La pregunta central de tu ensayo es si la democracia atraviesa otra de sus habituales crisis o si ha entrado en fase de decadencia o colapso. ¿Qué indicios te llevarían a temer lo segundo?
−El debilitamiento progresivo de los tres rasgos principales de la democracia moderna: representativa, participativa y deliberativa. Los representantes a veces representan poco y nada, cuando no se corrompen y se excusan malamente en “errores”, “desprolijidades”. La participación va a la baja, con ciudadanos decepcionados o que han consentido en pasar de ciudadanos a consumidores y de consumidores a endeudados crónicos. Y la deliberación en el espacio público se ha empobrecido sobremanera.

Partiendo por su lenguaje, según lamentas más de una vez.
−Claro que lo lamento. Porque ya sabemos qué pasa cuando el lenguaje se empobrece: se empobrece también la realidad. Y el lenguaje de algunos de nuestros políticos ya no es sólo pobre, es insalubre, bajo, zafio. Y casi siempre contaminado con el doble estándar: si tal dictadura me simpatiza, no es dictadura, pero si me disgusta es la peor de las tiranías; si la economía anda mal es por la situación mundial, pero cuando eras oposición la situación mundial no influía para nada, todo se debía a la impericia del gobierno; si tú intentas hacer reformas, eres progresista, pero si lo intentan tus opositores, son unos iluminados que procuran refundar el país o darlo vuelta de campana. ¿Cómo no va a ser irritante?

Escribes: “Antes buscábamos las palabras, pero ya no. Buscamos imágenes preconfiguradas que nos libren de la carga de buscar las palabras”. En respuesta a eso, reivindicas a los sofistas.
−Por supuesto. El problema de los sofistas es que los tres grandes de la filosofía griega –Sócrates, Platón y Aristóteles− les hicieron mala prensa. ¿Y sabes por qué? Porque cobraban por enseñar. Pero enseñando a razonar, a argumentar, le hicieron un gran favor a la democracia de su tiempo, de la que fueron firmes partidarios. También defendieron la autonomía moral de los individuos para decidir por sí mismos qué es una vida buena. Otros que fastidiaron la existencia a quienes caminaban por Atenas en pose de sabios fueron los cínicos, otra palabra desprestigiada. Encabezados por Diógenes y por Hiparquía, quizá la primera filósofa griega, iban por las calles desaseados, comiendo y hasta fornicando donde les daba la gana, para desafiar las costumbres de su tiempo y el endiosamiento que los atenienses hacían de la propiedad, partiendo por la propiedad de sus esclavos. Así que tenemos mucho que aprender de los sofistas y de los cínicos. No sé si hasta el punto de hacer el amor en público…

¿Sería un exceso de cinismo?
−El pudor es más fuerte.

Un vicio retórico que está haciendo difícil el debate público es el argumento ad hominem.
−Absolutamente.

¿Será porque hemos asumido que en realidad nos estamos peleando el poder y las ideas son una pantomima nomás?
−Las ideas no son lo predominante en la política, eso es cierto. Pero no vamos a descubrir ahora, menos con escándalo, que la política se trata de ganar y ejercer el poder. Para eso se hace política. Pero esa disputa hay que darla sobre la base de ideas. Y en Chile nos está faltando mucha conversación, palabra que prefiero a diálogo, que ha tomado un tufillo a sacristía. A veces ni siquiera estamos dispuestos a escucharnos. ¿Cuántos prefieren cambiar de canal antes que tolerar a alguien que piensa distinto? Ahora, es verdad que para limpiar el debate podríamos sincerarnos un poquito más, y no tratar de presentar como diferencias de ideas lo que a veces son legítimas diferencias de intereses. Es evidente, por ejemplo, que las diferencias entre las universidades estatales, las privadas del Cruch y las externas al Cruch son en gran medida diferencias de intereses: todas están tratando de obtener ingresos vía estudiantes. ¿Por qué no partimos por admitir eso?

Por ahí dices que el miedo exacerbado a los conflictos nos impide procesarlos bien.
−Porque en nuestras élites gobernantes sigue muy presente la idea de que los desacuerdos y conflictos son anomalías, verdaderas patologías sociales de las que tendríamos que curarnos. ¡Son inseparables de una sociedad abierta! Y no amenazan a la democracia, al revés, activan sus instituciones, que están ahí para procesar los desacuerdos entre adversarios y no entre enemigos. Entonces hay que templar un poquito el ánimo y no eludir el debate, como se hace ahora, acusando que la posición del otro es “ideológica”. ¿Pero de cuándo acá la palabra ideología se transformó en un arma arrojadiza para lanzar a la cara del que piensa distinto a nosotros? Como si uno estuviera instalado en la verdad y los demás en su ideología. ¡Ideología tenemos todos!

Ese era un tic de la derecha que la izquierda terminó copiando. ¿Tú no acusarías a la ministra Cubillos de estar ideologizada?
−No. Ella está respondiendo a su ideología, pero cuando yo la critico también estoy respondiendo a la mía.

El gobierno, mientras tanto, le reclama a la oposición un mayor “patriotismo” para aprobar sus reformas.
−Fue muy desafortunado que el presidente usara esa expresión. Yo no escuchaba sugerir que los opositores son antipatriotas desde la dictadura. Los partidos que hoy gobiernan también obstruyeron muchas veces, como toda oposición, y no recuerdo que Bachelet o Lagos les respondieran de esa forma. ¿Cómo un gobernante no entiende que en una democracia se funciona así? Si estás en minoría en el parlamento, compórtate como tal, negocia con inteligencia. Pero no confundas a la opinión pública diciendo que quienes piensan distinto a ti no quieren al país y que tú hablas en nombre de la nación y del bien común. Eso en boca de Pinochet se podía entender.

FELICIDAD Y DECEPCIÓN

Cuando Trump o Bolsonaro ganan elecciones, ¿estamos necesariamente ante una democracia que funciona mal?
−Yo diría que la democracia es por lejos la forma de gobierno más atrevida. Por eso me cuesta entender que muchos jóvenes bostecen ante la palabra democracia, cuando su respuesta acerca de quién debe gobernar es tan atrevida como “no tengo la menor idea”. Va a gobernar quien obtenga la mayoría, así se llame Trump, Allende, Piñera o Bachelet. La paradoja es que con esas reglas también pueden ganar personas con malas credenciales democráticas, pero hay que correr ese riesgo y esperar a ver cómo ejercen el poder. Porque Bolsonaro y Trump pasaron la prueba para acceder al poder, pero la democracia también pone reglas para ejercerlo. Y si las respetan, van a ser gobernantes perfectamente democráticos, aunque estén en las antípodas de la ideología que uno suscribe.

¿Dirías que la democracia ha generado más expectativas de las que puede cumplir?
−No la democracia, sino nuestra muy difusa comprensión –aunque esto suene un poquito profesoral− sobre qué diablos es la democracia como forma de gobierno. Y para empeorar las cosas, algunos políticos le adjudican a la democracia la promesa de hacernos felices. ¿Qué sentido puede tener eso, salvo la demagogia? ¡Se arman hasta canastas básicas de felicidad! ¡Rankings de países por su grado de felicidad! Se ha formado toda una industria de la felicidad, en la que medran legiones de publicistas, psicólogos, políticos y hasta intelectuales. ¡Hay países que ya crearon el ministerio de la felicidad! Imagínate si en Chile llegáramos a eso… Yo tendría que pedirle al Estado que mi canasta básica incluya una jornada semanal en el hipódromo y que Santiago Wanderers esté en Primera División.

En vez de asegurar la felicidad, dices que la democracia tiene un vínculo indisoluble con la decepción.
−Porque aunque tú ganes las elecciones, nunca consigues todo el poder, y además tienes que respetar el derecho de los derrotados a seguirlo disputando. Es una decepción virtuosa, digamos.

¿Nos está costando tolerar esas decepciones?
−Hay una creciente intolerancia, sobre todo, a los tiempos lentos que impone la democracia para tomar decisiones. En una dictadura, la demanda es lenta y la respuesta es rápida: los ciudadanos demandan poco y el dictador resuelve lo que quiere. En democracia todos exigen, pero la decisión tiene que ser debatida, razonada, incluso negociada. Ahora, la democracia también decepciona, esta vez para mal, cuando los políticos la usan para satisfacer intereses personales o de grupo, o peor aún, para hacer dinero. De esta segunda decepción ya estamos hartos, aunque todavía a tiempo de reaccionar. Doy mucha importancia a lo avanzado hasta ahora a partir del informe del Consejo que presidió Eduardo Engel en 2015, pero quedan varias tareas pendientes.

¿Cómo cuáles?
−La reforma de los municipios, por ejemplo. Hay fundadas sospechas de que en ellos se concentra la mayor corrupción en el aparato público. O la reforma de las Fuerzas Armadas, donde la corrupción alcanzó dimensiones inimaginables, sin que nadie controlara sus gastos desde el poder civil.

¿También crees que a la democracia chilena le pena una nueva Constitución? ¿O no tanto?
−Sin ninguna duda. No podemos seguir parchando interminablemente la Constitución del 80 por miedo a sentarnos a conversar sobre una Constitución que, por primera vez en la historia de Chile, sea democrática en su origen y en su contenido.

Aparte de su origen, ¿cuál es para ti el mayor déficit democrático que le queda a la actual?
−Mira lo que pasa con los quórums: para reformar el capítulo más importante de la Constitución se necesitan dos tercios de los senadores y diputados. ¡Dos tercios! Eso es bloquear los cambios. Y para modificar las leyes orgánicas constitucionales, que regulan materias fundamentales y fueron casi todas decretadas por la dictadura antes de entregar el mando, necesitas cuatro séptimos. ¿Pero qué es este invento de las leyes orgánicas constitucionales? Todas las leyes deberían ser leyes ordinarias, por lo menos habría que partir por eso. Pero no me hago muchas ilusiones.

¿Por qué no?
−Porque la mayor parte de la derecha chilena quiere mantener lo más posible, como ha dado prueba en estos 29 años, el legado del general Augusto Ramón Pinochet Ugarte. Ese señor todavía los representa mucho más de lo que imaginamos. No digo que sean pinochetistas como tales: digo que esa derecha autoritaria, y neoliberal al extremo, está vivísima.

Si así fuera, ¿qué la ha mantenido viva?
−Creo que nuestra derecha funciona excesivamente desde el miedo. Miedo a que se disuelva la familia, y entonces vota en contra de una ley de divorcio o de terminar con los “hijos ilegítimos”. Miedo a la autonomía moral de las personas, y se opone entonces a una ley de eutanasia. Miedo a que en democracia se cambiaran leyes de la dictadura, entonces no dio sus votos sino hasta 2005 para eliminar los senadores designados y vitalicios, y no por haber caído en cuenta de que eran impresentables sino porque ya les jugaban en contra. Miedo hoy al Frente Amplio y miedo incluso a los brotes de renovación entre políticos e intelectuales jóvenes de su sector, y por eso no quiere saber nada de un proceso constituyente. Son los mismos miedos a los que está apelando Kast, y la razón por la cual la UDI y RN reconocen en él una dura competencia.

LA GARÚA NEOLIBERAL

Le echas buena parte de la culpa de este desencanto con la democracia al sistema económico.
−Lo que planteo es que la democracia muchas veces tiene que poner la cara por los excesos del neoliberalismo, que es una doctrina mucho más que económica: tiene una idea del ser humano, de la sociedad, de la política, que ha transformado el sentido común de nuestro tiempo.

Dices que padecemos “una feliz ignorancia de ser neoliberales”, o que somos “zombis neoliberales”.
−Cada tiempo tiene su lógica dominante, y la nube que hoy está allí arriba, dejando caer una leve pero persistente garúa que nos moja a todos y se nos infiltra por las ropas, es el neoliberalismo. Es tal su hegemonía que le estamos llamando “capital cultural” al nivel educacional de una persona, “capital social” a los vínculos que tenemos con otros, las empresas les llaman “recursos humanos” a sus trabajadores y los políticos “capital político” a sus electores. Alguien dirá “qué latero este señor que hace tanta cuestión de las palabras”. Pero es un reflejo de cómo la lógica neoliberal se ha impuesto más allá de la economía, propiciando una sociedad de mercado y hasta una vida de mercado. Hoy las políticas mundiales de educación no salen de la Unesco, sino del Banco Mundial y de la OCDE. ¿Eso no significa nada?

En los últimos años ha tomado fuerza la idea de que el liberalismo se estancó porque los ideólogos neoliberales, con Hayek a la cabeza, lo despojaron de su afición a la duda.
−Sí, le dieron una impronta dogmática que nunca tuvo. El neoliberalismo tiene fecha de nacimiento: 1947, al fundarse la Sociedad Mont Pelerin en Suiza, en una reunión convocada por Hayek. Es cierto que allí hablaron de renovar el liberalismo en reacción al liberalismo keynesiano, de tintes socialdemócratas. Pero ya en 1938, en el famoso coloquio Lippmann en París, donde estuvo Hayek, hablaron expresamente de renovar el liberalismo. ¿Y qué liberalismo querían renovar, si no había keynesianismo ni Estado de bienestar? Era el liberalismo clásico, de Adam Smith. No es que renegaran de Smith, pero parece que tenían algo que corregirle…

En el libro rescatas una reflexión de Adam Smith bien sugerente: “Las desventajas del espíritu comercial son que las mentes de los hombres se contraen y se vuelven incapaces de elevarse. Se desprecia la educación o, por lo menos, se la deja de lado, y el espíritu heroico se extingue casi por completo. Remediar estos defectos sería un objetivo digno de atención seria”.
−Eso está en la Teoría de los sentimientos morales, un bellísimo libro al cual Smith, cuando publicó la sexta edición, le introdujo un capítulo que tituló así: “De la corrupción de nuestros sentimientos morales ocasionada por la disposición a admirar a los ricos y poderosos, y despreciar o ignorar a los pobres y de baja condición”. Si yo digo esa frase hoy en Chile, sin citar a Smith, sería acusado de ultraizquierdista.

O más bien de resentido.
−Exacto, dirían que tengo envidia de los ricos, o que saqué esa frase de una encíclica papal. No, lo dice el padre del liberalismo clásico. Porque Smith, tal como John Stuart Mill, fueron muy sensibles al modo en que la pobreza y la exclusión transforman las libertades en letra muerta. Anda a una población a explicarle a la gente que goza de libertad de pensamiento, de reunión, de asociación, de emprender actividades económicas lícitas. Hoy se les dice a quienes pierden su trabajo que pueden “reinventarse” −otra palabreja que habría que erradicar de la lengua española− y transformarse en emprendedores. Decirle eso al obrero de una imprenta que acaba de cerrar es decirle que se instale con un carrito de sopaipillas.

Cuando citas esa “admiración a los ricos” que critica Smith, ¿en quiénes estás pensando?
−Bueno, yo he hablado del “síndrome Casapiedra”…

¿Qué sería eso?
−El goce inconmensurable que no pocos políticos e intelectuales, de izquierda y derecha, parecen encontrar cada vez que son invitados a Casapiedra para hablarle al mundo empresarial. Está muy bien que vayan, por cierto. Pero esos mismos líderes, que se sobreexcitan al aparecer en los avisos publicitarios de esos encuentros y en las páginas sociales que los retratan después, no pisan la sede de un sindicato hace 10, 20 o 30 años. Eso es lo que me irrita, porque no tengo nada contra Casapiedra, que por lo demás es un lugar muy agradable. Bienvenidos esos espléndidos desayunos.

Pablo Ortúzar dice que tú te permites fustigar a los liberales que no son de tu línea para luego llamar a la unidad liberal.
−No, yo llamo a conversar, no a la unidad. Porque el liberalismo se puede comparar con esos árboles que tienen varios troncos, bastante frecuentes en la especie de los eucaliptos. Y yo vengo insistiendo hace rato en que esos distintos troncos −el liberalismo social, el clásico, el igualitario, el neoliberalismo− necesitan conversar mucho más. Para marcar sus diferencias, pero también para reconocerse en esa raíz común y aprender unos de otros. Y no veo cuál sería la contradicción entre criticar a los neoliberales e invitarlos a conversar.

¿Y no quieren conversar?
−No mucho, porque quieren quedarse con la palabra liberalismo sólo para ellos. Por eso muchos neoliberales dicen hoy que el neoliberalismo no existe. ¡Pero si va ganando la partida! Y tiene pensadores muy importantes, algunos premios Nobel, centros de estudio completos dedicados a la difusión de sus ideas. ¿Cómo que no existe?

Quizás también dicen que no existe porque sienten que la izquierda ya le llama neoliberalismo a cualquier cosa.
−Sí, eso es cierto. Se le imputan al neoliberalismo, abusando del término, todos los males de las sociedades contemporáneas. Y sin distinguir sus diferentes grados: no es lo mismo el neoliberalismo que aplicó la dictadura chilena que aquel más atenuado que aplicaron los gobiernos democráticos desde 1990. Pero esa acepción peyorativa no tiene por qué inhibirlos de llamarse como siempre se han llamado. Creo que lo hacen para apropiarse de la marca “liberal”. Cuando debaten entre ellos, uno ve omisiones francamente sospechosas…

¿Qué tipo de omisiones?
−Por ejemplo, ¿por qué se han olvidado completamente de John Stuart Mill, el principal liberal del siglo XIX? Seguramente porque Mill criticó al socialismo de su tiempo, pero admitió que había cosas que aprender de un socialismo democrático. El padre del neoliberalismo, en cambio, no era muy amigo de la democracia. “Prefiero un liberal dictador que un gobierno democrático que carece de liberalismo”: palabras textuales de Hayek, que vino a Chile dos veces en dictadura y celebró la política económica de Pinochet, sin decir una palabra sobre la supresión de todas las libertades, salvo la económica.

Pero lo que dejó Hayek, más que un desprecio por la democracia, fue la fobia al Estado, ¿no?
−Pero eso también es raro, porque a los neoliberales sólo les molesta el Estado cuando no lo gestionan ellos. Además, recelan del poder estatal, pero no del económico, ni del militar, como si esos poderes no pudieran dañar a las personas. Y por cierto, recelan del Estado cuando sus negocios van bien, pero ante una crisis económica, a veces causada por ellos mismos, corren a tocar las puertas del Estado para que los socorra.

¿Es justo culpar del individualismo a las políticas neoliberales, o esas políticas fueron la deriva natural de una época que ya sólo creía en la emancipación del individuo?
−Yo creo que la emancipación del individuo, o la liberación de nuestros tutores proverbiales, como decía Kant, es perfectamente compatible con ese contrato de indulgencia mutua que nos debemos los humanos unos a otros. Y también creo que el socialcristianismo y la socialdemocracia están perdiendo el partido, al menos en parte, porque renunciaron a seguir jugándolo. Se pusieron a intercambiar camisetas como si el partido hubiera terminado, olvidando que este partido no tiene término. Lo mismo vale para nuestros días, en que muchos se precipitan a dar por muerta a la izquierda. Está en una crisis patética, no cabe duda. ¿Pero cómo estaba la derecha chilena cuando Bachelet arrasa en 2013, después de los episodios de Golborne y Longueira? Los propios analistas de derecha la dieron por muerta.

Venían décadas de hegemonía progresista.
−¿Y qué pasaba con el PSOE hace dos años? Todos dijeron “se acabó”, y hoy día gobierna España. Cristina Fernández, a quien me resisto a calificar como una gobernante de izquierda −si eso es izquierda, yo devuelvo el carné−, dejó el poder hace tres años bajo una silbatina continental, y puede que ahora lo recupere como vicepresidente. No quiero negar la crisis de la izquierda, pero aquí nadie clavó la rueda de la fortuna.

DEBERES INCÓMODOS

A propósito de la resistencia a conversar, hablas de “grupos que quieren permanecer cerrados sobre sí mismos, inmunes a toda influencia externa”. ¿Extenderías esa crítica a algunas burbujas universitarias de izquierda?
−Claro que sí. En las universidades hay muchas burbujas para las cuales cualquiera que sea de izquierda, pero no de su burbuja, es un amarillo que no se compromete de verdad con los más vulnerables. O un tibio socialdemócrata, como afirman de mí algunos estudiantes. Aunque yo la tengo todavía más difícil: como me declaro liberal, tengo que aclarar que no soy neoliberal, y como confieso más de una simpatía por el socialismo, debo aclarar que no defiendo los “socialismos reales”, que no fueron otra cosa que dictaduras comunistas.

Hace poco planteaste en una columna que la “cultura de los derechos” ha deteriorado la disposición al esfuerzo de los estudiantes. Es el reclamo más sentido de la derecha al discutir sobre educación.
−Claro, pero esa cultura de los derechos para mí es irrenunciable. Mi punto es que no tiene por qué menoscabar la cultura de los deberes. Y los deberes estudiantiles son bastante obvios, ¿no? Asistir a clases, seguir las materias de un curso, leer lo que hay que leer, rendir las pruebas en los días previstos y no inventar gastroenteritis o faringitis, que parecen ser los males más frecuentes hoy día entre los jóvenes, en circunstancias de que no lo son…

Este año surgió un nuevo foco de demandas estudiantiles: la salud mental. Piden aliviar la carga académica.
−Así es. Yo creo que cada unidad académica −no cada universidad, sino cada escuela− va a tener que sentarse a conversar con los estudiantes sobre este tema, para ver si realmente los currículums les están significando una carga insoportable. Yo tengo la intuición, no puedo decir la convicción, de que esto de la salud mental se está exagerando, de que en parte puede constituir una manera de reducir la carga de deberes.

No te van a aplaudir tus alumnos por estas declaraciones…
−Pero uno como profesor no puede renunciar a su rol. Tiene que advertir a sus estudiantes sobre el peligro que supone excusarse de los deberes incómodos con factores externos, sea la sobrecarga del currículum, el sistema capitalista o cualquier otro motivo. Y en las universidades se ha perdido ya hace tiempo, a nivel de estudiantes, a veces también de profesores, la cultura del esfuerzo individual. Yo sé que decir esto suena hasta neoliberal, pero siempre me he arriesgado a que mis estudiantes me malentiendan, y me califiquen como un hombre ya mayor, por hacerles ver que el resultado de su paso por la universidad depende en alta medida de cuánto se apliquen. Seamos justos, a veces son grupos minoritarios, pero tú ves que demandan calidad y en verdad los petitorios demandan más bien facilidad: una formación de bajas calorías que les exija lo menos posible. ¡Pero si eso los perjudica a ellos!

¿Las exigencias no eran menores cuando tú estudiaste Derecho?
−No. O sea, yo tuve que sacarme la cresta estudiando o no me titulaba… Si lo que es difícil, es difícil nomás. Ahora, eso no quitaba que pudiera estudiar al aire libre, en el Sporting, con un ojo puesto en los códigos y el otro en los aprontes de los caballos.

¿Y por qué crees que esa misma exigencia pasó a sentirse como abusiva o dañina?
−No sé bien, porque estos cambios culturales nunca tienen una sola causa. Y esta tendencia a esperar que las cosas te resulten fáciles no es exclusiva del mundo estudiantil, es un fenómeno extendido. Otro lugar común muy desafortunado que se ha impuesto es que la educación debiera ser tan placentera como un juego. Eso está bien para el jardín infantil, pero se ha propagado a la educación escolar e incluso a la superior. Y cuando tú ves que se hace un paro el día viernes porque el lunes siguiente es feriado, así alargamos el fin de semana… Hay ahí una cosa muy perniciosa. Tan perniciosa como afirmar que a la universidad se va a “aprender a aprender”. ¡Pero por favor! Entonces un joven, que no tiene un buen sistema inmunológico para defenderse de estos disparates, termina creyendo que aprender es sólo saber dónde está la información. No, aprender es organizar la información para transformarla en conocimiento. Y tanto mejor si algún día pasas del conocimiento a la sabiduría, cosa que yo no logré…

Por ahora…
−No, el estado de sabiduría ciertamente no lo he alcanzado, ni hay tiempo ya para proponérselo.

Y si hubiera tiempo, ¿por dónde empezarías?
−Yo creo en la vieja idea socrática, ¿no? Sólo si dudas de lo que crees, si admites que sabes menos de lo que crees saber, puedes seguir agudizando tu percepción de la complejidad del mundo, de las personas, de las cosas. Muchas veces pensamos más y mejor cuando no lo hacemos para salir de dudas, sino para entrar en ellas. ¿Y cómo se aprende a dudar? Me gusta la respuesta que da Bolaño a esa pregunta: leyendo. Ahora, aclaremos que dudar de todo es muy distinto a no creer en nada. Muchos de mi edad creen haber alcanzado algo así como la sabiduría porque ya no creen en nada ni se apasionan por nada, salvo por su equipo de fútbol. Si eso es la sabiduría, paso.

Abrazaste el ateísmo a una edad madura. ¿Crees que la duda racional va a seguir mitigando la fe en Dios hasta apagarla?
−Cuidado con esa afirmación, mira que acaba de formarse en Chile el partido de José Antonio Kast, que se declara creyente en Dios… Yo creo que la fe en Dios seguirá atenuándose pero no hasta desaparecer, sino hasta transformarse, espero, en lo que Vattimo llama “creer que se cree”. Si sólo crees que crees, tendremos religiones menos agresivas, tal como decir “creo que no creo” traerá consigo un ateísmo más sereno y menos combativo. Y es probable que “Dios” sea la última palabra que pronuncie el último hombre o mujer antes de expirar, pero sin recibir la más mínima respuesta.

¿Porque Dios no existe?
−O porque en caso de existir, es absolutamente lejano y completamente silencioso. Lo más que podría ocurrir, creo yo, es esto: Dios es, no existe. Pero no me pidas que lo explique…

Terminas el libro con un alegato contra el pesimismo cínico, la pose del intelectual que presume de que no le meten el dedo en la boca con palabras como “reforma” o “esperanza”.
−Sí, hay mucho de esto hoy entre nosotros. Ex políticos, columnistas, analistas, que siendo incluso de izquierda, se han comprado la idea de que no hay alternativa y que todo intento de cambio será un fracaso, tratando con ello de parecer más inteligentes que los “ideologizados” o “iluminados” que aún sostienen otra cosa. El pesimismo es siempre sano, pero hacer ostentación de él no lo es. Y menos si se trata del pesimismo de la voluntad. Tú puedes ser todo lo pesimista que quieras desde la razón, pero no tenemos derecho a sentarnos a esperar que ocurra la tragedia para poder decir “¿viste?, yo lo dije”. Qué triste recompensa. Lo mínimo es preguntarse qué podemos hacer para que las cosas vayan lo mejor posible. Yo me temo que el cinismo de algunos de nuestros intelectuales posmodernos es una expresión de conformismo pero también de acomodo, y hasta posiblemente de arribismo.