El sociólogo peruano y vocero del Movimiento Acción Migrante, Francisco Bazo, lleva diez años en el país y recuerda cómo a mediados de los 2000 ya existían las postverdades asociadas al migrante de entonces. Con una risa indescifrable recuerda que desde la oposición se criticaba la llegada de nuevos migrantes peruanos que vendrían al país motivados exclusivamente por políticas sociales implementadas por el primer gobierno de Michelle Bachelet.

“Ese discurso era muy funcional a las políticas antimigrantes cuando planteaba el migrante venía a Chile en busca de beneficios como el Bono Invierno de Bachelet… Imagínate el pésimo negocio que era dejar a tu familia, tu país e invertir en un viaje de varios cientos de miles para optar a un bono de $40 mil pesos. Eso es algo que en realidad se pensaba y se decía desde las élites. Si bien, es una razón que no resiste análisis, el grave problema es cómo este tipo de falacias operan en la mente de los sectores medios y bajos”, estima bazo.

El también vocero del Movimiento Acción Migrante cree que esta estructura del temor y el odio, se fundamenta precisamente en la falta de comunicación entre las comunidades nuevas y las de antes, pero también en lo estratégico que es para la institucionalidad enfrentar al chileno con una supuesta amenaza migrante. Es ahí donde aparecen los carteles en la ciudad de Valdivia que “invitan” al haitiano a regresar a su tierra, campañas políticas que hacen del racismo un capital y otras prácticas cuestionables, señala.

En torno a esta cuestión, el panelista enfrenta estas falacias con hechos interesantes, como por ejemplo la tradicional asociación que se hace entre migrantes y delincuencia, en las cifras comprueba que en algunos sectores de comunas periféricas donde las comunidades migrantes abundan (Pedro Aguirre Cerda, Quilicura o Cerro Navia), la ocupación de calles y plazas  -abandonadas como espacio público por los chilenos como parte de la cultura postdictadura- han sido ocupadas por haitianos y dominicanos que, por sus prácticas habituales, hacen más vida al aire libre. Esto ha reducido o desplazado las acciones delictivas desde esos lugares, explica el sociólogo.

“Por otro lado te han dicho que que el 0.5% de los delitos de narcotráfico son cometidos por migrantes, y aunque es una cifra menor dentro del total de otros crímenes, el principal error que se comete es pensar que el burrero o traficante narco es en efecto un migrante, cuando en rigor es un delincuente que entra y sale del país y en ningún caso viene a establecerse o a trabajar al país de destino”, agrega Bazo.

Las mismas falacias históricas

Finalmente, explica que aunque el Ministro de Salud lamente que el sistema sanitario invierta 300 millones de dólares en asistencia a migrantes, Hacienda informa que estos nuevos habitantes y trabajadores de Chile aportan 1500 millones de dólares en impuestos e inversión al país. “Triplicar esa inversión en crecimiento parece ser una buena noticia. Pero a la autoridad parece interesarle más levantar la imagen del migrante como un miedo fantasmal que viene a quitar el trabajo, a ocupar espacio en los consultorios cuando en realidad, esa precariedad en los servicios proviene de mucho antes. Creo que si sacáramos a los migrantes de esas filas y salas de espera, el consultorio seguiría atendiendo igual de mal que siempre”, piensa Bazo.

Afortunadamente identifica una nueva mirada en escuelas, puestos de trabajo y también en los sindicatos que comienzan a considerar a estos nuevos compañeros como un aporte cuando notan que la precariedad con que son tratados amenaza con institucionalizarse. “La irregularidad genera miedo y ese miedo lleva a aceptar la precariedad. Eso sucedía con los antiguos migrantes peruanos de inicios de la década pasada, pero son prácticas que se replican con los mismos estratos y que se llevan por delante a afrodescendientes, colombianos, venezolanos, haitianos y dominicanos”, cree.

“Con todo, la existencia de gettos sigue siendo una realidad y la ruta que siguieron los peruanos es la misma que están siguiendo los haitianos:  Los primeros que llegaron, subsistieron como vendedores ambulantes, luego pasaron a trabajar en las bencineras y otros servicios. ¿No les parece un ciclo conocido?”, pregunta el integrante del Movimiento Acción Migrante.

El investigador participó activamente de la serie de conversatorios “El derecho humano a ser migrantes”, encuentro ciudadano y reflexivo organizado por la Academia de Humanismo Cristiano y el Museo de la Memoria y los DDHH durante el mes de junio. La más reciente sesión, titulada “La migración desde la perspectiva migrante” contó exclusivamente con un enfoque de los protagonistas de este fenómeno en voz de Jean Claude Pierre-Paul, de la Plataforma de Organizaciones Haitianas, Andrea Castellón y Francisco Bazo, ambos integrantes del Movimiento Acción Migrante. En conjunto expusieron sobre la paradoja de “Ordenar la casa” a costa de una total desregulación del tránsito migrante en Chile y el último gran golpe de la Corte Suprema que autorizó la expulsión de migrantes aunque sus hijos tengan nacionalidad chilena.

¿Qué contradicciones observa en la  modificación de la política migratoria chilena reciente?

-La meta principal del migrante es insertarse en el mercado regular, pero eso le exige a él una visa. Si no tienes esa visa tu única opción laboral es el mercado irregular del trabajo. Hasta hace un año atrás, cuando se comenzó a “Ordenar la casa”, según la autoridad, habían espacios grises en el que el migrante obtenía contratos que no eran a todas luces convenientes, con fisuras de derechos y ventajas, no muy buena calidad y que no cumplían a cabalidad con cubrir al trabajador. Sin embargo, te permiten acceder a arriendo, cotizaciones de salud, quizás, etcétera. Pero al inscribirse en este plan de regulación, al migrante le toma más de un año acceder a esa visa reglamentaria y queda en absoluta indefensión y enfrentado a una amenaza de “regulación” que también afecta a las empresas y que dificulta cualquier trato que pueda tener beneficios. ¿Qué resulta de esto?. Que la gente en ese espacio queda dispuesta a trabajar en lo que venga pues en ese año de espera necesita comer, buscar un hogar y acaba en una situación de precariedad e irregularidad mucho más compleja que la que tenía antes.

¿En qué medida le parece una acción estratégica el gestionar la política migratoria desde esa irregularidad?

-Esta irregularidad es algo muy funcional a la precarización que plantea esta incertidumbre de la visa y al discurso político del temor. Te puedo decir que esto está pensado así porque no es nada nuevo y se sabe que si tomas determinada medida causarás determinado efecto, pero creo que lo que nos e tiene claro es la dimensión en que esto afecta al país. Es distinto cuando exportas, por ejemplo, la imagen de un migrante venezolano blanco y con recursos que es el primero que llega al aeropuerto de Pudahuel porque puede permitírselo, pero ese migrante es distinto en condiciones socioeconómicas al que viaja 10 días en bus y entra por Chacalluta, incluso para quedar varado ahí. El que llegó primero tiene mejores opciones de instalarse y es el que logró insertarse con pequeños o puestos profesionales.

El otro, sin redes de contacto y que logra una vivienda precaria termina trabajando de urgencia como vendedores ambulantes y ubicándose en nichos. ¿Has visto a esos motoboys y chicos en bicicletas entregando comida?. Es un trabajo frágil y de un riesgo absoluto, muy probablemente armado por venezolanos con más recursos pero que cuando se hace muy visible empieza a afectar esa imagen que Chile quería exportar. Para entonces, ya es algo brutal para el que vino soñando con un buen pasar a Chile, porque las situaciones también van cambiando a nivel regional y ya tampoco se pueden devolver… la zona gris de la que te hablaba se torna negra y se ubica entre las dos fronteras donde muchos otros quedan en tránsito. Es ahí, cuando el sueño empieza a desmoronarse.