-¿Va a la Jorge Inostroza? –le pregunta Gisela Pérez al conductor de un colectivo en el centro de Iquique. El sol de mediodía es abrasador y el aire ahogante. No es común que el transporte público llegue a esa población ubicada al norte de la ciudad en medio de la nada, rodeada de secas cadenas montañosas. El conductor le dice que sí, y comienzan el trayecto que durará quince minutos desierto adentro.

Gisela es de estatura pequeña, menuda, pelo corto y negro. Es una mexicana de 26 años que mueve rápido las manos mientras habla sobre su vida en la Jorge Inostroza, una de las zonas difíciles de la Región de Tarapacá. Cada cierto rato, su mirada vuelve al paisaje que se asoma por la ventana. Lo observa con detención, con ojos de turista, aunque ya se lo sabe de memoria. Conoce los olores y sabores de las ventiscas del norte de Chile, una tierra que no es suya, pero que ha sido su hogar por más de un año.

Es un lunes de octubre y el sol atraviesa cada rincón de la población. Quienes han sido criados ahí, o llegaron hace poco —como la mayoría de los inmigrantes, por los bajos precios de los arriendos— saben que eso no es casualidad: son décadas de miedo, estigma hacia su barrio. La Jorge Inostroza se formó hace cincuenta años como una toma de terrenos: una veintena de familias de La Pampa, aquejados por no poder pagar un arriendo, se movieron al norte de Iquique y decidieron hacer suyo ese lugar.

Llegando, justo al lado de una pequeña plaza, de un tobogán y un puñado de pasto, está el centro comunitario Mi Refugio, perteneciente a la fundación Niños en la Huella, donde Gisela trabaja como voluntaria. El edificio tiene un mural que ocupa casi la cuadra entera, pintado con colores fuertes: hay una montaña, un árbol, un niño, animales jugando. Es allí donde llegan cerca de cuarenta niños y niñas del barrio cuando salen del colegio. Tienen entre cinco y catorce años. Algunos van solos, a otros los va a dejar algún familiar. Muchos de ellos llevan años viniendo.

A ratos, la Jorge Inostroza parece un pueblo fantasma. Su lánguido silencio solo es interrumpido por el puñado de niños afuera de Mi Refugio, esperando a que el centro abra sus puertas a las cuatro de la tarde en punto. Gisela está de paso, pues su trabajo –es ingeniera comercial– se concentra en la oficina de la fundación, en pleno centro de Iquique. Allí es donde debe armar redes con instituciones que trabajen con niños, conseguir financiamiento, pensar en cómo mantener a flote el proyecto.

–¿Por qué estoy aquí? –repite en voz alta. Y la respuesta no tarda en llegar, ceremoniosa, contada casi como un secreto. Cuenta que hay un momento exacto en su vida que lo explica todo, grabado a fuego en su mente. Comienza, entonces, a conjurar recuerdosfantasmas de una vida pasada, a miles de kilómetros de donde está ahora. Lo primero que relata es el rugir de un tren cruzando las montañas verdes. El cargamento: niños, niñas y adultos colgando de los vagones.

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Camilia tiene catorce años y va desde los seis al centro Mi Refugio. Camila no se llama Camila pero para este reportaje, ese será su nombre. Es alta y el pelo negro, liso, le cae sobre los hombros. Cada vez que habla acomoda un mechón detrás de su oreja. Su voz es dura, aunque a veces se ríe. Probablemente ningún otro niño sabe más que ella sobre el centro: es quien lleva más años yendo.

Sentada en una de las sillas de la sala de computación, con el ruido de los niños que se cuela por la puerta, dice:

—Acá es donde paso la mayor cantidad del día, no en mi casa. Me gusta mucho estar acá. Hemos hecho batucadas, aprendimos a bailar.

Entonces se queda en silencio. Luego, quizás indecisa, añade:

—Yo antes peleaba mucho, era buena para decir garabatos. Acá creo que he madurado. Tampoco es que sea santa, pero quizás sería otra de no haber pasado todo este tiempo acá y no en la calle.

Alicia Naranjo es presidenta de la unión comunal del sector norte de Iquique y llegó a la Jorge Inostroza con ocho años, cuando sólo era un gran trozo de tierra árida. Hoy tiene 62 y está sentada en el comedor de su casa. Tiene las manos sobre la mesa y con sus dedos traza un mapa imaginario, mientras recita las calles de la población de memoria: son esas calles las que reciben, muchas vece, los autos robados para desbaratarlos, perdiendo el rastro. O donde en las esquinas se transa parte de la droga que circula por la ciudad. También donde ni la policía, ni los bomberos suelen llegar. Los vecinos, de hecho, suelen decir que en las noticias locales aparecen seguido, casi siempre por lo mismo: robos, tráfico, allanamientos. La última noticia que aparece en internet sobre ese lugar es porque un niño de tres años fue encontrado solo en un auto, sin el rastro de ningún familiar.

Aunque la realidad de esos niños es diversa, existen algunos factores en común: la mayoría viene de familias con padres ausentes, donde deben ser ellos quienes cuidan a sus hermanos menores. Las razones de eso varían: en algunos casos es porque sus madres tienen hasta tres trabajos o porque uno de los padres está en la cárcel. Más allá de la vulnerabilidad del barrio, donde ni siquiera existen datos específicos, lo que viven esos niños —aseguran quienes trabajan con ellos— es la soledad. Varios de ellos, cuando salen del colegio, no tienen con quién estar: ni para jugar, ni para estudiar.

Por eso se creó, hace poco más de dos décadas, el centro Mi Refugio. Hoy es gestionado por Niños en la huella, una fundación iquiqueña que tiene otros dos centros en Alto Hospicio y Pozo Almonte, y hace tres años inició una alianza con América Solidaria —una ONG continental que trabaja con infancia vulnerada— que le permitió perfeccionar su funcionamiento y ofrecer algo que querían hace tiempo: un psicólogo y un asistente socialcuyo trabajo pudiera ser efectivo y no dependiera de cuántas horas a la semana podían pagar a algún profesional. Además de alguien que pudiera generar redes, conseguir financiamiento pero, sobre todo, fortalecer los cimientos del trabajo de décadas.

Llegaron entonces tres voluntarios: Gisela Pérez, de México; Esequiel Lugo, de Argentina y Susana Avendaño, de Colombia. Mientras la primera —ingeniera comercial— se haría cargo de generar un modelo de financiamiento y gestionar redes para volver el proyecto sustentable, los segundos serían la dupla de trabajador social y psicóloga. Su trabajo ha sido así: funcionan a la par de las educadoras del centro, apoyando y creando nuevas intervenciones que incluyan a las familias. Se hacen talleres de escucha, de habilidades parentales —cómo reaccionar cuando un niño tiene una crisis, qué preguntas hacer, cómo escucharlo—, además del acompañamiento escolar.

Camila ha visto ese trabajo, conoce a los voluntarios del lugar. Es con ellos con quien pasa gran parte de sus tardes, pues ya dejaron de ser seres extraños dentro de aquella población olvidada. Dice, de hecho —con una voz que intenta mantenerse dura—, que les tiene cariño. Lo dice sentada en la sala de computación y mientras trata de pensar en algo mucho más lejano, que suele imaginar seguido: qué quiere ser cuando grande. A pesar de que lo dice rápido —quiere ser PDI, siempre lo quiso—, se queda en silencio unos segundos antes de decir porqué:

—Me gustaría que el mundo no se destruyera por la droga. Es muy heavy ver cómo simples dosis destruyen a las personas. Yo quiero cambiar eso —dice, bajando la voz—. Yo he visto esa destrucción. Donde vivo yo hay mucha droga. Vas caminando y ves a alguien metiéndose droga. He visto a amigas de mi mamá que comienzan a adelgazar y que se mueren: la droga se las va comiendo de a poco. Sé que me voy a arriesgar, pero es una decisión de vida. Mi mamá me dice que es peligroso, pero yo quiero esto desde sexto básico. Y me gustaría hacerlo acá, en Iquique, en la población donde crecí.

***

Veracruz, México. Ahí es donde está la mente de Gisela ahora, recordando. El tren se acerca con un rugido furioso. En ese momento, cuando notan su llegada, las mujeres corren: cogen las botellas de agua, los trozos de comida envuelta, amarradas cuidadosamente con pitas, y las lanzan. Tienen sólo segundos. Ese tren, conocido mundialmente como La Bestia —porque arrasa con quien ose domarlo; subirlo, bajarlo, frenarlo—, no se detiene. Arriba de él, además de la carga que acostumbra a llevar, hay mujeres, niños y hombres que se asoman de a poco. Les dicen “las moscas”, pero son salvadoreños, guatemaltecos, hondureños que cuelgan de él. Están buscando una nueva vida, en México o en Estados Unidos, lejos del hambre y la violencia de sus países.

Las mujeres —conocidas como Las Patronas— se mueven sigilosamente. Están a poco menos de dos metros del tren y el movimiento debe ser fugaz, preciso: un sólo error podría costarle la vida a un migrante, o a una de ellas. Pero eso lo saben. Son parte de una organización que lleva más de treinta años esperando, día a día, el paso de ese tren por Veracruz y, con él, a los centenares de migrantes que buscan ayudar.

Entre ellas está Gisela, entonces de 20 años. Es 2012 y la primera vez que está allí. Enpocas horas tuvo que aprender a amarrar la botella de agua, la comida, a lanzar el paquete de manera perfecta para que la pita no arrasara con ella en el acto. Sólo cuando pasa el tren y cae la noche, se da cuenta de lo que vivió. Entonces, dice, algo se quebró en su vida.

—Darme cuenta de que hay gente que vive así, poder ayudarlos, aunque no les veas el rostro, eso queda para siempre, lo llevo a todos lados. Después de ver lo que vi en ese tren, me sentí atada de las manos. No había posibilidad de tomar un camino diferente, de hacer como si no lo hubiese vivido. Ahí todo cambió.

Entonces decidió hacer algo. Mientras estudiaba ingeniería comercial en una universidad en Puebla —un estado mexicano de más 6 millones de habitantes—, se involucró en distintas organizaciones sociales para aportar de alguna forma. Grabó testimonios, creó guías para ayudar a los migrantes, entró a la federación estudiantil y, cuando terminó sus estudios, decidió salir de México. Así llegó a la ONG América Solidaria. Supo que estaban buscando a un ingeniero comercial y vio la oportunidad de conectar su carrera con un voluntariado. Le ofrecieron partir a Iquique, en el norte de Chile. Allí, le dijeron, existía un programa cuyo objetivo principal era cambiar el entorno de un grupo de niños, niñas y adolescentes de una población, y trabajar para que tuvieran una oportunidad.

De este país no sabía mucho, salvo que en 2011 había estallado un movimiento social muy grande y eso la cautivaba, además de la posibilidad de trabajar con niños. Así, en marzo de este año llegó a la Jorge Inostroza, una población iquiqueña golpeada durante décadas por el tráfico de droga, la violencia y el olvido del sistema. Y hoy, recorriendo pequeños pasajes de la Jorge Inostroza, dice que no sabe si quiere volver. Aquí, asegura, todo tiene más sentido.

Pero cuando el trabajo partió no fue fácil. Ni para ella ni para Esequiel o Susana, los otros voluntarios. Los primeros meses —en total deben estar un año, sin embargo, pidieron alargar su estadía por dos— fueron principalmente de frustración. De intentar ganarse la confianza de niños que estaban acostumbrados a desconfiar, a que no los tomaran en serio.

Esequiel, el trabajador social argentino, lo explica así:

—Nada de lo que proponíamos era del interés de ellos. No querían saber nada y eso nos frustró mucho. No teníamos llegada y nos preguntábamos todos los días si teníamos realmente las capacidades. Una vez uno de los niños nos dijo: yo no sé porqué te preocupas tanto de mi futuro si no estarás en él. Para ellos, éramos uno más de los adultos que los abandonaban.

Tuvieron que empezar de a poco. Lo primero fue mostrarles que no eran una amenaza por ser adultos. Después vinieron las conversaciones uno a uno, el demostrarle que les importaba lo que ellos vivieran. Empezar a escucharlos, por ejemplo, fue clave. Muchos de ellos tenían crisis de rabia, con golpes, insultos.

—Al principio siempre estaban molestándose. Hoy ya no se cogen a combos. Quizás se empujan, pero no pasa de ahí. Hemos trabajado mucho el manejo de emociones. Hay cambios que no se van a ver ahora, es verdad. Pero antes, a ellos les importaba un carajoque tú dijeras algo. Hoy día, en cambio, respetan —dice Susana, la otra voluntaria, quien lleva dos años siendo la psicóloga del centro.

Pero no siempre lo logran. Muchos de los niños que están inscritos dejan de ir. Algunos de los más grandes —doce, trece años quizás— empiezan a trabajar. Otros tienen que cuidar a sus hermanos más pequeños, o simplemente desaparecen; no se acostumbran a las normas y terminan optando por las de la calle.

No pueden llegar a todos y eso, allí, lo saben.

Inés Aguayo, de 57 años, lleva trabajando nueve años como directora de Mi Refugio y dice que los momentos difíciles abundan trabajando en un lugar así. Está sentada en su oficina, ubicada en el primer piso del centro. Es de estatura mediana, su pelo corto revolotea sobre su cuello y tiene la mirada dura, de quien parece haber vivido mucho y confiar poco. Asegura que lo que hacen en el centro es un trabajo complejo, a largo plazo, donde los resultados tardan en llegar.

—A veces uno siente que no está haciendo nada al estar acá. Pero estos trabajos son así: tú vas a ver los frutos de lo que entregaste en cinco, seis años. ¡Eran niños terribles! Teníamos un niño que cuando le preguntábamos qué quería ser cuando grande, nos decía que era conversar con el que vendía droga para que le pasara para vender y poder sustentarse. Así empezamos a trabajar. Después empezaron las normas, a cambiar las conductas —cuenta Inés.

José García es el director de Promoción y Protección de Derechos de Infancia de América Solidaria y quien lidera el programa en el centro Mi Refugio. Dice:

—Sigue siendo un desafío visibilizar las realidades de territorios como la Jorge Inostroza en todo Chile: donde existen niños y niñas que no tienen el mismo acceso a derechos, desde los servicios del Estado, el entorno seguro, la participación.

Además, asegura, es fundamental que el Estado esté más cerca de estos lugares y de los niños que están allí. —Las respuestas a lo que viven niños y niñas no pueden depender sólo de proyectos como de estos o de las posibilidades que tiene la sociedad civil. La municipalidad, el gobierno regional, pueden darle mayor visibilidad a las problemáticas que existen, pero también se deben buscar soluciones en conjunto, a largo plazo, para los que están hoy y también para los que estarán.

Cuando Inés Aguayo piensa en los nuevos años que lleva en el centro, lo primero que recuerda —y se repite siempre— es cuando ese niño le dijo que su sueño era ser el traficante del barrio, manejar la droga para sustentarse.

Entonces, sonríe y dice:

—Hoy día es de la Fuerza Aérea, y cada vez que llega a Iquique nos viene a ver —dice—. A lo mejor no vamos a poder ayudarlos a todos, pero va a ser la mayoría la que no pierda el rumbo. No lo sabremos ahora, pero esas historias te demuestran que las cosas sí se pueden cambiar. No están definidas de antes.