguieron derecho a voto. Las mujeres se incorporaron masivamente al trabajo remunerado y más selectivamente a las profesiones y a las tareas científicas y artísticas. Hubo un cambio económico y social de inmenso alcance: el cambio cultural, que es el cambio más lento de todos, está produciéndose y, como dicen algunos, ‘hay que apurar la causa’”.

Este fue parte del discurso que pronunció la ensayista Adriana Valdés el pasado 8 de enero, al asumir la dirección de la Academia Chilena de la Lengua, y convertirse en la primera mujer en conducir la institución en 133 años de existencia.

En su discurso, hizo una suerte de homenaje a algunas mujeres con destacables trabajos académicos, como María Teresa Ruiz, ex presidenta de la Academia Chilena de Ciencias y premio nacional en el área en 1997; Marguerite Yourcenar, primera mujer en incorporarse a la Academia Francesa; Marie Curie, quien no fue integrada en el Instituto de Francia porque hacerlo contravenía “tradiciones intocables”; y María Moliner que sufrió una suerte similar en la Real Academia Española.

Estas palabras se dieron, coincidentemente, a 70 años de que las mujeres en Chile consiguieran derecho a voto.

Adriana Valdés asegura que a lo largo del tiempo ha sido “harto feminista sin decirlo”. Esto se expresa en varios de sus textos, donde aborda principalmente la literatura y las artes visuales. En el ensayo Arte, mujer, imagen, por ejemplo, relaciona el arte con el lugar que tradicionalmente tuvo la mujer en el imaginario occidental.

En ese texto dice que el hombre en las artes era creador y libre, y la mujer tenía el papel de musa. ¿Se puede extrapolar esta condición al mundo de las letras?

– Bueno, Patricio Marchant decía que las mujeres no tenían que escribir ni tenían que meterse demasiado en la vida intelectual. No entendía por qué lo hacían, porque ellas tenían la capacidad de generar vida y los hombres no; para qué iban a querer generar libros, ideas, etc. Es interesante pensar que durante miles de años la idea fue esa.

En tanto, la autora de Composición de lugar agrega que la escritora Virginia Woolf hacía referencia a una frase del poeta inglés Samuel Johnson: “Las mujeres que escriben son como los perros que andan en las dos patas traseras; no lo hacen muy bien, pero igual hay que celebrarlo”.

“Ella (Woolf) lo cita para reírse de la tradición”, explica Valdés. “Prefiero poner ese tipo de cosas en términos divertidos que en términos trágicos, reivindicativos, que me aburren, no te puedes imaginar hasta qué punto”.

¿Le aburre la reivindicación de la mujer?

– Sí. El poner la cosa en tono trágico. Creo que las reivindicaciones se logran haciendo cosas, no quejándose.

¿Cree que actualmente hay una posición de víctima de la mujer?

– No sé, eso es problema de quien se victimiza, no mío. A mí me parece que uno tiene que tomar en cuenta las condiciones en las que está, con mucha lucidez. Si alguna de ellas tiene que ver con prejuicios sobre las mujeres, uno tiene que tomar eso en cuenta como un navegante toma en cuenta la velocidad del viento y las olas del mar. No te vas a quejar ni de la velocidad del viento ni de las olas del mar, pero tienes que saber navegar ahí.

A Adriana Valdés le han preguntado por qué no se autodenomina feminista, a lo que ella responde “para qué voy a decir que soy feminista si no van a faltar 50 señores a los que tenga que explicarles que no ando pilucha por la Alameda ni por ninguna otra parte. Hacerse cargo de los prejuicios de los demás es un error; gastarse en luchas contra los prejuicios explícitamente… Creo que es mejor hacer las cosas”

Y más allá de decirlo, ¿se siente feminista?

– Ahora sí, aunque siempre le he tenido alergia al sufijo “ista”. (No me gusta) esa especie de pertenencia, disciplina, responder a definiciones que inventan cada día. Pero me pasó una cosa muy curiosa, porque no quería ser candidata a directora de la Academia Chilena de la Lengua. Me lo había propuesto hace tiempo el director. Decía que sería una cosa histórica y yo le dije que voy a cumplir 75 años, que a esa edad uno tiene derecho a estar tranquila. Después me di cuenta de que no había ninguna otra mujer en mi posición y si yo no aceptaba, no iba a haber una presidenta del Instituto de Chile mujer en muchos años.

“Empecé a reconsiderarlo, porque una de las personas que me proponía la candidatura me dijo ‘estas son instituciones republicanas y son lo que nosotros, que somos ciudadanos, hacemos de ellas’. Eso, que lo encontré muy solemne, me hizo una tremenda diferencia. Este año ha existido este movimiento de la gente joven, de las estudiantes, ¿y yo me voy a ir para mi casa porque tengo ganas de leer tranquila y de regalonear? Creo que no tengo derecho. Con la trayectoria que he tenido, creo que no puedo hacerme a un lado ahora. Por eso acepté la candidatura”, explica la académica.

Para ella, estar en la dirección de la Academia Chilena de la Lengua puede ser referente para las próximas generaciones: “Realmente lo hice por las otras, porque creo que esto les abre caminos, ideas. Por efecto de demostración, creo que va a aumentar el número de mujeres académicas”.

En Arte, mujer, imagen dice que es interesante que en Chile se ha evitado en el arte la denominación de feminista, tal vez por no cargar con el peso de caricatura que había en Estados Unidos. ¿Cree que hoy se está hablando del movimiento feminista porque se ha caricaturizado su imagen?

– No, yo creo que toda la fuerza es bienvenida y la fuerza de la gente joven no tiene por qué manifestarse como la fuerza de las mujeres mayores. Las fuerzas son interesantes, hay que mirarlas.

Sin embargo, la ensayista cree que el uso de “todos, todas y todes” sí puede ser usado por algunas personas como objeto de burla. “Estamos llegando a una especie de ridículo público y eso me entristece. Creo que el uso más inteligente sería usar ‘todas las personas’. Eso no ofende a nadie, pero da un testimonio bien fuerte. Cuando uno se dirige a ‘la ciudadanía’ o ‘al alumnado’, no deja fuera a nadie. A lo mejor se use más conscientemente la palabra ‘hombre’ y con eso estaríamos ganando un enorme terreno”, comenta.

¿Cree que el lenguaje inclusivo puede ser un área de disputa para el feminismo?

– Es un testimonio. Las academias y los diccionarios no son testimoniales, sino que recogen cómo habla la gente, no cómo quisieran que la gente hablara. Que esto se incorpore a las academias o los diccionarios depende del grado de uso que vaya teniendo. Mientras no lo haga, es algo que tiene valor testimonial, porque mientras yo lo use nos estamos identificando con una cierta causa y diciéndole a los demás que nos identificamos con ella. Tiene una carga política en el sentido más noble de la política.

En la línea de su discurso del 8 de enero, agrega “El cambio cultural es lo más lento que hay y no es voluntarista; si dependiera de la voluntad se haría en 10 minutos, pero la costumbre y la inercia mueven el mundo. Hay que tener cuidado de no darle en bandeja estas cosas al ridículo, porque son cosas que yo llevo cerca del corazón. No quiero que la igualdad de las mujeres se reduzca a una cosa que se pueda ridiculizar”.

Si bien la ex directora de la División de Documentos y Publicaciones de la CEPAL (1991-2001) asegura no haber participado en agrupaciones feministas, comenta que en 1981, en plena dictadura militar, participó en talleres literarios de mujeres con varias integrantes del mundo de las letras y la academia. Mercedes Valdivieso, Diamela Eltit, Nelly Richard, Sonia Montecino, Irma Arriagada y Elena Serrano eran algunas de las participantes.

¿Por qué quisieron hacerlo de mujeres?

– Porque éramos feministas. Había que crear un cierto foco. Primero, poner en común el sentimiento de que éramos discriminadas, ver si eso era así, y empezar a hablar si existía “una escritura de mujeres” o si la escritura era escritura no más y que el sexo biológico no tenía que ver; si el hecho de ser mujer hacía que uno escribiera desde perspectivas distintas que los hombres, que se fijara en cosas distintas. Todo eso era para explorarlo.

¿Qué resolvieron?

– Hasta el día de hoy no hay resolución, pero sigue siendo un tema muy interesante. Honestamente creo que hay una visión de mundo que está cambiando, que estaba centrada en la visión de las personas dominantes. Ahora digo “las personas dominantes” porque entre ellas no deja de haber una que otra mujer, incluso entre los gobernantes, como Margaret Thatcher.

Aunque no se considera a sí misma en el grupo de personas dominantes, sí asume su condición de privilegio en Chile “por el origen, por el tipo de educación, por la libertad que había tenido, por la familia a la que pertenecía”. Esto cambió cuando en los ‘70 viajó a Estados Unidos: “Me di cuenta de que era mujer, que por lo tanto era una víctima, y que era latinoamericana. Tuve que hablar desde un lugar de no-privilegio. Sólo era privilegiada en Chile”.

De la misma manera en que fue crítica con su posición social, lo fue con su posición como lectora y escritora. “Uno como lector se identificaba plenamente, como decía Wolfgang Kayser, con un caballero que está sentado leyendo cómodamente y fumando pipa. Y de repente me di cuenta de que no soy ese caballero, que a lo mejor el sentido común de esta novela no se aplica a mi experiencia. Creo que eso les fue pasando a todas las mujeres. Estábamos en cierta manera adoptando un sentido común que no nos era propio”, dice.

La sensación de extrañeza que percibió la hizo “enamorarse de las diversidades”, porque “uno se va dando cuenta de la multipolaridad de las culturas y del valor de las personas que miran de puntos de vista diferentes”.

Desde su experiencia, ¿cómo se ha expresado el machismo en la academia?

– No he notado en mi historia personal. Para mí ha sido en cierto sentido favorable haber sido mujer. No totalmente, porque a mi papá le parecía una extravagancia que fuera a la universidad. Las mujeres cultas, ojalá no fueran tan cultas, y si lo eran, que no fueran profesionales. Tal vez por ese lado se expresó el machismo. Estudié castellano porque la literatura era mi pasión y desde ahí me fui abriendo al mundo. Después fui profesora en la Universidad Católica, cuando fundamos la revista Taller de Letras, nunca sentí mayor machismo. No hay hombres que me traten con condescendencia por ser mujer.

Cuando llegó a integrar la mesa directiva de la Academia Chilena de la Lengua como vicerrectora, cuenta, fue por ocurrencia de Delia Domínguez. “Creo que en esta mesa directiva tiene que haber una señora mujer y propongo a Adriana Valdés”, dijo la poeta. “Me llevé la sorpresa de la vida. En ese momento entré y me di cuenta de cómo funcionaba la academia. Entonces en ese sentido a mí me favoreció ser mujer”, dice la ensayista.

¿De qué manera su perspectiva de mujer puede aportar a la academia?

– Creo que ya ha aportado bastante. El proyecto Poesía Chilena Viva venía de una percepción que yo tenía que en la academia al hablar de literatura, hablamos mucho de nosotros mismos y de nuestra generación, y menos de la gente que estaba creando poesía en ese momento. Hay una jornada que recuerdo en particular, que me encantó, que se llamó “Mujeres del sur”, que hicimos con Delia Domínguez e invitamos a Graciela Huinao, una poeta mapuche huilliche, y a Gloria Dünkler, una poeta muy joven. Las tres tenían en común escribir desde el sur, desde perspectivas completamente distintas.

¿Cómo se pueden romper los límites de la academia y que estos conocimientos puedan llegar al ciudadano común?

– Practicando. La gente se extrañaba mucho de que yo tuiteara, por ejemplo, y yo lo paso fantástico. Recomiendo libros y música, me encuentro con gente, nos damos ideas. Me parece que va ayudando a acercar las lecturas más complicadas a otros públicos. Pero no todo es para todos. Uno tiene que tener claro a quién te quieres dirigir y hacerlo de una manera que esa persona la sienta cercana, accesible e interesante. Para eso uno debe estar informado, conversar mucho, tener un acercamiento afectivo también. Ayer hice un tuit que decía “Variación sobre frase hecha: ‘amando se entiende la gente’”, no solo hablando.

En ese sentido, Valdés dice sentir que el ambiente de desconfianza puede hacer el mal: “Cuando deshumanizas al adversario, cuando ya no es digno del más mínimo respeto, eso quiere decir que presagia muy mal. Viví toda la etapa anterior al ‘73 y eso fue lo que pasó”.

¿De qué manera se dio esto antes de la dictadura?

– La gente no tenía derecho a vivir, los comunistas no tenían derecho a vivir, de hecho los mataron. Los mataron en la dictadura pero porque antes no tenían derecho a vivir en la palabra tampoco. Los momios no tenían derecho a vivir. Cuando tú al otro lo reduces de su condición humana, lo quitas de tu horizonte como posible interlocutor, la sociedad se resquebraja, se rompe y viene la violencia del lado que sea.

Por ejemplo, en los casos en que se propagan discursos de odio, como José Antonio Kast, ¿qué opina sobre considerarlo un interlocutor válido?

– Francamente, yo no iría a conversar con él, porque no creo que sacara nada, pero él tiene derecho a decir las cosas delante de la gente que lo quiere escuchar. No creo en magnificar ese discurso. El problema del periodismo es la necesidad de hacer oposiciones binarias: llaman a alguien de la ultra-izquierda y a alguien de la ultra-derecha. Esto es tan contrario a la necesidad de entenderse y a la política real que debería ser pura conversación para tratar de entenderse en algo que nos pueda ser común.

“La política que une es la que me entusiasma. La que separa y la que crea enemigos, en vez de contrincantes de ideas, no me interesa tanto. Creo que la política se ha transformado en algo tribal, de lealtades tribales más que de ideas, es decir uno es de un determinado partido político porque siempre ha sido, porque sus amigos son de ahí, pero realmente el desconcierto ideológico es inmenso”, concluye.

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