Por Jonás Romero Sánchez

Jorge Salinas (62) está seguro que a la suerte uno no la busca, sino que se le espera.

—Si no te conoce alguien, nunca te van a dar bola— sentencia este viernes caluroso, mientras camina junto a una cancha vacía en la población San Joaquín.

Hace sólo meses que Salinas, futbolista amateur retirado, salió de Colina II, donde permaneció poco más de ocho años cumpliendo una condena acusado de coordinar el ingreso a Chile de 207 kilos de marihuana prensada. El decomiso realizado por el OS-7 fue tan bullado, que llegó a ser celebrado por el entonces ministro del Interior, Rodrigo Hinzpeter: “Carabineros hizo un trabajo extraordinario”.

Es que la búsqueda había sido ardua. Tras casi un año de seguimiento, un intento fallido de detención en el sur de Argentina y 1.570 llamadas telefónicas interceptadas a su celular, los policías del OS-7 terminaron por apresar a Salinas mientras celebraba con un asado el cumpleaños de su mujer: el 29 de mayo de 2010.  

Hoy, sentado bajo un eucalipto con algo de sombra, Salinas cuenta su historia sin dramatismos y algo de humor: los partidos entre verduleros de Lo Valledor, los años de la represión política en la zona sur de Santiago, cómo se sacó el servicio firmando como juvenil del Colo Colo de Orlando Aravena y los años en que entró en el naciente negocio de la marihuana paraguaya en Chile.

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Jorge Antonio Salinas Rivera nació en la comuna de Independencia el 3 de marzo de 1957. Con apenas cinco años, él y sus padres -Hortensia del Carmen y Jorge- se instalaron en la joven población San Joaquín de Pedro Aguirre Cerda.

Llegamos a una casa de dos pisos, linda. Muy distinta a la que vivíamos en El Salto, que era de adobe—, recuerda “Bototo”.

Allí, Jorge y sus hermanos ingresaron al club Renacimiento, el cual animaba los nacientes clásicos de la población contra el Chacaritas. Tras pasar por las inferiores como defensa central, debutó a los 13 años en el “Rena”.

– ¿Por qué te apodaron como “Bototo”?

Mi papá trabajaba para la Telefónica, la CTC. Ahí le regalaban unas botas grandes, largas, para subirse a los postes. Y de esos bototos mi mamá los cortaba y nos hacía zapatos. Con esos jugábamos. Era pesada la hueá, pero era eso o jugar con zapatos plásticos o a pata pelá. A uno de cabro chico no le importaba, querías puro jugar nomás.

– ¿Cómo fue tu debut?

Imagínate po, pura emoción. Entrar a la cancha, repleta.  Ahí aprendí a jugar con el “Vitoco”, Víctor Maldonado. Un central extraordinario. Al mirarlo, yo tenía idea de como jugar, donde pararme. Me daba consejos sobre cuando salir, cuando irse arriba. Él era el último hombre.

Para el golpe militar de 1973, Jorge tenía 16 años y varios amigos que militaban en movimientos de izquierda de las poblaciones vecinas, como La Victoria.

– ¿Qué fue lo más chocante que viste en esos años?

El hambre que había. Se perdió todo.

– Las comunas del sur de Santiago, como la PAC, sufrieron especialmente la represión de los militares…

Desapareció gente, sí. Como para llegar a La Vega (Lo Valledor) había que atravesar la línea del tren, siempre veíamos cuando aparecía gente muerta. Lo mismo en los pozos areneros, cerca del Parque André Jarlan.

Después del Golpe, el padre de Jorge murió de cirrosis. “Él se puso bueno para el copete, y perdió la pega. Cuando murió, tuve que salir a buscar trabajo de verdad”, rememora Salinas. Uno de sus primeros empleos se lo dio el fútbol: fue contratado por el Laboratorio García como repartidor durante la semana y como delantero para su equipo amateur de los días sábados.

 

Deambulando por equipos amateur de Santiago como La Victoria y la José María Caro, fue que llegó al Módena, un club formado por vendedores del Mercado de Providencia. Allí conoció a Orlando Aravena, por entonces un jugador retirado con pasos por Deportes La Serena y Colo Colo.

Cuando quedé seleccionado para hacer el Servicio Militar, me urgí: me había tocado en Calama. Fui a hablar con el Orlando, que era DT del Colo Colo, y me dijeron que fuera a hablar con la secretaria del club, en calle Cienfuegos. Me dieron un papel, timbrado y todo, y ese mismo día fui a un regimiento que quedaba en Santa Rosa con Matta. Me lo saqué por ser juvenil del Colo.

En rigor, Jorge entró al equipo de reservas, o cuarta especial. Por un año, entrenó con parte del primer equipo, pero sólo jugó partidos del campeonato de reservas, que se disputaba los días lunes. Con el cacique conoció Rancagua y Viña del Mar entre otras ciudades. “Cuando llegué al Colo, me dije, ‘aquí está el futuro mío. Aquí me salvo’”, rememora Salinas.

En la San Joaquín, no son pocos quienes recuerdan que durante la semana, el “Bototo” volvía con camisetas albas -muy difíciles de conseguir por esos años- y pelotas para los más chicos.

Así llegó 1977, el año en que el histórico exgoleador húngaro, Férenc Puskas, llegó a dirigir Colo Colo.

Ahí echaron al Orlando, y se desarmó el plantel. Estuvimos como dos semanas entrenando con el Puskas, dio la lista y chao. Nunca más fui al Monumental—, recuerda.

Sobre el húngaro tricampeón de Europa como jugador del Real Madrid, Salinas es breve: “Era gordo y no se le entendía lo que hablaba, necesitaba traductor”. Nota aparte, Puskas se terminaría yendo ese mismo año por mal rendimiento como DT.

Salinas tuvo un par de intentos por entrar al profesionalismo, todos iguales de infructuosos. Ya emparejado, se dedicó a trabajar en Lo Valledor y jugar a la pelota por toda la zona central de Chile: era requerido por equipos amateur de Santiago, Curicó y Peñaflor.

En Lo Valledor teníamos un club en la Calle 14, “los chocleros”. Hacíamos campeonatos entre todas las calles: los paperos versus los tomateros, los manzaneros y así. Me acuerdo del “Tuki”, un finao de Los Nogales, y el “Chico” Caszely, que jugaba por las papas. Es que tenían plata, po. Te traías 50 lucas en un rato. Algo así como $100 mil de hoy—, afirma.

Además del pago por partido, a la casa de San Joaquín solían llegar camiones cargados de verduras. Especialmente de la zona de Mallarauco, donde Jorge trabajó y jugó por más de 10 años. Según dice, fueron años felices.

– ¿Cuál fue el jugador más hachero con el que jugaste?

Había uno de La Victoria, sanguinario, cochino. El “Pelado” Carlos, le decían. Te metía las patadas del cuello pa’ arriba.

– ¿Y la peor patada que recibiste?

Nunca salí quebrado, pero sí tuve esguinces. Una vez, jugando por la Fiat, un compadre me bajó la pata con los toperoles de aluminio y me rajó todo esto (apunta una gruesa cicatriz que baja desde su rodilla hasta la mitad del tobillo). No me puse puntos, ¿sabís quién me sanó? Un perrito de mi casa que me lamía todos los días.

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Aunque le incomoda hablar del tema, Salinas reconoce que entró al negocio de la marihuana a través de un amigo.Me presentaron a un compadre chileno que vivía en Paraguay, y él se ofreció. Me dijo ‘sabes, traigo esto y lo traigo barato. Pa’ que te hagai tus monedas’”, relata.

Comenzó el año 1995, cuando la marihuana paraguaya recién estaba entrando en Chile. “Antes no había, era pura chilena de Los Andes”, recuerda. Su bajo costo hacía incluso más conveniente “importarla” que producirla acá.

No siempre entrábamos por el sur, a veces también usábamos el paso de Los Libertadores— explica, bajando la voz.

Según Salinas, su rol se limitaba a recibir y luego vender la droga al precio que le encargaran. “Yo no compraba nada. Me pasaban la carga sin plata y me decían ‘toma, esto vale tanto’. Ahí empecé a conocer, a meter gente, a vender. Ahí me hice plata”, recuerda. 

En 1997, según información de Carabineros, el Bototo se pegó su primer “canazo”. Diez años después, en 2007, fue nuevamente detenido por receptación de vehículo robado y la posesión de 10 trozos de marihuana prensada y envuelta en nailon. Según consta en los archivos del Poder Judicial, en aquella ocasión portaba exactos 451 gramos. Luego vendría el allanamiento a su casa de Maipú, el año 2010.

– ¿Cómo fue la última vez, cuando te pillaron?

Llegaron a la casa, mi señora estaba de cumpleaños ese día. El 29 de mayo. Estábamos haciendo el asado en el antejardín, ahí sentimos correr algo, y vi cualquier paco al frente de la casa. 

– ¿Qué pensaste?

Que algo había pasado, alguno tenía que haber caído. Eso sí, no me imaginé que fuera el camión. Si hubiese sabido, me habría ido pa’ otra casa. 

De acuerdo a la acusación que el Ministerio Público hizo en 2010, a Salinas Rivera se le imputaron los delitos de tráfico ilícito de drogas y asociación u organización para el tráfico.  A juicio de la Fiscalía, Salinas y otro sujeto habían “planificado y el mando o dirección de las operaciones”.

La defensa de Salinas fue asumida por el abogado Aldo Duque, quien intentó desacreditar el delito de “asociación”. “En este caso, los acusados actuaron desordenadamente, sin subordinación o mando. Sólo hay una coparticipación en el delito de tráfico de drogas”, dijo Duque, cuyo argumento fue recogido por el juez. Finalmente, y considerando las agravantes del caso, a Jorge le dieron una pena de doce años de presidio mayor en su grado medio.

– Antes de encender la grabadora, dijiste que “no se saca nada bueno de la cárcel”.  

No, pos. Al contrario, aprendís más: a robar por teléfono, a hacer fraudes… otras cosas po’. Si prácticamente no haces nada, estai todo el día tirándotelas. 

– ¿Nunca tuviste atados adentro? 

No, nunca. Aprendí a orillar, como se dice. No te metís en nada, vivís tu vida. Además, yo igual trabajaba. Con un amigo teníamos un puestecito. Arreglábamos los “Camaro”, que son los carritos donde se ponen las carpas para las visitas conyugales. Además, arreglábamos los muebles que nos pidieran, ahí no faltaba el paco que te pedía cualquier cosa.

– ¿Qué fue lo primero que hiciste al salir? 

Ir a la casa, estar tranquilo con la familia. Al comienzo, estuve varios días encerrado. Como que te da miedo salir. 

– ¿En serio? 

Sí po, daba miedo andar solo en la calle de repente. No salía. Venía a pegar la firma al Patronato Local de Reos en calle Tocornal y me volvía. 

– Debe ser extraña esa sensación…

Es que mirai extraño. Imagínate, cuando me fui estaban las micros amarillas. Recién me estoy acostumbrando. 

– ¿Volviste a trabajar en Lo Valledor?

En enero de este año. Hay varios de los compañeros con los que jugué en años pasados. Me quieren harto ahí. 

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Es un viernes por la tarde y sobre las canchas de la población San Joaquín hay un sol radiante, pero ni una sola pelota de fútbol corre a la vista. El “Bototo” camina y posa sobre la tierra, bien enfundado: jockey Ferrari, feroces zapatillas y cadenas de plata. Taquilla.  

Llegando al área, Salinas recuerda los goles que le hizo al Chacarita, eterno rival del “Rena”, en sus primeros años dentro del primer equipo.

—Yo era ambidiestro, pero pateaba con la derecha. ¿Los penales? Arrinconados, despacitos. Los arqueros no llegan al rincón— explica. 

Dice que le gustaría volver a ser joven, que haría todo distinto. “Me dedicaría sólo al fútbol, puro fútbol. Antes no, era fútbol y jarana, fiestas con los amigos, mi hermana, las vecinas. Un lote grande del pasaje. Igual me tomaba sus copetitos, pero no fue eso lo que me impidió seguir jugando profesional. No tuve suerte no más”, piensa.

– ¿Qué piensas de la suerte? 

Tuve un poco, pero después se acabó. Ya no es lo mismo. 

– ¿La suerte uno la empuja o la espera? 

¡La espera, po! Si no te conoce alguien y te lleva, nunca te van a dar bola.

– ¿Pudiste ver la primera Copa América que ganó Chile?

Sí, en la pieza de la cárcel. Teníamos cable, costaba tres mil pesos por cabeza.  Pero no podíamos gritar mucho. Si lo hacías, pensaban que estabai en huelga. Lo preciso nomás. 

– ¿Crees que la selección tiene chances para la Copa de este año en Brasil?

Difícil. ¿Sabís por qué? A esta selección le falta algo: un entrenador. ¡El (Reinaldo) Rueda no se sabe qué quiere hacer! No puede dejar afuera a Marcelo Díaz, él solo es medio equipo. Me gusta harto el Sánchez, por su juego, la pachorra. Pero algo le pasó a ese cabro, se hundió. No ha jugado más. 

– Uno ve que a Alexis se le nota un cansancio…

Es que en Europa se juega, po. Dos o tres partidos a la semana. Antes, los jugadores tomaban anfetas pal cansancio. Había cualquier jugador del Colo Colo al que le gustaban las anfetas. Como no había dopping, eran buenos para pichicatearse en esos años.

– ¿Y eran buenos para otras cosas, también?

Había uno, de apellido Mena, bravo pal copete. Le metía pisco y ron arriba del bus. Hasta hoy, mira lo que le pasó al chico (Benjamín) Vidal, que se cayó con el auto a una zanja. O mira cómo quedó el auto del (Arturo) Vidal, no lo chocó na’ porque tomó bebida.

– Es que eso de cuidarse tanto es complejo…

Es difícil ser futbolista. Yo mismo me privé de hartas cosas, ir a bailes, fumar, acostarme tarde. Cuando entrenas todos los días, mañana y tarde, llegas cansado a la casa. El jugador a veces se aburre, tiene que tomarse un copete de repente. Si yo fuera jugador hoy, me buscaría a un chofer, para tomarme tranquilo unas cervezas.

Luego de pasar casi una hora contestando preguntas bajo el eucalipto, el “Bototo” emprende el regreso a su casa en Maipú. Apenas sale al pasaje de la población, es atajado por dos amigos del barrio que también andan de visita. “Este hueón era increíble para la pelota, ¡extraordinario!”, coinciden ambos. “Bototo” sonríe y les dice que quizás este sábado volverá para ver al “Rena” debutar en el nuevo campeonato.   

Con un último vistazo a las canchas desiertas de la San Joaquín, “Bototo” piensa en voz alta:

Eso me gustaría, tener plata, para dedicarme a tener una escuela. Encontrar niños, hacerlos que jueguen, gratis, llevarlos a probarse a los clubes. Eso, tener plata. Eso es lo que falta, mira San Joaquín. Están las canchas botadas, ¿dónde están los niños?—, pregunta.