Josefina Araos

Investigadora del Instituto de Estudios de la Sociedad

La llamada “ola populista” que sacude al mundo ha generado una avalancha de publicaciones que, más bien alarmadas, advierten acerca de los riesgos que se ciernen sobre nuestras democracias. Paralizados por lo que suele identificarse como el peor enemigo de nuestra era, muy pocos se han detenido a preguntarse cuáles son las condiciones que han permitido la emergencia, en apariencia tan eficaz, de tales líderes. Como ha planteado la intelectual francesa Chantal Delsol, pareciera que la clase política no ha sido capaz de formular una autocrítica que dé cuenta del fenómeno populista. Y, por el contrario, se ha dedicado a responder en los mismos términos –muchas veces a gritos– que aquellos que la increpan.

Esta dinámica es problemática no sólo por el desprecio que muchas veces esconde –de los líderes populistas y de quienes los siguen–, sino también por el punto ciego que reproduce sistemáticamente. Es como si las democracias liberales no lograran interpretar los problemas de la sociedad contemporánea sino como versiones insuficientes de su propio proyecto. No hemos terminado aún de consolidar el orden liberal que resolverá estas tensiones, dicen sus defensores. Desigualdad, marginalidad, soledad serían sólo manifestaciones de un tránsito no finalizado hacia la sociedad moderna (o para algunos, hacia el fin de la historia). Y en esa lógica, no hacen más que reforzar aquello que justamente hoy se cuestiona.

Esto es lo que ha constatado el cientista político norteamericano Patrick Deneen, quien llegará a Chile la primera semana de junio para comentar su influyente libro “¿Por qué ha fracasado el liberalismo?”. Descrito por Barack Obama como un ensayo “estimulante” que ayuda a comprender la “progresiva desilusión con el orden democrático liberal”, Deneen plantea, entre otras cosas, que las tensiones del mundo contemporáneo se deben, paradójicamente, a que el liberalismo ha sido demasiado “fiel a sus principios”. El problema es que, al mismo tiempo que ha creado las condiciones para su fracaso, el liberalismo carece de “autoconocimiento para entender su propia culpa”.

Esta suerte de círculo vicioso hace especialmente complejo el escenario actual y le plantea a la democracia al menos dos desafíos. En primer lugar, desarrollar mecanismos para generar una necesaria autocrítica –y salir así del permanente estado de escándalo en el que se encuentra frente al populismo–, pero también abrirse al reconocimiento del valor de otras tradiciones políticas, distintas al liberalismo. Como dice el mismo Deneen, la filosofía liberal tiende a transformarse en dogma, descalificando como “premodernas” todas las demás cosmovisiones que forman parte del acervo político de nuestra cultura. Lo problemático es que esas mismas cosmovisiones han aportado normas, valores y vínculos que el liberalismo requiere para sobrevivir.

La posición de Deneen es particularmente dura respecto de la realidad y el destino de una sociedad que siga aferrada en forma irreflexiva a la filosofía liberal. En ese sentido, uno puede no compartir completamente su diagnóstico o sus propuestas, pero es indudable que el espíritu que inspira su reflexión puede ser un aporte para los tiempos que corren. Se trata de formular una crítica desde “este lado” –esto es, desde la democracia–, dando cuenta del momento actual no a partir de las amenazas que pueda representar el populismo, sino desde el reconocimiento de las fallas de los ordenamientos políticos hoy vigentes. Eso no presenta una batalla, sino más bien un camino, donde por lo demás tienen cabida los juicios de aquellos que hoy son presentados a priori como idiotas.