¿Alguien leyó Memorias de una Pulga, una especie de novelita de formación levemente porno de nuestra torpe adolescencia que circulaba por mano en algunas generaciones anteriores, generalmente en los colegios? Ahí ya comparecían los padre Poblete de nuestro sistema eclesiástico, por lo que recuerdo, aunque su tono tendía a la hilaridad y a la exageración, determinado tal vez por una lectura candorosa y sin conciencia de la abyección involucrada.

Poblete, el padre, amenaza con ser más fascinantemente perverso que Karadima, aquí están las futuras ficciones de Netflix o de las de una novelística de la abusividad, pensando en el mercado editorial y de la imaginación. No se trata de festinar con el dolor de las víctimas, sino de ver el acontecimiento abusador desde otra perspectiva. No cabe duda que Poblete es mi pastor, dirán los ovinos demoniacos que no podrán evitar alabar a uno de los suyos que sí la supo hacer. He ahí un patriarca en toda ley. Hizo lo que quiso y fue santificado (o casi). Quizás a Chile le falte un gran acuerdo anti abuso, como preámbulo de gobernabilidad, porque la paradoja asimétrica que, a estas alturas es parte de la norma, pone al lobo a cargo de las ovejas y nos convierte en una sociedad patológica. Por eso la iglesia, los colegios, o las instituciones de beneficencia, Sename incluido, que no pueden si no ser la gran oferta pedófilo institucional de un país que se desprecia y se degrada a sí mismo o que ama el respeto despiadado por el poder.

Por eso hay que despreciar a los líderes y a la razón política que siempre anda en busca de nuevos liderazgos, que no son otra cosa que la voluntad de producción de abuso patriarcal.

Cualquier lucha emancipadora pasa por desinstalar estos formatos del ejercicio abusivo. Ojo, en un país como el nuestro el abuso es parte de la demostración de poder que un agente del mismo desarrolla, como parte de su performance masculinoide. Según esta lógica, Piñera, por ejemplo, sabía que llevar a sus hijos a China era una demostración de power, cuyo objetivo era la odiosidad que ello provoca en la zona pública, en la calle, en donde necesariamente se cometerán delitos en nombre de la ira. Y esto ya no funciona tan inconscientemente.

¿Y si todas nuestras instituciones no son más que máquinas de abuso, qué chucha hacemos? La crítica feminista nos enseñó que todo abuso es abuso del cuerpo. La iglesia quiso los cuerpos que quiso para su uso funcional, la FFAA maltrataron cuerpos como parte de un ejercicio de demostración de efectividad criminal, los divinos empresarios necesitan cuerpos dóciles para una productividad a bajo costo y los pastores unos feligreses dispuestos a una genuflexión humillatoria.

Toda esta abusividad es la condición sine qua non de un modelo estructural, que suele estar representado por los padre Poblete, que a poco andar se transforma con creces en padre Gatica, así como supone agentes como Pérez Cruz que saca de su vista a cuerpos indeseables que le afean el paisaje o el presidente de las Isapres que no quería llenar de enfermos su sistema de salud, o los niños del SENAME como el encierro de una reserva para la beneficencia perversa. ¿Qué cuerpos necesita Chile para su desarrollo?

La violencia simbólica que ejercen los tributarios del pastor Poblete redunda en la violencia material y cotidiana que debemos padecer los vecinos sin capital de las ciudades de Chile, que sólo podemos exhibir una malograda dignidad, mal interpretada en ocasiones por nuestros aliados de clase que nos ven como cómplices del poder sólo por tratar de funcionar como entidades productivas.

Y por la razones antes expuestas, y a nivel cotidiano narrativo, sólo puedo decir que bajo de mi casa por Yerbas Buenas, pensando y elaborando este malestar, hasta la Plazuela Ecuador. Es miércoles 1 de mayo, voy como militante orgánico a la marcha del día de los trabajadores y el espectáculo ahí era rudo. Los panquetas del barrio tenían la zorra, estaban instalados en varios paraderos de colectivos, de esos que conducen a los cerros Florida, Bellavista, San Juan de Dios y Yungay, y al parecer habían pasado la noche tomando, y seguían, tirados en el suelo, exhibiendo una actitud agresiva y soberbia. Y alrededor de ellos habían unos perros que se comían unos conejos que habían sacado de una bolsa olvidada por un cazador borracho, eso fue lo que imaginé. Hay que recordar que Valpo tiene un cierto tufillo rural ineludible, es perfectamente verosímil que algún porteño se dedique a cazar conejos en los cerros de la cordillera de la costa.

Caminé hasta la Plaza Sotomayor y ahí me topé con una de las dirigentes máximas del partido, la compañera diputada Camila Rojas y también con un vecino, muy activo en la junta vecinal, que resultó ser camarada del Partido Comunes, de ahí marché un rato hasta la Plaza Aníbal Pinto con mi bandera partidaria, mi compromiso por ahora es sólo por un par de cuadras, pero algo es algo. Menos mal que formo parte de una orgánica, eso no me hace feliz, pero me sostiene. Y mientras marcho una militante del partido que trabaja en el área pesquera me pautea en relación al modo de militancia, ahí descubro que debo militar en el frente cultural, lo que me angustia un poco. Me acuerdo de la patética SECH local (Sociedad de Escritores de Chile de Valpo) y de los maltratos de obra y de las patologías siquiátricas que padecen los socios, y de nuestra endémica mediocridad. Me siento torpe e ingenuo, pero aún me queda la palabra, como decía un poeta que olvidé.

Quizás deba militar en el frente de profesores, que tampoco es un gremio que me acomode, debo tomar una decisión al respecto. Lo concreto es que siento que ha vuelto la necesidad de la militancia para eso que llaman la lucha. ¿Contra qué o con qué objetivo? Por último para construir una sociedad solidaria y no del abuso, así de general, sin olvidar un día los motivos del trabajo político-cultural que nos convoca.