Por Javiera Toro, Presidenta Partido Comunes y Ángel Martin, Consejero del Partido Comunes

La crisis que atraviesa el Partido Socialista, simbolizada estos días en la red clientelar ligada al narcotráfico que habría intervenido en sus elecciones internas, lejos de ser únicamente un problema delictual de dicho partido, nos interpela a todos quienes nos reconocemos en la larga tradición de izquierda chilena. Mirando por un momento más allá del conflicto específico, que sin duda urge ser abordado eficazmente por sus dirigencias, lo que aparece con mayor preocupación es una arrastrada pérdida de sentido histórico. Es que en la medida en que la política se ha convertido en una esfera con autonomía de los intereses de la sociedad y los partidos han perdido sus anclajes sociales, estos han dejado de representar proyectos de sociedad para convertirse en maquinarias orientadas a la captura del poder estatal, donde se vuelven cada vez más gravitantes los liderazgos personales y las burocracias partidarias (1).

Este debate no puede resultarnos ajeno a quienes formamos parte del Frente Amplio. De lo contrario, la posibilidad de proyección de nuestro conglomerado quedará reducida a ser una -más o menos eficiente- oferta electoral, hipotecando la posibilidad de constitución de una fuerza política con capacidad de ofrecer una alternativa ante el vacío que queda tras el agotamiento del proyecto transicional.

Es innegable que la irrupción del Frente Amplio como tercera fuerza electoral trajo nuevos aires a un sistema político marcado por más de 25 años de binominalismo. No obstante, la renovación de las fuerzas presentes dentro del Congreso no ha logrado disminuir la profunda brecha que hoy separa a la política de la sociedad. Por el contrario, mientras los partidos siguen entendiéndose como organizaciones abocadas a la captura de cargos y no como expresiones organizadas de la diversidad social, el proceso de descomposición de la política ha seguido su curso sin mayores obstáculos. La oposición, en tanto, encuentra severas dificultades para establecer un diálogo sustantivo que permita definir prioridades de acción, más ahora cuando el escenario está atravesado por la crisis del PS de la que dábamos cuenta. Esta desorientación generalizada abre cancha para que la derecha -aun sin un proyecto histórico que dé respuesta al vacío político- siga desquiciando el debate y convirtiendo todos los temas país en asuntos de seguridad pública.

Mientras la perplejidad constriñe la iniciativa política de los partidos de oposición, tanto tradicionales como emergentes, las resistencias a la agenda efectista del gobierno siguen proviniendo de franjas organizadas de la sociedad en torno, por ejemplo, a las luchas socioambientales, del profesorado y el movimiento feminista. Ejemplo importante de ello es la disputa que actualmente está dando el movimiento de profesores, liderado por sectores políticos emergentes que surgen en oposición a la conducción que por largos años mantuvo la izquierda tradicional sobre el gremio, y que ha logrado forzar a la ministra Cubillos -representante paradigmática de la agenda demagógica y autoritaria del gobierno- a negociar un petitorio sobre condiciones pedagógicas y materiales mínimas.

Sin embargo, no se puede desconocer que la situación de los actores sociales dista mucho del ciclo de movilizaciones 2011-2016. Fuerzas sociales como las que impulsaban al movimiento estudiantil, claves para entender la emergencia del Frente Amplio y la posibilidad de repensar un Chile diferente, hoy enfrentan serios problemas para movilizar a la sociedad y proyectar los conflictos más allá de revueltas episódicas, lo que en definitiva redunda en mayores dificultades para intervenir sobre la política con autonomía. El escenario que se dibuja, por tanto, es uno donde prevalece la dispersión de las fuerzas sociales y políticas responsables de la impugnación al orden neoliberal.

Antes que seguir abultando los análisis sobre la falta de articulación sociopolítica de la izquierda, nuestra preocupación es la ausencia de reflexión en el Frente Amplio en torno a estos temas y a las consecuencias de este escenario en las posibilidades de proyección política del conglomerado. Lamentablemente, las únicas señales -erráticas, por cierto- que de momento ha proyectado el FA reproducen la lógica inercial que invita a un asalto de las instituciones para pasar del 20% al 50% de un -cada vez más reducido- padrón electoral, mientras se veta el diálogo con partidos como el PS bajo el argumento de su falta de probidad en vez de acusar su pérdida de sentido histórico. De esta forma, la discusión se reduce al cálculo electoral de quiénes son los aliados convenientes, y se diluye toda posibilidad de repensar una izquierda robusta, que recoja lo mejor de la experiencia construida por décadas desde la izquierda histórica y que a la vez se nutra de las nuevas fuerzas sociales desde donde emerge la nueva izquierda.

En medio de este panorama donde la discusión política es de baja intensidad y las contiendas electorales se acercan, algunas de las dirigencias del FA han optado por volcar su atención hacia los gobiernos locales como alternativa de crecimiento y en posicionar discursivamente al conglomerado como una fuerza que puede asegurar la gobernabilidad del país. Esta posición no carece de sustento, por cierto, y se inspira en experiencias destacables como las de Recoleta y Valparaíso, ambos espacios que han mostrado el potencial de los municipios cuando responden a proyectos ciudadanos. Y desde luego que es positivo que fuerzas progresistas conduzcan municipios relevantes, tanto por su importancia como espacios de expresión ciudadana como por la necesidad de avanzar en una política comunal que supere las redes clientelares construidas por el binominalismo. Sin embargo, contar con varios municipios y con más parlamentarios no resuelve el problema de la desarticulación política y social, ni reemplaza a las fuerzas sociales que han pujado por un Chile diferente y de las cuales el FA es deudor. Muy por el contrario, el acceso de militantes del FA a puestos de avanzada dentro de las instituciones puede resultar en un esfuerzo infructífero en la medida que no haya fuerza social construyendo espacios de resistencia y avance dentro de la sociedad civil a partir de los cuales empujar transformaciones sustantivas.

Mucha menos atención de parte de las nuevas fuerzas ha recibido la abrumadora realidad que por estas semanas pone incómoda a la derecha: el insuficiente crecimiento económico que acusa el agotamiento del ciclo de acumulación neoliberal de la mano del empresariado del retail y de los recursos naturales (2). Ante las incertezas del futuro, las respuestas de contención del gobierno se materializan en iniciativas como el programa Red Clase Media Protegida del Ministerio de Desarrollo Social, pero no logran ofrecer salidas de mediano-largo plazo al estancamiento. El FA tiene aquí una oportunidad importante no sólo de involucrarse en este debate, sino de ofrecer conducción sobre luchas sociales hoy altamente disgregadas pero que ante todo hablan de la necesidad de un nuevo pacto social en la producción y en el Estado: la violencia económica ejercida sobre las mujeres, un sistema de previsión capturado por capitales extranjeros y una precariedad generalizada en el mundo laboral. En definitiva, derechos sociales que nos son negados y que hoy pueden no solo estar hablando de una crisis de representación de la política, sino también de un estancamiento del modelo neoliberal instaurado en Chile hace 40 años. La izquierda y el progresismo ciertamente no han sabido ofrecer alternativas en este contexto de desorientación general. Sin embargo, abordar de manera madura este debate, sin abandonar la radicalidad, es una posibilidad de constituirnos como un actor político con dimensión histórica. Si el FA realmente busca intervenir sobre el poder y no simplemente jugar al recambio de una clase política por otra, debe hacer frente al desafío de pensarse más allá de una alianza electoral, y abrir un debate sustantivo sobre modelo de desarrollo y tipo de estado que permitan superar el horizonte dibujado en periodo dictatorial.

Por lo pronto, creemos que es necesario poner atención a este problema de fondo y evitar toda tentativa ansiosa de reducir la discusión sobre el futuro del conglomerado a su capacidad electoral. En ningún caso esto quiere decir que abandonemos dicha dimensión, sino señalar que tal contienda sólo podrá ampliar nuestra capacidad de interpelar e involucrar al campo popular cuando produzca conflictividad organizada entre las fuerzas sociales y sus adversarios políticos, adversarios que por lo demás requieren cada vez de menos mediación partidaria y que actúan directamente desde los circuitos empresariales. Tenemos ante todo una enorme tarea de revitalizar la vocación política de las luchas sociales de nuestro tiempo, las que a su vez tienen su destino cada vez más comprometido al curso que adopte nuestro modelo de desarrollo en las próximas décadas.

1 Ruiz, C. 2019. La política en el neoliberalismo. Experiencias latinoamericanas. Santiago: LOM Ediciones. p. 133.
2 Ruiz, C. y Caviedes, S. 2019. “Pugnas empresariales, crecimiento y desafíos gubernamentales”. Cuadernos de Coyuntura (23). pp. 35-46.