PAULINA GARCÍA (58), ACTRIZ

Cómo fue contar la historia:

“Al principio pensé ‘no, si a mí no me ha pasado nada. Soy de las privilegiadas que ha ido por la vida muy tranquila’. Y conté una historia pensando en que era como ‘Santiago en 100 palabras’ y la escribí súper cortita. Luego se la mandé a Natacha, nuestra editora, y me devolvió un ‘¿¡QUÉ!?’. Y claro, fue casi un intento de violación cuando tenía 7 u 8 años, o menos, no lo sé. Cuando me respondió, también me pidió más detalles y así empezó a brotar todo, se abrieron infinitas puertas: podía contar esa historia y 200 más. Me conmocionó harto escribirlo. Cuando lo empecé a desgranar y a meterme en lo que había pasado a momentos tenía angustia, y se me mezclaba con otros recuerdos de situaciones terribles y decía: ‘no, pero eso no pertenece a esa situación, pertenece a otra’. Discernir eso, limpiar, fue como hacer un rompecabezas con la memoria”.

Los traumas de la experiencia:

“La situación que narro en el libro ocurrió en un edificio que estaba al lado de mi casa, cuando yo era chica. Ese edificio está igual, la esquina está intacta. Cada vez que yo pasaba por ahí, no miraba la entrada y cuando lo estaba escribiendo, me di cuenta que nunca había vuelto a mirar la fachada desde el episodio. No puedo recordar la entrada del edificio. Y mientras estaba en el proceso de escribir el texto pasé por fuera y le pegué una mirada: tenía la cuchara súper acelerada y dije: ‘qué increíble’. Estoy casi a mis 60 años y pasar por ahí es como un momento que no se resuelve. Escribirlo fue muy sanador para mí (…) De hecho yo titulé así el texto: ‘La saqué barata’. Porque justamente esa es la sensación que tengo: que la he sacado barata, que al lado de otras historias que conozco muy bien, y de cerca, la he sacado barata. Porque nada de eso comprometió mi vida sexual, ni mi relación afectiva con un hombre, ni se me cerró el amor, sino que por alguna razón, uno sobrelleva eso y pasas adelante relacionándote con los otros tranquilamente, o al menos eso sentía yo. Después descubrí que no tan tranquilamente, porque cuando revisité esta historia me di cuenta que siempre hay algo que está pendiente, o no pendiente, pero hay algo que se suspende un segundito con los hombres”.

El miedo intrínseco por ser mujeres:

“Lo cuento y sigo encontrando insignificante mi historia, pero sé que no fue insignificante. Pero no logro sacar de ese estatus la historia, porque supongo que es realmente aterradora e inmediatamente pienso en mis hijas. Imagínate la cantidad de precauciones que uno tiene con las hijas: ellas son bien pechugonas y curvilíneas, entonces se ponen unos escotes que yo les prometo que quedo enervada cuando las veo y siempre pienso ‘Dios mío, algo les va a pasar’. Eso es lo único que pienso, pero ellas son más insolentes que yo y se atreven”.

La fuerza del movimiento:

“No hay cómo avanzar con estos señores. Como Nicolás López que se dice totalmente inocente y no sé cuántas chicas declararon en su contra. Y no sé cuántas más declararon con Herval. Entonces, me sorprende que de parte de ellos no va a haber nunca un reconocimiento de los hechos y vamos a quedar como unas locas histéricas, menopáusicas o lo que sea. Ese es el lugar que nos otorgan. Y si no, nos tratan de densas, de fascistas, de estar buscando pelea. Yo siento que todo eso es justamente para amedrentarnos, para disminuir la fuerza de este movimiento. Tenemos que estar muy alerta, si no somos idiotas. Un, dos, tres por mí y por todas mis compañeras”.

Se me acabó el humor:

“Uno siempre tiene que escuchar ‘era un chiste, perdona’ o ‘ay, era una broma, ¿cómo te vas a creer una broma? Es que no se te puede decir nada’. A mí se me acortó el sentido del humor. Se me acortó en relación con la cantidad de chistes que antes me bancaba. Recuerdo un evento específico hace muy poco donde me atormenta todavía no haber abierto la boca: por qué no dije nada, por qué no golpeé la mesa y les dije qué están diciendo. ¿Cómo pueden hablar así de otra mujer?, ¿cómo pueden hablar así de otra mujer delante de todas nosotras? No dije nada”.

Reconocerse víctima:

“Es que la condición de víctima es algo que te rebaja tanto la autonomía; te la roba y uno no quiere estar en esa condición. Yo temo por esta publicación porque voy a parecer una víctima y no lo soy. Pero por sobre todo, no quiero serlo. Es asumirse vulnerable y perder, de alguna forma, la autonomía”.

RAYÉN ARAYA (37), PERIODISTA

La sobre la importancia de contar la experiencia:

“Habían discusiones que surgían en los espacios políticos, donde uno veía desde el Presidente a otras figuras relevantes dentro de esa escena con frases del tipo: ‘bueno, ya no se les puede decir nada’. Que en el fondo tienden a normalizar, pero también a trivializar lo que significa el acoso. Un amigo muy cercano, me dijo: ‘yo entendí la incomodidad del acoso callejero cuando le pregunté a las mujeres cercanas a mi vida, hermana, mamá, vecina, prima, etcétera, si alguna vez habían vivido una experiencia como esta y ninguna me dijo que no. Entender que todas habían tenido una experiencia así, me hizo a mí, tener conciencia sobre lo que eso significaba para ellas’. Justo cuando estaba en conversación con mi propio entorno por estos temas llega la invitación a participar del libro ‘Yo te creo’. Fue así como pensé que desde esa experiencia personal podía contar algo que, probablemente, a muchas les iba a hacer sentido”.

No me pasó sólo a mí, nos pasó a todas:

“Escribiendo me di cuenta que había algo que cruzaba las generaciones. Para mí, en medio de toda explosión feminista del año pasado -que sabemos que es algo que lleva mucho más tiempo-, puntualmente me puse a mirar a mis dos hijas chiquitas y ver que, en el fondo, había una batalla todavía importante que dar, para que situaciones que yo había vivido no les tocaran a ellas. Pero por otro lado, cuando converso de esas cosas con mi mamá, me doy cuenta que en su generación también querían evitar cosas para que nosotros no tuviéramos que pasar lo mismo que habían vivido ellas. A mí me criaron con la idea de que tenía que ser una mujer fuerte, con capacidad de defenderse, de hablar claro, saber poner límites. De alguna forma dejando toda la responsabilidad en nosotras. Por ejemplo mi mamá siempre usaba un alfiler en la ropa para pinchar en la micro cuando un hombre se acercaba mucho. Y eso, que puede ser una anécdota divertida, esconde una cuestión muy fuerte: que incluso en la simpleza de un alfiler, yo puedo encontrar una herramienta de seguridad para no limitar mi desplazamiento, no limitar mi desarrollo profesional, escolar o lo que sea. Estos relatos estaban inmersos en mi memoria, pero cuando los bajé para escribirlos, pensé: ‘esto que me pasó a mí y también le pasó a mi mamá. ¿Quién sabe cuántas historias más le pasaron que desconozco?’ Y probablemente a muchas generaciones más, a muchas otras mujeres. Entonces comprender que lo que hemos venido viviendo, de manera muy casi divertida y que hayan inventado rutinas de humor o lo hayan transformado en cosas románticas incluso, de romántico ni de chistoso tenían nada y es recién hoy día que podemos verlo con la gravedad que tiene”.

Hacer la historia real:

“Yo escribí la historia que me pasó primero en tercera persona, porque me resultaba muy complejo hablar desde el yo, era muy extraño, entonces la escribí primero en tercera persona y en la medida que fui pasando un par de veces por el mismo texto, empecé de a poco a usar el yo en plural, o sea el ‘nosotras’. Me costó como tres versiones llegar al yo sola y tiene que ver también con la toma de conciencia y los procesos emocionales que se van vinculando a esa historia. Es súper distinto cuando tú la relatas, por más tuya que sea, casi como que le hubiera pasado a un tercero, con una distancia que permite la construcción de un buen texto, pero que no tiene emoción. No sé si es un exorcismo como tal, pero escribir y racionalizar una historia así es una herramienta de conexión con espacios que probablemente olvidaste para sobrevivir”.

Nos quitaron libertad:

“Nos han robado, nos han privado un espacio de soledad, de poder caminar solas tranquilas por la calle o qué sé yo, también muchas de estas otras cosas. Tener que salir hoy a defender un derecho implica ser casi súper poderosa, pero resulta que probablemente gran parte del fondo de eso viene de reconocer que a ti te pasó algo y, aunque uno no lo diga, implica ser víctima de algún tipo de abuso. Más que la reparación del evento como tal, que es el centro del relato, tiene que ver con la diferencia que hay en verbalizar las cosas, ya sea decirlas en voz alta o escribirlas. Hace que se vuelvan reales y cuando se vuelven reales para ti, probablemente se vuelven reales para el resto”.

SOFÍA F. GARABITO(27), ILUSTRADORA

Por qué abrir la experiencia:

Este era un tema en el cual yo, personalmente, no me había detenido a pensar desde mi autobiografía. Cuando nos juntamos con Natacha -editora del libro- y me hizo preguntas, yo quedé en blanco porque lo primero que pensé fue: ‘A mí no me ha pasado nada’. Esa fue mi primera reflexión. Y me puse a pensar y a pensar, en esa misma reunión que tuvimos y lentamente empezaron a salir hartas cosas. El caso de la historia que cuento es una situación que me pasó hace varios años en un estacionamiento de un supermercado, donde un tipo se me insinuó. Pero después empecé a indagar en otras situaciones mías y de mi entorno, cosas que vivía en el liceo, y que no solo viví yo, sino que vivieron mis compañeras. Cosas que están tan metidas en el cotidiano, que no te das cuenta que suceden. Al mismo tiempo me pasó que empecé a ver distintas formas de acoso y abuso, por ejemplo, con el uso de nuestras imágenes y de la proyección que la sociedad masculina, que el patriarcado, ha hecho de la mujer”.

Reconocer que es colectivo:

“A través del dibujo pude sacar cosas que estaban dentro mío, no sólo en lo que respecta al acoso callejero, sino también con otras experiencias que viví con mi forma de ser en la adolescencia, cosas que creo tenía pendientes y que al momento de dibujarlas como que pude visualizarlas, entenderlas y también acogerlas. Luego de hacer un trabajo más personal, también logré crear vínculos: La primera parte del relato la escribí enfocada en el yo, en esta situación que me ocurrió, pero después voy tomando otras situaciones de amigas o familiares que me rodean. Entonces, siento que a través del dibujo me entiendo a mí, pero también otros se pueden reconocer en esto que al final es una experiencia colectiva”.

El autoengaño:

“Siempre nos ubican entre la locura y la exageración. Esta idea de ‘oye, qué exagerada’, ‘ya están reclamando, si las cosas han cambiado’ o ‘pueden hacer las mismas cosas que nosotros’. Hubo un tiempo en que incluso yo también lo pensaba, esto de ‘si yo como mujer tengo acceso a todo, puedo hacerlo todo’. Pero claro, si uno hila más fino te das cuenta que no. Los hombres tienen esta seguridad de estar en el mundo porque creen que les pertenece y se reconocen entre ellos. Y tal vez nosotras estamos aprendiendo a reconocernos y a apañarnos para crear nuestros discursos y nuestros propios cuentos e historias”.

A todas, sin excepción:

“Creo que hablar de esta experiencia que en parte sí sana, pero también me hace más ruido aún. Hubo mucho tiempo que creí que a mí no me iba a pasar nada. Pensaba: ‘bueno, no me veo tan femenina, talvez no soy un objeto de deseo si voy por la calle, filo’. Y dudaba que me podía pasar algo por estar bajo esa coraza. Pero claro, después converso con la gente, con mi círculo y nuevamente volvemos al principio: es algo que, en diferentes matices, nos ha pasado a todas sin excepción, y a cualquiera le podría pasar”.

*El libro “Yo te creo. Testimonios de abuso a mujeres chilenas” estará en librerías el próximo lunes 20 de mayo. El lanzamiento se realizará el próximo miércoles 22 de mayo a las 19:30 horas en Librería Altamira, Drugstore.

*Revisa nuestras redes sociales y theclinic.cl para ver el registro de este diálogo completo.