—Hay gente que se aprovechó, y si yo hubiera estado en tierra, quizás hubiese podido parar esto—, se lamenta Hugo al comentar las versiones sobre el posible asesinato de Alejandro Castro, mientras sorbe un café en el restaurant Pato’s Shop de Quintero.

Afuera, el día está abochornado. Desde la mesa en que está sentado, Hugo Poblete, presidente del sindicato de pescadores S-24, puede ver el mural que los artesanos de Quintero pintaron en honor a su amigo, el dirigente pesquero que apareció muerto en una línea del metro tren de Valparaíso el pasado 4 de octubre, luego de participar en una protesta frente al Congreso “en contra de la contaminación de la industria, de nuestro pueblo, en nuestro territorio”, según relató el propio Castro en su último registro frente a una cámara.

Desde el momento de su muerte, Alejandro se convirtió en un símbolo de la lucha medioambiental. Por semanas, su rostro se multiplicó en portadas de diarios y murales a lo largo de Chile. La sospecha de que había sido asesinado se convirtió en certeza entre algunos de sus cercanos y entre dirigentes sociales. “Al Ale lo mató el Estado”, fue la frase que se extendió en boca de quienes defendían dicha tesis, y que actualmente luce pintada fuera del Colegio Inglés de Quintero.

Si hay algo en que coinciden los diferentes informes con que cuenta la fiscal Greta Fuchslocher, es que en la muerte de Alejando no hubo participación de terceros.

Pero la realidad, según demostró la investigación judicial, era mucho más compleja.

Pescador, anarquista autodidacta, asiduo a exhibiciones de arte y aficionado a la literatura, la vida de Castro estuvo marcada por una tristeza que se le hacía insoportable, según revelan algunos de sus más cercanos amigos y familiares. La muerte de su hija Giuliana, a los cuatro meses de edad, en 2016, fue su punto de quiebre. A partir de ahí, registró arranques de ira que descargaba contra objetos domésticos y manifestó síntomas de una depresión no tratada. El exceso de alcohol y el consumo de drogas se hicieron tristemente frecuentes desde entonces, según pudo acreditar la investigación.

—Alejandro tenía un dolor tan desgarrador, que a veces decía: “La vida es una mierda, para qué seguir, si lo que yo más quería en mi vida ya se fue”— recuerda Carolina Orellana, una de las amigas más cercanas y quien asumió la vocería por la familia de Castro apenas murió.

Fuentes judiciales consultadas por The Clinic afirman que, si hay algo en que coinciden los diferentes informes con que cuenta la fiscal Greta Fuchslocher, es que en la muerte de Alejando no hubo participación de terceros. Ninguna de las instituciones a cargo de la causa (PDI, Fiscalía, ni SML) aceptó responder preguntas sobre estos hechos, argumentando que aún no se ha cerrado la investigación. Sin embargo, una fuente cercana al proceso, a condición de anonimato, afirma: “Debido a las presuntas amenazas que tenía por parte de Carabineros, fue elevado como un mártir, pero ello es una nebulosa, una ficción”.

Para Hugo Poblete, hubo quienes se “aprovecharon” al levantar la figura de Alejandro como mártir de la causa medioambiental en Quintero.

Con otro sorbo de café, dice:

—Los que salieron a decir que había sido un asesinato, van a tener que dar explicaciones.

Desde su muerte, el rostro de Alejandro se multiplicó en diarios y paredes a lo largo de Chile. “Al Ale lo mató el Estado”, rezaba la consigna.

LOS DOS ALEJANDROS

Diez años después de su separación, sentada en el living de su casa en Peñalolén, Maryam Jara (Mandy, para sus conocidos) intenta conectar las piezas de la vida de Alejandro. Una que, por años, también fue la suya.

Alejandro Alberto Castro Castro nació el 20 de septiembre de 1988 en San Bernardo. Allí, en la calle José Sucre de la Villa Chena creció bajo el cuidado de Alejandra, su madre, y de Beatriz, su abuela, a quien apodaba “Abu”. De su padre sabría poco o nada hasta su adolescencia. De hecho, su existencia fue un misterio para sus primos paternos, quienes recién lo conocieron cuando Alejandro cumplió 11 años.

Estudió en el Liceo N°7 de Ñuñoa y luego en el colegio Santa María, en Las Condes, donde pasó la mayor parte de su adolescencia. Su madre arrendó un departamento en esa comuna, pues le quedaba cerca del taller de costura que tenía en Providencia.

Sus cercanos cuentan que Alejandro mostró intereses políticos desde muy joven. El año 2006, por ejemplo, protagonizó la primera toma de su liceo. Jhoel Contreras, un excompañero de aquellos años, recuerda: “Se ofreció para saltar la reja del liceo con otro compañero y encerrar al guardia, para que nosotros entráramos después a tomarlo, y así lo hicimos”.

Mandy llegó al mismo colegio el año 2007. Aunque ella era tres años menor que él, pronto comenzaron una relación.

—Conversábamos cosas de cabros chicos, pero de vez en cuando me hablaba de las ideas que tenía para su vida. Siempre dijo que no quería trabajar apatronado, y le cargaba la injusticia, donde fuera. El hecho de que alguien se aprovechara de otra persona, se impusiera por sobre otro, le molestaba mucho —, recuerda.

Alejandro Castro, frente a la casa de su abuela en Villa Chena, San Bernardo.

La relación duró hasta que Alejandro recibió la noticia de que había quedado seleccionado para el servicio militar. Para la madre de Alejandro –quien coincidentemente lleva su mismo nombre: Alejandra Castro Romo- la noticia fue vista como una oportunidad. “Ella esperaba que el Ale se enrielara, le diera un poco de orden a su vida”, afirma Mandy.

En su Libreta de Obligaciones Militares, se lee que Alejandro ingresó el 1 de abril de 2007 al Regimiento Reforzado N°10 Pudeto, de Punta Arenas, donde se especializó como fusilero de infantería y obtuvo una “destacada participación” durante su formación.

Al regresar a Santiago, Castro buscó a Mandy y reiniciaron su relación. Poco después, ella se enteró de que estaba embarazada. Aunque la noticia los tomó por sorpresa, Alejandro resolvió que se mudaría con ella a la casa de sus suegros, en Peñalolén. En largas conversaciones, Gabina Garay, la madre de Mandy, escuchó y aconsejó a un atribulado Alejandro. La idea de asumir la responsabilidad paterna, piensan ambas mujeres, lo abrumaba.

“Él creció con tantas carencias, con tantas presiones, que quizás ahí en la pesca encontró la forma de ser que él siempre quiso. Una donde no tenía que aparentar lo que el resto quería que él fuera”, reflexiona Mandy Jara.

—Aunque no hablaba mucho, notábamos que por dentro el Ale sentía rabia y miedo, principalmente por el tema de su papá, quien nunca lo buscó ni se la jugó por él—, afirma Mandy.

Mientras se acercaba la fecha del parto, los conflictos en la joven pareja comenzaron a agudizarse. Ella le pedía que buscara un trabajo con el que sustentar a su hijo, pero él se negaba.

Benjamín León Castro Jara nació el 7 de julio de 2009. En octubre del mismo año, la pareja se mudó a Quintero, con la abuela de Alejandro, quien había comprado un terreno allí, para pasar la vejez en la calma del balneario. Pero allí los conflictos de la pareja se volvieron irremediables. En 2010, Mandy y Benjamín retornaron solos a Santiago.

Aunque por años Alejandro tuvo contacto fluido con su hijo Benjamín, comenzó a distanciarse cuando se hizo pescador, en 2014. “Cuando pasaba un tiempo sin oír de su padre, Benjamín preguntaba por qué no lo llamaba. ‘Mira, se le cayó el celular al mar’, le decíamos, para que se quedara tranquilo”, relata Gabina, la abuela del niño.

Para Mandy, las prolongadas ausencias de Castro eran una muestra del quiebre entre los “dos Alejandros”. “Él creció con tantas carencias, con tantas presiones, que quizás ahí en la pesca encontró la forma de ser que él siempre quiso. Una donde no tenía que aparentar lo que el resto quería que él fuera”, reflexiona.

—El “Alejandro papá” se lo tuvo que guardar en el bolsillo—, dice Gabina. — ¿Para qué? Para que el Alejandro de ideales, el que luchaba por los demás, pudiese surgir. En el fondo, pienso que eso también le causaba sufrimiento.

Mandy agrega: “Cuando estaba con su hijo, lo vivía a concho, porque lo amaba. Pero después, volvía a su realidad. Era como si con Benjamín, el Ale llegara a un punto, pero sin saltar la valla”.

Tras la muerte de Alejandro, en octubre del año pasado, Mandy encontró una carta dirigida a Benjamín entre las pertenencias de su expareja. En lápiz pasta azul, Alejandro le dice a su hijo cuánto lo extraña y cómo “una parte de él” lamenta el tiempo perdido. La misiva, que no está fechada, incluye el reconocimiento de la culpa: “El dolor y la soledad no me dejaban ver que te estaba dejando de lado”.

Maryam le regaló esta foto Alejandro cuando este se fue al servicio militar, en Punta Arenas. “Para que no me olvides”, escribió en el reverso.

“ESTE SIGLO SERÁ NUESTRO”

Cada vez que salía de su casa, en Quintero, Octavio Mora reparaba en el flaco que trabajaba en las máquinas de coser del nuevo taller de costura que una familia de Santiago había abierto a pocas cuadras de su casa.

A Mora, pescador artesanal con pasado mirista, le sorprendía la claridad política con que el joven –un tal Alejandro- se expresaba cada vez que visitaba el taller para encargar una costura. Cuando se enteró de que el muchacho pasaba por problemas económicos, no dudó en invitarlo a pescar en el Filo contigo, su bote.

Así, el año 2014, Alejandro Castro conoció el mar.

Desde que se radicó junto a su madre y hermanas menores en Quintero, en 2009, Alejandro probó diferentes trabajos, pero ninguno lo terminó por convencer como la pesca. Ahí, junto a Octavio, conoció a Hugo Poblete, un joven biólogo marino que por entonces se encontraba en una cruzada para advertir los perjuicios que traería la Ley Longueira a los pescadores de la zona.

—Al principio yo le decía: “Ah, flaco de mierda, como venís de costurero no servís para esta hueá”. Él se picaba, y después nos ganaba a todos. Era súper disciplinado en el bote, buen marino. Entró piolita, pero supo validarse en un gremio que más parece barra brava —, recuerda Poblete.

“Filo contigo”, el bote de Octavio Mora con que Alejandro conoció el mar.

Carolina Orellana, vocera de Mujeres en Zona de Sacrificio, y una de las mejores amigas de Alejandro, fue testigo de las diferencias que Castro tenía con sus compañeros de labores: “Los chiquillos lo molestaban porque era distinto. No tenía esta cosa del macho alfa, como suele ser la cultura de la pesca”.

Si con Mora Alejandro profundizó en El Manifiesto Comunista, con Carolina leyó sobre feminismo. En ocasiones, luego de algunas cervezas, Alejandro le confesaba: “A veces me doy cuenta que la embarro, que me sale el macho que llevo dentro”.

“El año que vino después que murió la bebé fue muy difícil. Siempre me pareció que el Ale se sentía culpable por el fallecimiento de su hija”, opina Carolina Orellana, amiga de Alejandro.

Esos años, Hugo Poblete y Alejandro se involucraron seriamente en la lucha por la derogación a la Ley de Pesca. El 2016, por ejemplo, Alejandro fue el único pescador herido en una manifestación que los artesanales realizaron fuera de la Caleta Portales de Valparaíso, donde resultaron lesionados 15 carabineros. “Lo suturaron ahí mismo en la caleta, y el bruto quería seguir peleando. ‘Sale pa’ llá’, le dije. Le dimos unas patadas en la raja y lo mandamos al hospital”, recuerda Poblete.

Ese mismo año, Alejandro recibió otra noticia: su nueva pareja, Polet Urrutia, una joven que había conocido en Quintero, había quedado embarazada. “El Ale estaba feliz. Tenía la esperanza de poder estar cerca de su hija, de criarla y verla crecer, porque al final, no estar todos los días con el Benja era una de las cosas que más le dolía”, recuerda su amiga Carolina.

El 13 de febrero de 2016, la pareja presentó a su hija Giuliana Castro Urrutia en Facebook. “La amo locamente, espero con ansias tenerte en la casa con Benjamín”, escribió Alejandro. Durante las semanas siguientes, Polet subió a su cuenta de la misma red social fotografías de Giuliana: abrigada con un polar de oso, junto a Axel –el primer hijo de Polet- y abrazada a su padre, mientras este leía un libro.

Pero algo inesperado pasó. La niña falleció de muerte súbita. El 14 de julio, Polet escribió en su página de Facebook: “Mi Giulita hermosa, duerme tranquila en tu nubecita de algodón, mi abejorro precioso”.

—Lo de Giuliana fue terrible, lo golpeó mucho. Bueno, a todos en realidad. ¿Qué más castigo que perder un hijo? —, se pregunta Octavio Mora.

Carolina Orellana complementa: “El año que vino después que murió la bebé fue muy difícil. Siempre me pareció que el Ale se sentía culpable por el fallecimiento de su hija”.

Según detallaron fuentes judiciales a The Clinic, la apreciación de Carolina coincide con una de las conclusiones de la investigación judicial: a partir de este episodio, Alejandro desarrolló una “patología no diagnosticada” que nunca trató médicamente, lo que habría sido determinante en su decisión de quitarse la vida. Incluso, según contaron familiares y amigos a este medio, Alejandro había intentado suicidarse al menos dos veces antes.

Los documentos con que cuenta la fiscal Greta Fuchslocher también exponen los arrebatos de ira contra objetos que protagonizó Alejandro luego del fallecimiento de su hija, agudizados por el consumo de alcohol y de drogas que, según testimonios recopilados en la investigación, se tornaron frecuentes desde el año 2016.

Alejandro tardó varios meses en volver al mar. Cuando lo hizo, Mora lo felicitó: “A veces la vida nos golpea fuerte, pero hay que salir adelante”, escribió en el muro de Alejandro.

El propio Castro le dedicaría un mensaje a su hija. El 13 de febrero de 2017, al cumplirse un año de su nacimiento, escribió: “Estás en mi corazón y en nuestra memoria, por siempre. Giuliana, mi abejorra hermosa, ven hija mía, y dame la mano. Que este, al fin, será nuestro siglo”.

Alejandro Castro en una de las tantas jornadas de pesca que vivió desde 2014.

LA MOCHILA NEGRA

La mañana del 3 de octubre de 2018, Alejandro Castro y otros dirigentes de Quintero llegaron hasta Valparaíso para apoyar una protesta nacional convocada por el gremio de profesores.

Mientras marchaba, un periodista le pidió a Alejandro que dedicara unas palabras a la situación de Quintero. El video es uno de los últimos registros que se tiene de él con vida. Mirando a la cámara, dice: “Hola, soy Alejandro Castro, secretario del sindicato S-24 de Quintero. Vinimos a hacer el aguante acá con los compañeros de Valparaíso. Queremos hacer un llamado a nivel nacional a que los territorios se levanten y ejerzan soberanía”.

Según consta en la reconstitución judicial de los hechos, al terminar la marcha, Alejandro y un grupo de amigos se dirigieron al barrio Bellavista del puerto, donde pasaron por tres bares, al menos. Estaban frustrados, pues no habían logrado el objetivo de reunirse con congresistas fuera del edificio de avenida Argentina. Tras beber “varios” litros de cerveza, Alejandro sostuvo una pelea con Polet. Cerca de las 10 de la noche, ella abordó una micro a Concón junto a un tercero. Solo, Alejandro caminó las cuatro calles desde la Petrobras de Avenida Errázuriz hasta la intersección con calle Carrera. Allí, llegó a la línea del metro tren porteño.

En el certificado de defunción, se fijó la hora de muerte de Alejandro Castro a las 00:30 horas del 4 de octubre. Aunque en un comienzo tanto Carabineros como la PDI descartaron públicamente la participación de terceros, el revuelo causado por el rol de Alejandro en la lucha medioambiental de Quintero y las “amenazas” que la familia aseguró había sufrido el dirigente, ocasionaron que el propio director general de la PDI, Héctor Espinosa, debiera explicar que la investigación seguiría su curso “sin descartar ninguna hipótesis”.

Respecto de estas amenazas, Carolina y Poblete afirman que efectivamente hubo una frase intimidatoria que un policía lanzó en una marcha en contra de la Ley Longueira: “Alejandro Castro, ¡Te tenemos fichado!”, le dijo un carabinero no identificado. Sin embargo, hasta la fecha, no se ha establecido que exista una relación causal entre este episodio y su fallecimiento.

La noche de la muerte de su amigo, Hugo Poblete se encontraba trabajando a cinco millas náuticas de la costa.

—El Ale murió el 4 de octubre y yo llegué el 5 a tierra. Fue sólo un día, pero la historia ya estaba en todos lados— recuerda hoy.

En ese lapso, una “misión de observación” del INDH presentó una denuncia ante Fiscalía por la muerte del joven dirigente y Polet Urrutia dio una entrevista a The Clinic: “Yo creo que el Estado lo mató, porque nos quiere callar”.

Alejandro fue velado en su hogar en Quintero.

Cuando pisó tierra, Poblete se encontró también con declaraciones de dirigentes sociales que no conocían al joven, pero que exponían dudas en torno a su fallecimiento: “Me molestó mucho, pero me las tuve que comer no más. ¿Cómo podía salir públicamente a desmentir una huevá así? Si hubiera estado en tierra, les habría dicho: ‘Qué estai hablando, huevón, quédate callado. Deja tranquila a la familia y de ahí ves qué fue lo que pasó’”.

Poblete recuerda que, al poco tiempo de volver a Quintero, fue abordado por un detective de la Brigada de Homicidios de la PDI. El policía le dijo que, tras la inspección del sitio del suceso, no se encontró ninguna lesión o indicio atribuible a terceras personas. De hecho, la primera conclusión de la policía estableciendo que se trató de un suicidio se debió a que el “surco” en el cuello de Castro concordaba perfectamente con la correa de la mochila Head negra y gris que, muchos años antes, Mandy le había regalado.

—Eso sí, el PDI me dijo: Tranquilo, que si hay un responsable de la muerte de tu amigo, ten por seguro que lo vamos a encontrar” —, recuerda Hugo.

El resultado del informe del Servicio Médico Legal (SML), que The Clinic conoció extraoficialmente, también es concluyente: Alejandro utilizó un nudo ballestrinque para fijar a un poste su mochila. Colgando a cinco centímetros del suelo, murió de una asfixia por estrangulamiento.

Poblete, Mora y el resto de los pescadores realizaron un homenaje en la caleta del sindicato, y desde allí partió el cortejo. En los registros audiovisuales resaltan los rostros de muchos niños que siguieron al féretro hasta el cementerio, mezclados con los familiares de Castro.

El funeral en el Cementerio Municipal de Quintero, el domingo 7 de octubre, fue multitudinario. Hubo banderas rojinegras, bengalas y un canto que se repitió como un mantra durante los meses venideros: “¡Morir, luchando, de cáncer ni cagando!”.

Erwin, padrastro de Alejandro, agradeció el ejemplo de “guerrero” que dejó su hijo. Beatriz, la “Abu”, expresó frente a la concurrencia: “Nadie, sino un cristiano, podría reconocer en sus lágrimas, la dulce quietud del Señor, mientras lloraba por Lázaro, su amigo muerto”.

Por último, la madre de Alejandro dedicó palabras a su hijo, que también parecían dirigidas a las decenas de periodistas que colmaban el lugar:

— Yo no sé si lo mató una persona. No sé lo que de verdad pasó.

Hugo Poblete y pescadores despidiendo a Alejandro en la caleta del S-24.

QUE EL TERRITORIO SE LEVANTE

Han pasado más de cinco meses desde la muerte de Alejandro. En la casa de Mandy, en Peñalolén, el pequeño Benjamín corre y la mira de reojo mientras ella responde las preguntas para este reportaje.

En esta casa de dos pisos, la familia guarda algunas fotografías de Castro, del tiempo que vivió con Mandy. Ella conserva en una caja de zapatos Boteli los recuerdos de su relación.

—Esta se la regalé antes de que se fuera a Punta Arenas—, dice, mostrando una fotografía que se tomaron ambos hace más de 10 años, cuando eran adolescentes.

Tras la imagen, ella le escribió: “Para que no me olvides”.

Mandy cree que Alejandro disfrutó de su vida en Quintero, que ese era el lugar al que pertenecía y que la lucha que encarnó le sirvió para canalizar sus inquietudes de siempre.

Más allá de las certezas y motivos de su deceso, su círculo cercano coincide en que no existe homenaje más adecuado para Alejandro que seguir luchando por las causas que creía justas.

—Quizás el resto quería, queríamos, que tuviera una carrera, pero pienso que para él eso no era lo importante. Lo importante era luchar por los derechos de las personas.

Pese a esto, reconoce que su repentina partida dejó algunos temas pendientes que le habría gustado resolver, sobre todo respecto a Benjamín y la atención que le prestaba. “Yo le dije una vez que no quería que a Benjamín le pasara lo mismo que a él: conocer a su padre a los 16”.

Benjamín, cuyo parecido con Alejandro es sorprendente, le ha dicho a Mandy que ve recurrentemente a su papá, tanto en sueños como en situaciones cotidianas.

—Anoche, por ejemplo, soñó que estaba navegando con su papi en el bote, junto a un compañero—, cuenta y recuerda otro episodio similar sucedido pocos días después del fallecimiento del dirigente, cuando fueron juntos a Quintero y alojaron en la casa de la “Abu”: “Benjamín estaba en el baño, y como se demoraba tanto, le pregunté qué pasaba. ‘Nada, estaba hablando con mi papá’, me dijo. ‘Quería saber cómo estabas tú y la Abu’”.

En las calles del balneario en que vivió Alejandro todavía hay murales en su memoria, afiches y rayados exigiendo justicia. El S-24, en tanto, ha continuado su labor social y política y está afanado en la creación de una Asamblea Nacional de pescadores. Algo que, coinciden sus excompañeros, llenaría de orgullo al “Menche”.

Con la mirada clavada en el mar, Octavio Mora, sopesa todo lo que ha pasado desde su muerte:

—Siempre que nos juntamos lo conversamos y no hemos llegado a ninguna conclusión. Son los misterios del ser humano. Nadie sabe qué cosas se pueden haber sembrado desde que era muy pequeño en Alejandro. Traumas de la infancia, problemas de inteligencia emocional, falta de cariño… Todos tenemos cosas distintas. Y para llegar a tomar la decisión de acabar con tu vida, no sé, ni los psiquiatras pueden explicarlo.

Más allá de las certezas y motivos de su deceso, su círculo cercano coincide en que no existe homenaje más adecuado para Alejandro que seguir luchando por las causas que creía justas.

Para sintetizar esta idea, Poblete recuerda una consigna acuñada por él en el pasado, y que desde entonces está presente en cada manifestación del sindicato: “Que todo el territorio se levante y ejerza soberanía. Eso es. La gente tiene que despabilar”.