Por Rodrigo Salinas Corona, Profesor de Estado.

He sido profesor por más de 20 años. Comencé esta profesión en colegios municipales de Pedro Aguirre Cerda. Uno de ellos, el Eugenio Pereira Salas. Ahí las familias me protegían en mi camino al colectivo o la micro, salvo aquel día que me asaltaron con un cuchillo en el cuello cuando cruzaba la línea del tren, claro está. El Liceo está inmerso en un barrio que en ese entonces era muy complicado. Todos mis alumnos eran socialmente vulnerables, algunos más deseosos que otros de surgir, como en todo ámbito de la vida. Muchos de ellos se perdían un par de semanas, todos sabíamos dónde estaban. A pesar de todo, cada uno de esos alumnos recibía la misma dedicación de cada uno de sus profesores. También fui profesor del Liceo Arturo Alessandri Palma, donde llegaban chicos de todos los sectores más pobres de Santiago para poder mejorar sus perspectivas al tratarse de un colegio de Providencia. Ahí la directora era una conocida pinochetista apernada al puesto por el entonces flamante alcalde Labbé. El miedo de los profesores a ella y su “Gestapo” era la tónica. No se movía una hoja sin que ella supiera y por lo tanto la formación estaba supeditada a sus caprichos. No había innovación, la educación era decimonónica. He trabajado en institutos, universidades, colegios privados de clase media en barrios “surgentes” y colegios de clase alta con un prestigio hecho. Por sobretodo, he sido profesor de personas, no de cifras ni barras estadísticas. Todos, los ricos y los pobres, el buen alumno y el alumno menos que regular, merecían y merecen un trato digno; una educación de calidad. Es así como me he paseado por los diferentes estratos sociales, por las diferentes metas, las diferentes fisonomías y apellidos posibles. Es decir, se de lo que hablo cuando me refiero a educación aunque no aplique como “experto” ni mi muro esté repleto de diplomas.

En enero pasado comenzó la campaña del gobierno y de la ministra de educación para conseguir la aprobación del proyecto “Admisión Justa” que básicamente busca volver parcial o totalmente, al antiguo sistema de preselección. En ese proceso es el colegio quien tiene la facultad de elegir a sus estudiantes, echando pie atrás a las reformas al sistema de admisión que lograron (no sin dificultades) aprobarse en el gobierno anterior. La ministra ha disfrazado el deseo de retroceso denostando expertos en educación, bloqueando en redes sociales a los argumentos disidentes y lo más grave de todo, mintiendo (por acción u omisión) en muchos casos para hacer ver bien su postura. ¿Qué dicen los datos? Según el propio Mineduc, el 82% de los postulantes han quedado en un establecimiento de preferencia (y 60% en su primera opción). Por lo tanto, todo el aparato ministerial parece estar enfocado en una minoría furiosa. La pregunta es ¿Por qué? Esta minoría ha usado como ejemplos comparaciones entre familias “preocupadas” y las “despreocupadas” , donde los alumnos de las segundas han quedado seleccionados en colegios que merecían los hijos de las primeras. Como si el alumno que postula fuera el responsable directo del lugar donde le tocó nacer. También se presentó el caso de una niña (sin identificar) que a pesar de sus grandes notas no pudo quedar en 6 colegios. Eso es, según la propia estadística ministerial, imposible.

La ministra nos ha dicho a través de twitter, que ha escuchado de casos -muy dramáticos por lo demás- donde los apoderados estaban imposibilitados de pedir entrevistas a los establecimientos. Curioso, ya que la ley actual dice exactamente lo contrario: El establecimiento no puede solicitar entrevistas con el fin de seleccionar pero los apoderados sí pueden pedir entrevistas para conocer el proyecto educativo del establecimiento al que postula. Muchos refutaron la falta de prolijidad en el anuncio ministerial, poco pasó para corregirlo.

Las publicaciones también nos hablan de mérito…mucho mérito escolar evaluable por medio de notas: Habría colegios para niños con buenas notas y colegios para aquellos que no cumplen con el criterio. Olvidan los creadores del proyecto que cada alumno es un universo diferente. Olvidan que hay niños que por mucho esfuerzo que hagan, encontrarán su techo antes que otros, sin importar el sacrificio de la familia o cuan brillantes lustren sus zapatos los días domingo. Olvidan lo esencial: Que los alumnos no son hechos en serie y que los colegios públicos no son fábricas de ingenieros o de obreros, según sea el caso.

En enero respondí el rimbombante anuncio de “Admisión Justa” a la ministra vía twitter, ya que tuve la suerte de ser profesor de dos de sus hijos. Le expliqué que ellos, sin ser alumnos brillantes (promediaban el 6.0 o más) eran excelentes personas llenas de valores y de aptitudes pero que hubieran quedado fuera de “buenos” colegios públicos según los criterios de selección que ella quiere volver a imponer. Le dije que las notas no son lo más importante en el desarrollo de una persona y que su sistema de admisión propiciaba la desigualdad y la discriminación. Resultado: La ministra me echó su puntaje PAA encima y me bloqueó de la red social (algo que aún me genera suspicacias por tratase de una alta funcionaria pública). Muchos alumnos de colegios privados han logrado desarrollarse como personas porque el criterio de admisión no es el mérito académico sino la cantidad de Ufs que puedes pagar. Ahí yace la verdadera capacidad de elegir. A ellos y a muchos otros grandes jóvenes, no se les habrían enseñado “secretos que a ti no”, no habrían podido desarrollarse como deportistas, campeones de debate, creadores de proyectos sociales, líderes, emprendedores, en fin. Si hubieran tenido como método de selección las notas y el tan mal interpretado mérito, simplemente hubieran quedado fuera. ¿Justicia?

Mi duda como profesor es bastante lógica, básica, con una respuesta obvia pero nunca encontrada: ¿No debería ser prioridad para la ministra y el gobierno, (¡cualquier gobierno!), el buscar la manera de que todos los establecimientos públicos tengan una calidad decente que ofrecer a sus alumnos, sin importar sus notas o procedencia? ¿No deberían convivir en un establecimiento público los matemáticos, músicos, escritores y deportistas del futuro, para así aprender uno del otro? ¿No debería estar el hijo del doctor, el hijo del profesor y el hijo del obrero en la misma sala? ¿No deberíamos buscar la forma de que quien elija un establecimiento público reciba una educación de tan alta calidad como quien estudia en un colegio privado?

Han bastado dos meses para darnos cuenta de que las prioridades están deformadas: La gira de verano de la ministra, reuniéndose solo con los apoderados molestos en mesas largas y rodeados de cámaras fotográficas, visitando colegios sin profesores, alumnos y otros apoderados me hacen sospechar que las preguntas que planteo no tendrán una respuesta positiva pronta.