Agencia EFE

José Antonio Neme

La ley de la selva

La administración Bolsonaro acusó al gobierno francés de tener actitudes colonialistas y que los temas de Brasil los resuelve Brasil. Lo que nadie le ha comentado al Presidente es que levantar bandera soberana en un desastre como el del Amazonas es como querer ponerle un himno a la selva.

A veces no es posible entender cuán perfecta es la naturaleza. Cada eslabón del ecosistema parece mágicamente diseñado y estratégicamente dispuesto por una fuerza casi innegablemente superior. Y no me refiero necesariamente a las figuritas del yeso occidentalizado de vírgenes y mártires, sino más bien a una onda creadora que no tiene espacio para el azar y cuya profundidad la mente humana jamás podrá entender del todo.

Con esa premisa observar desde el aire 5,5 millones de kilómetros cuadrados de selva es poner el ojo fijo en el espacio de la aguja. Mirar por medio de ese diminuto orificio un mínimo círculo de perfección, la misma perfección que el hombre no ha alcanzado ni alcanzará jamás. La Amazonía es tan superior a nosotros que, siquiera, bautizarnos como agentes de su destrucción es un insulto brutal.

Sin embargo, esta semana el mayor de los agravios fue convertir los más de 75 mil focos activos de incendio del Amazonas brasileño en una cuestión política. No solo por el bloqueo que esto significa a la hora de gestionar en forma eficiente la emergencia,  sino  -en un ejercicio más profundo- porque nos devuelve conceptualmente a la cueva cavernícola desde donde el señor Bolsonaro jamás ha salido. Ese espacio nefasto que legisla sobre el medio ambiente como la cancha de un juego extractivo. Sin límite, sin correlación, sin empatía, sin cosmovisión, sin nada básicamente.

Esta es la razón que explica que estos ocho meses de gobierno de Jair Bolsonaro en Brasil se haya dinamitado la política ambiental que tantas décadas tardó en construirse. Después de la dictadura el país más grande Sudamérica carecía de información clara con relación al valor real de las tierras amazónicas. Ni las unidades estatales de Mato Grosso y Rondonia ni menos las del resto del país conocían la potencialidad del terreno equivalente en superficie a la mitad de los Estados Unidos. Es por ello, que en la década del setenta fue de suma urgencia que el gobierno federal abordara el desafío amazónico en varios frentes: conocer la superficie exacta, el valor de su biodiversidad, el número de tribus indígenas además de la redacción de un catálogo aproximado de flora y fauna endémica.

Lamentablemente, este proceso no sería fácil. La falta de una política clara en materia verde, además de evidentes urgencias sociales, dilataron la posibilidad de atender la tarea. Razones comerciales llevaron al mundo del agro a establecer zonas de quemada antes que el gobierno lograra levantar restricciones ya sea por conservación o protección. De esta manera la Amazonía se transformó en una lamentable pista atlética en la cual terratenientes corrían a ganar espacio para pastoreo y cultivo antes que el gobierno los alcanzara con su restricción verde. De esta manera pasaron años de una tensión permanente.

La ecuación derivó en quemas ilegales que usualmente se salían de control. Además, se alimentó un mercado minero negro de oro, plata, zinc, manganeso y otros metales. Desde la década del ochenta la deforestación comenzó por goteo. Desde la ciudad de Porto Velho se organizaban cuadrillas de quemada año tras año con o sin permiso. Aún nadie lo notaba porque la corrupción política los tenía a todos muy ocupados en Brasilia, pero medioambientalmente estaba gestándose una bomba.

Las cifras hoy día lo demuestran. La Amazonía no solamente libera entre el 20 y el 25% del oxígeno que todos respiramos, sino que además contiene entre el 10 y el 15% de la biodiversidad mundial con un porcentaje de 20% de especies endémicas, es decir, que no se encuentran en ninguna otra parte del planeta. Es bolsón de reserva de millones y millones de litros de agua dulce por medio del río Amazonas y sus afluentes. Esa agua drena el continente y termina en las cuencas del Atlántico y el Pacífico permitiendo el desarrollo de la biodiversidad marina. Sus suelos tienen una rica pero muy delgada capa de materia orgánica donde crecen más de tres mil plantas medicinales y viven dos millones de insectos. De ello, solo conocemos en detalle el 2%.

En materia indígena Brasil definió a fines de la década del 80 más de cuatro mil áreas de protección y conversación. Se habla de casi 350 tribus no occidentalizadas lo que equivale a más de un millón de personas que jamás han tenido contacto con la civilización. Las divisiones federales de protección indígena tenían hasta hace poco el poder de impedir el ingreso de faenas agrícolas y comerciales a estas zonas protegidas. Bolsonaro prometió como diputado modificar estos límites, como presidente impulsó un traspaso de las competencias de conversación a las carteras de agricultura y economía. Los días de las reservas indígenas estaban contados.

Una vez instalado en Brasilia, Bolsonaro firmó decretos por recortes presupuestarios para varias organizaciones dependientes del gobierno en materia medioambiental. Los montos cayeron en 23% respecto de los montos petistas y de paso el gesto abrió una guerra entre la nueva administración y las ONG que denunciaron internacionalmente que las intenciones de Bolsonaro eran desmantelar las políticas de restricción ambiental en Brasil a objeto de pagar favores políticos y de financiamiento electoral.

Francia, Alemania y Noruega habían decidido mantener las platas del fondo Amazonía, pese a que diversas fuentes al interior de la UE denunciaron una falta de claridad en la gestión y distribución de los recursos. Estos dineros eran principalmente inyecciones directas a los fondos de protección indígena que Bolsonaro pretendía desmantelar. Ahora esas platas ya no llegan o al menos no con la misma frecuencia. Una suerte de presión al gobierno para que rinda cuentas, permita auditorías y libere las consideraciones de soberanía que para efectos medioambientales caen en el sin sentido absoluto.

Esta semana la administración Bolsonaro acusó al gobierno francés de tener actitudes colonialistas y que los temas de Brasil los resuelve Brasil. Lo que nadie le ha comentado al Presidente es que levantar bandera soberana en un desastre como el del Amazonas es como querer ponerle un himno a la selva. Legislar políticamente sobre ella no solamente es insensato sino que absurdo desde un punto de vista biológico. Eso habla de la miopía de ciertos líderes y de su profunda ignorancia, la cual es más peligrosa en la medida que tiene la capacidad de impactar no solo en su propio futuro sino que en el de otros cientos de millones.

Comentarios
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