Era un 7 de marzo de 2009. Un joven de 17 años y 30 días salió del banquillo y en su primera jugada con el balón en los pies levantó al público en el mítico estadio Pacaembú, en Sao Paulo. Su nombre, Neymar da Silva Santos Júnior.

Ese día fue el inicio de una carrera meteórica marcada a partes iguales por éxitos y polémicas.

Diez años después de su debut profesional con la camisa 18 del Santos, el delantero del París Saint-Germain está considerado, a sus 27 años, como uno de los mejores jugadores del mundo, aunque en los últimos tiempos ha ocupado más portadas por lo que hace lejos de los estadios.

Su llegada al equipo francés en 2017, huyendo de la sombra de Lionel Messi, con el que tocó el cielo en el Barcelona, supuso el mayor desembolso de la historia del fútbol (222 millones de euros, unos 250 millones de dólares), pero también el comienzo de una etapa gris, de lesiones y fracasos deportivos.

Sus números, 360 goles y casi 200 asistencias en 575 partidos, incluyendo sus actuaciones con la selección brasileña, contrastan con el desenfreno que vive cada vez que visita Brasil y sus criticadas reacciones sobre el césped.

Lejos queda ese sábado de hace exactamente diez años, cuando 23.597 espectadores vieron debutar a Neymar como profesional en un partido del Campeonato Paulista, el torneo regional más importante de Brasil, entre Santos y Oeste.

Con el marcador con empate a cero, el técnico Vágner Mancini decidió sacar al colombiano Molina y dar entrada a un Neymar todavía con cara de niño. Corría el minuto 14 del segundo tiempo.

En su primera jugada, el nuevo ‘menino da Vila’ -la misma en la que despuntó el mismísimo Pelé- hizo una sutil finta, salió por la derecha de su marcador, cruzó el esférico y casi marca un golazo sin ángulo de no ser por el travesaño.

A partir de ahí, el Santos cambió por completo, se impregnó de la energía de Neymar y terminó ganando el partido por 2-1 con goles de Roni y Madson.

Una semana después marcaría su primer gol como profesional en la victoria por 3-0 frente al Mogi-Mirim.

Permaneció cuatro años en Santos. Luego pondría rumbo al Barcelona, un fichaje que acabó en la Justicia española por supuesto fraude, denunciado por la empresa DIS, que en la época poseía el 40 % de los derechos federativos del joven atacante.

Más allá de ese proceso, fue en el conjunto azulgrana donde el de Mogi das Cruzes (Sao Paulo) brilló en su máxima expresión.

Tras la grave lesión que sufrió en el Mundial de Brasil de 2014, en el que se fracturó una vértebra en cuartos y vio al equipo caer goleado por 1-7 en las semifinales frente a Alemania, resurgió en 2015 para ganar casi todo con el Barcelona: Copa del Rey, Liga, Liga de Campeones, Supercopa de Europa y el Mundial de Clubes.

Ese año, 2015, fue tercero en el Balón de Oro de la FIFA, que se llevó Messi.

Dos años después daría un cambio radical a su vida profesional al aceptar un oferta multimillonaria del PSG, que le prometió ser el líder absoluto de un proyecto que tenía como objetivo reinar en Europa.

Fue recibido en París con los brazos abiertos, pero al poco tiempo la relación se empezó a torcer.

Roces con el entonces técnico Unai Emery, pugnas internas con el uruguayo Edinson Cavani, uno de los más queridos por la afición, y para coronar una desgraciada fisura en el quinto metatarsiano del pie derecho que puso en riesgo su participación en el Mundial de Rusia de 2018.

Se recuperó a las prisas, pero su papel fue decepcionante. Fue cuestionado por grandes figuras del fútbol mundial, como su compatriota Ronaldo Nazário o el holandés Marco van Basten, quienes le acusaron de falta de “estabilidad emocional” y de exagerar sus reacciones al recibir faltas de los rivales.

Poco después, entonó el mea culpa, pero lo hizo a través de un anuncio de televisión de la marca Gillette, lo que, lejos de calmar los ánimos, los reavivó más, entre críticas que le acusaban de convertir en un producto publicitario cada paso que daba en su carrera.

Y así comenzó su segunda temporada en el PSG, aunque la historia parece repetirse. Recayó de su lesión en el quinto metatarso del pie y de nuevo ha visto como el equipo francés caía en los octavos de final de la Liga de Campeones.

Días antes disfrutó del Carnaval en su país. Primero estuvo en Salvador, en el nordeste del país, donde se le vio bailar poco después de abandonar las muletas, luego se fue al Sambódromo de Río de Janeiro para ver los desfiles en un exclusivo camarote con otra serie de celebridades, entre ellas la cantante Anitta.

Su próximo gran desafío será la Copa América, que se celebrará en Brasil entre junio y julio próximos, sin descartar un nuevo volantazo en su carrera deportiva.

“El Real Madrid es uno de los mayores clubes del mundo y cualquier jugador querría jugar allí. Estoy feliz en París, estoy muy bien, pero nadie sabe en un futuro”, dijo en una reciente entrevista al programa “Esporte Espetacular”.