Columna del Tío Mamo: Clases de ética, primera parte

Bienamados sobrinos: La historia que a continuación les contaré y que ocurrió hace un par de semanas es tan cierta como que la muerte tocará la puerta de Lady Lucy, y pueden confiar en la veracidad de los hechos tanto como un zurdo puede confiar en un demócrata cristiano. No obstante es un relato corto como el ministerio de Mauricio Rojas. Iba a decir que es breve como acto amatorio de chileno medio pero ese humor de Morandé con Compañía me desperfila de mi rol de cronista serio. En fin, pónganse cómodos y pongan ojo, pestaña y ceja.

Ese lunes me levanté temprano, lleno de energías y con un claro propósito: Formar parte del cuerpo docente de la Universidad Popular, dictando cátedra de Historia de Chile. Total medallas me sobran (y no de Negro Parra, zurdeques curagüillas) y en el grupo de whatsapp de Acción Republicana me tienen convencido de que soy el único que puede frenar a ese marxista de Baradit.

Lo que nunca imaginé fue la furibunda recepción de la que fui objeto apenas puse un pie en las oficinas del señor Jadue.

—¡… Para que sepa, señor, yo soy un hombre muy endiucado!—exclamé mientras cerraba de un portazo la oficina de la Muni. En ese lugar donde “se supone” que celebran la libertad de expresión se me negaba la posibilidad de compartir información de primera fuente con las nuevas generaciones.

Y toda esa zalagarda tan solo por ir ataviado con una polera de mi General. Una vez más el comunismo demostrando cero tolerancia para con los intolerantes.

—¡Ándate a la Escuela Militar mejor, a ver si ahí te dan pelota! —me gritoneó el totalitario edil de Recoleta, agitando en el aire la hoz que tenía en su mano izquierda.

Contrariado, encaminé mis pasos al paradero del Transantiago (o “Red” como parece que se llama ahora, pero en realidad da lo mismo, el cambio fue menos intrascendente que los cambios que hace el técnico de la Universidad de Chile). Al cabo de una hora de estar sentado —soportando el dolor de mis hemorroides— esperando a que pasara el infernal bus, y de zamparme tres Super 8 que me vendió el Cirilo, el impertérrito haitiano que está de punto fijo en todos los paraderos de Santiago, me decidí ponerme de pies y caminar hasta Andrés Bello a hacer dedo.

No pasaron más de diez minutos cuando una limusina paró en la berma y abrió su puerta derecha, me subí —no sin temor— al lujoso vehículo en cuyo interior habían dos simpáticos emprendedores: “Carlos Euge y el Choclo, las máquinas de dar trabajo (a los fiscales)”, fue el mote con el que se presentaron.

—Vamos a la UAI —dijo el Choclo, reprimiendo a duras penas una carcajada— a clases de ética.— agregó sin ya poder contener la risotada.

«Está debe ser una señal del Dios de la iglerecha» pensé en mi interior.

—¿Y tú en qué andas tío?— preguntaron a coro los distinguidos empresarios.

—Estoy intentando entrar en el mundo de la docencia.—contesté— Mi amigo Labbé, el ex alcalde, me dio la genial idea. Quise infiltrarme en la Universidad Popular pero después me arrepentí— agregué, compungido.

—Pero vente para acá pues tío. Capaz que esta universidad sea nuestra, y si no, debe ser de alguno de nuestros amigotes.—dijo el Euge, extendiéndome una generosa porción de caviar.

Me deshice en agradecimientos frente a tal acto de generosidad. Pensé en que Axel Káiser debe haber sentido lo mismo cuando conoció al respetable empresario Ibáñez. Me serví un agüita mineral y tomé un diario (uno serio, no como este), y abrí por azar la columna del flaco Matamala. En mi faz debió de haber dibujado una expresión horrible una vez terminé de leer las injurias que este pseudo periodista esgrimía en contra de mis ahora mejores amigos. Estos, preocupados, me preguntaron si me había caído mal el caviar.

La reacción de ambos al leer la sarta de calumnias escritas fue de tristeza e indignación. Pensaron incluso en crearse una cuenta en Twitter para denunciar las difamaciones de ese “reportero de pacotilla”, pero yo les di una idea mucho más temible:

—Una carta al director es como que te hagan diez mil retuits Carlitros.— les expliqué.

—Tienes razón tío, eres sabio, además de atractivo.—puede que esa parte se me haya ocurrido a mí— A veces lo clásico funciona mejor que lo nuevo.

Por toda respuesta les alcancé un lápiz pasta y una hoja en blanco. No iba a permitir que se manche la honra de estos nobles empresarios solo por haber hecho esa pilatunada de comprar unos cuantos favores políticos.

Continuará…

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