Sonia Medina (63) dice que su esposo no la golpea, pero la insulta todos los días. Cree que es su cruz y la carga. El hombre está enfermo y ella se resigna a cuidarlo. Vive en Santiago, es maestra de cocina, un oficio que la obliga a levantarse a las cinco de la mañana. Lo ha ejercido por más de tres décadas, varias veces en restaurantes de élite. Lleva más de 30 años casada y dice que sus convicciones no le permiten separarse de su marido, a pesar de que la maltrata psicológicamente. “Me dice cosas horribles: que soy una maraca, que me metí con el vecino cubano, que soy una zorra correteada, que me va a mandar presa”, relata a The Clinic. Sonia es una prisionera, como tantas mujeres cuyas historias quedaron plasmadas en el libro lanzado “Violencia de género, pobladoras y feminismo popular”, de la académica de la Universidad Diego Portales Hillary Hiner.

La publicación expone los relatos de pobladoras maltratadas por sus parejas y el despertar a su propia búsqueda de justicia frente a la precariedad económica y humana de la que por años fueron víctimas. Casa Yela surgió en Talca como un comedor popular en plena dictadura. Allí llegaban mujeres buscando alimento y refugio. No había modo de ocultar el agravio y dolor que padecían: “Llegaban con los ojos morados, los brazos vendados, el pelo mechoneado”, comenta a The Clinic Leonarda Gutiérrez, una de sus fundadoras, quien estuvo presente en el lanzamiento de la publicación.

El grupo se creó al alero de la Iglesia Católica, apoyadas por dos religiosas que estimularon a las mujeres a tomar conciencia de sus padecimientos y a organizarse para afrontar la violencia de género y lograr cambios efectivos en sus vidas.

EXPLOTACIÓN A DOMICILIO

Sonia Medina, la maestra de cocina, cree que solo la muerte de su cónyuge podrá liberarla de la cruz que lleva. Recibe a The Clinic en casa de una vecina en calle Sótero del Río, entre las comunas de La Florida y Puente Alto. Lilian, su vecina y única amiga, es quien facilita el espacio para entrevistarla. Sonia dice que ahora que su esposo está enfermo se ha puesto peor: “Con mi hijo estamos estresados. Nos garabatea, deja todo sucio, no deja dormir, pero sentimos lástima por él. Nadie lo quiere de su familia”. Eso hace que también el hijo sienta mucha rabia, porque ve el sacrificio de Sonia, quien, además, es la única proveedora. A veces su padre le saca la madre a ella y entonces el hijo le advierte: “¡Acuérdate que esta conchesumadre es la que te alimenta!”

¿Cree que las mujeres están dominadas por los hombres?
-Sí, muchas mujeres. Sobre todo las que fuimos criadas como yo, que teníamos que estar juntos en la riqueza o pobreza, en la salud y en la enfermedad. Esos valores de la Iglesia Católica y con esa mentalidad.

¿Qué piensa de los Movimientos feministas universitarios que estallaron el año pasado en Chile?
-Estoy de acuerdo, porque se dan cuenta de que la mujer es la que la lleva. Sin una dueña de casa, el hogar no camina. También saben que pueden criar solas si les toca un hombre maltratador. La mujer de hoy es distinta a la del pasado.

¿Ha oído la frase “el machismo mata”?
-Si poh, el machismo mata. Yo misma no doy más. No quiero llegar a la casa. Mi cuerpo apenas resiste. Sé que él es un aprovechador.

¿Qué piensa de tantos casos de femicidio?
-Es algo horroroso, creo que son los celos. Yo soy pará y no me dejo pasar a llevar. El día que me ponga un dedo encima, le planto un palo en la cabeza.

¿Cómo es su relación con su amiga Lilian?
-Mi alegría es salir con ella. Me da cariño, me escucha y me ayuda. Es algo muy lindo, lo pasamos bien. Salimos juntas y vuelvo aliviada, solo quiero acostarme y dormir.

¿Conoce el caso Nabila Rifo, la mujer a la que su pareja intentó matar y le sacó los ojos?
-Pa’ mí que hay gato encerrado. Sé que estuvo malo lo que hizo ese hombre, pero parece que a ella le gustaba el leseo y si tomaban, usted sabe que con alcohol se ponen violentos.

¿Qué piensa del aborto?
-No estoy de acuerdo, es muy triste. Pero en una violación sí estoy de acuerdo que una mujer no tenga ese hijo. También si la guagua viene mal formada.

¿Qué haría con su vida si ahora tuviera 20 años?
-No repetiría lo mismo. Sería madre soltera. No me casaría. En mi época, mi familia no habría aceptado que fuera madre soltera o que me separara. En el fondo fui tonta. Debí haberlo dejado, porque me hizo muchas chanchadas, pero por lástima lo tengo a mi lado. Pienso: “¿Quién soy yo para juzgar?”

¿Qué mensaje le darías a una mujer joven?
-Que si le sale un hombre malo que le dé una patá altiro. Y le diría que ahora haga valer sus derechos y no deje de defenderlos.

“DE LOS DOLORES SE APRENDE”

Leonarda Gutiérrez, la fundadora de Casa Yela (Talca), se emociona al pensar en cada historia tejida al calor del hogar donde ellas tomaron conciencia de su realidad, aprendieron a valorase y defender unidas sus derechos humanos. “Es muy bonita esta historia. En el 86 nos formamos como casa, pero tras una gran capacitación que nos dieron dos religiosas y mujeres de casa Sofía, fuimos aprendiendo y transmitiendo lo enseñado a otras mujeres”.

¿Cómo fue el inicio de Casa Yela?
-Al comienzo nos reuníamos en una capilla, pero más tarde arrendamos una casa por la gestión de un parlamentario. Allí empezamos y los maridos no querían que fueran. Las encerraban. Un día una monjita les puso un video de la película “Color Púrpura” y todas reconocieron sus propias realidades, que eso era lo que vivían en sus hogares. El mensaje principal de la película es la superación de la violencia doméstica y sexual, y la importancia de la amistad femenina en este proceso.

¿Qué tipo de capacitación recibieron?
-Dos años nos capacitaron en desarrollo personal y salud mental. Empezamos con cero conocimientos, pero queríamos sacar a las mujeres adelante. Tratábamos un tema y al día siguiente íbamos a dar charlas sobre prevención de violencia, antes de que se nos olvidara. No sabíamos cómo atender a una mujer golpeada. Yo debía hacer una primera acogida y dar confianza. Dar un abrazo cariñoso, decirle que podía contar lo que estaba viviendo, sin temor. Así cada cual se fue valorando y aprendiendo de sus dolores. A exigir justicia, a tener dignidad y a articularse con otras mujeres.

Leonarda cuenta que Casa Yela fue la primera casa de acogida a nivel nacional. Lo dice con orgullo, pero también con recuerdos amargos: “Después, todos los recursos pasaron a manos del Sernam y hoy es una casa para la prevención de violencia”, cuenta. Su sueño es que Casa Yela vuelva a ser un centro de acogida para la mujer y está decidida a luchar por recuperar ese estatus, cueste lo que cueste.

Le duele la realidad de decenas de mujeres víctimas de femicidio y afirma que en el campo chileno aún los hombres “son muy machistas” y que una mirada de ellos es suficiente, para mantener a sus mujeres sumisas. Cuenta que, si bien en Talca no se ven todavía movimientos feministas, un grupo de estudiantes universitarias se organizó el 25 de noviembre pasado, Día internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, para salir a las calles a marchar.

¿Un reconocido filósofo alemán dijo “La mujer es un animal de cabellos largos e inteligencia corta”? ¿Qué piensas de esa frase?
-Que ese caballero está muy equivocado. Las mujeres son muy inteligentes. Si no han desarrollado sus ideas, se debe a que muchas veces son oprimidas por el marido o por los hijos. Antes las mamás nos decían ¿Para qué va a estudiar si se va a casar? Hoy mis nietas han salido de la universidad, tienen otra mirada, otros valores.

Otro aspecto que aborda el libro es la influencia de los credos religiosos, que plantean la obediencia de la mujer ante el hombre y la interpretación misógina de la Biblia. En la ideología del pecado se culpa a las víctimas, lo que no permite reconocer el abuso por parte de la cultura y lo justifica como parte de la “naturaleza”, “castigo justo” o “voluntad divina”.

En ese contexto, las integrantes de Casa Yela fueron apartadas de la iglesia en Talca. Relatan que el propio obispo Carlos González -entonces un ícono en la defensa de los Derechos Humanos- se opuso a una jornada llamada “Íntimamente hablando”, la cual abordaría temas como el derecho a la sexualidad femenina, el derecho al orgasmo, al amor al cuerpo y a los genitales. El sacerdote se opuso pues, alegó, promovería quiebres matrimoniales y otros males, y prohibió el uso de un manual sobre estos temas.

“ME ARRASTRÓ POR EL PELO”

Adriana Valenzuela, Nany, tiene 62 años. Recibe a The Clinic en su casa ubicada en el barrio Comunidad Primero de Mayo, en La Florida, donde vive con su pareja, Rubén. “Ha sido el tiempo más feliz de mi vida”, afirma. Pero no siempre fue así. A los 20 años, fue obligada a casarse con una anterior pareja, por estar embarazada. Nunca imaginó el sufrimiento y humillaciones que soportaría durante dos décadas, sin contarle a nadie. Los ojos se le humedecen al recordar esa época de golpes, torturas, violencia sexual y amenazas de muerte.

“Vivía en un sitio grande que mi papá me pasó en La Florida. Hay cosas que he borrado de mi mente, pero recuerdo una vez que me agarró del pelo y me arrastró por todo el sitio, que era inmenso, de esquina a esquina. Durante 20 años me lo callé. A veces iba a Carabineros, pero ellos no hacían nada”, dice.

¿Alguna vez la amenazó de muerte?
-Sí, varias veces.

¿Cómo salió de ese calvario?
-Un día llegué donde una asistente social que me dijo: “Mire señora, gánele aunque pierda, tome sus cosas, sus hijos y váyase” y eso hice. Me fui a la casa de un hermano que me acogió con mis hijas por seis meses. Luego mi papá me arrendó una casa en Puente Alto.

¿Por qué no se fue antes?
-Tenía miedo de no ser capaz de valerme sola. Pensé que no iba a salir de ese horror. Él me bajaba la autoestima, me decía que era fea, que nadie me iba a querer.

Nany siente llover durante la entrevista y le trae un recuerdo brutal: “Cuando llovía mucho, él me tiraba fuera de la casa para que pasara frío y me mojara. Buscaba donde cobijarme entre las ramas del sitio. Mis hijas le rogaban y le decían: ‘Quiero que mi mamita entre’, pero les tenía prohibido abrirme la puerta.

Tras salir de ese ciclo de violencia, Adriana comenzó a trabajar en la Municipalidad de Puente Alto, arreglando jardines y confeccionando juegos infantiles de madera para las plazas de la comuna. “Éramos una cuadrilla de mujeres. Allí me di cuenta de que valía y que todo lo que él me decía no era cierto. Mis jefes me querían y me premiaban por mi buen desempeño”.

¿Después de que usted se fue con sus hijas, él las siguió?
-Sí, nos siguió. Mis hijas dejaron de ir al colegio. Le conté a la profesora lo que pasaba y dejó que durante un tiempo no fueran a clases. Amenazaba que andaba con un arma y que nos iba a matar. Nunca nos encontró en la casa donde vivíamos. Las buscaba en el colegio.

¿Cómo repercutió esta experiencia en los años posteriores?
-Me afectó mucho, hasta hoy, sobre todo en mi vida sexual. Fui violada, quemada por él y de eso quedan marcas. Fui víctima de violencia verbal, física y psicológica.

¿Tuvo ayuda psicológica?
-Sí, con psicóloga de la municipalidad y en el consultorio. Me costó mucho creer en otro hombre. No tenía confianza en nadie.

¿Qué le pasa cuando sabe de un nuevo femicidio?
-Cada vez que veo en la televisión esos casos, cambio el canal. No quiero recordar. Sufrí mucho cuando pasó lo de Nabila Rifo. Lo seguí y me recordó muchas cosas. Creo que le quitó los ojos para que nunca más mirara a ningún hombre. Pensé que hasta podría haberme pasado algo similar. Siento que estuve cerca.

¿Qué le parecen los movimientos feministas?
-No me interesan mucho, no estoy pendiente de lo que pasa con ellas, pero lo atribuyo a todo lo que viví, no quiero volver atrás, hoy estoy tranquila.

Actualmente Adriana vive junto a su pareja y a un hijo de 18 años. Dice que él la quiere y la trata bien, pero no le gusta que le cuente ningún detalle de lo que vivió. “Es cariñoso, me deja mi libertad, salir con amigas y disfrutar con ellas. Tengo tranquilidad y económicamente no nos falta nada. Es muy trabajador y atento. Mi casa está muy bonita porque siempre le hace arreglos”, dice.

¿A las mujeres que hoy están en círculo de violencia, que mensaje les dejaría?
-Que se puede salir, que hay que perseverar, que busquen ayuda con otras mujeres, con psicólogos o en casas de acogida, pero aquí el problema es que no hay muchos cupos. Yo lo intenté, pero no tenían. Ojalá existan en todo Chile más casas de acogida y que sepan que un hombre violento no va a cambiar. El hombre machista es muy egoísta.

Más información sobre el texto:

Violencia de género, pobladoras y feminismo popular: Casa Yela, Talca (1964-2010)

Autora: Hillary Hiner

337 páginas

Tiempo Robado Editoras