Agencia Uno

¿Derecho a morir?

“Provocar la muerte directa del enfermo sale de ese marco, pues elige eliminar al doliente en vez de atenderlo. Llegados a este punto, asoma un problema de primer orden, pues la aprobación de la eutanasia probablemente desincentivará tanto el financiamiento como la prioridad de los cuidados paliativos, desviando la atención que hoy, más que nunca, requiere la fase final de la vida”, escriben Claudio Alvarado y Constanza Richards.

Claudio Alvarado R. Director ejecutivo IES
Constanza Richards Y. Abogada y estudiante de doctorado UC

Hay varios motivos que ayudan a comprender el afán por legalizar la eutanasia. De partida, el aumento en la esperanza de vida no implica una mejor calidad de la misma. De hecho, tal como se explica en una reciente columna de Pía Mundaca, nuestros adultos mayores sufren una escalofriante precariedad, al punto de que son justamente los mayores de 80 años quienes presentan la tasa de suicidios más alta del país. Por otro lado, un rasgo distintivo del hombre moderno (cuyas raíces se remontan a Bacon y Hobbes) es el progresivo intento por dominar la naturaleza. Aunque este esfuerzo enfrenta serios cuestionamientos a partir de las crecientes dificultades ecológicas, sus principios siguen repercutiendo en diversos ámbitos, y la medicina no es la excepción. 

En efecto, la prolongación artificial de la vida y los tratamientos que sólo consiguen retrasar un desenlace ineludible –el encarnizamiento terapéutico– reflejan un deseo de control sobre la enfermedad (y sobre la vida en general) que bien admite el calificativo de excesivo. Como dijera Robert Spaemann, la eutanasia pareciera ser simplemente la otra cara de esta moneda, “el reverso de un activismo que tiene que ‘hacer algo’ hasta el último momento”.
 
Nada de lo anterior, sin embargo, significa que la eutanasia sea una solución adecuada ni que sus justificaciones sean convincentes. Con frecuencia se propone este recurso como una medida de compasión ante el profundo sufrimiento de una persona. Pero no debemos olvidar que la legalización de la eutanasia también repercute sobre el universo moral del enfermo: el doliente, que ya lucha arduamente con su enfermedad, también enfrentará la eventual presión de quienes lo rodean. La opción más expedita y onerosa de la eutanasia bien puede obligarlo a él o a su entorno a preguntarse de modo incesante por qué valdría la pena continuar viviendo. ¿Es esto aliviar la carga del enfermo? ¿Hasta qué punto puede ser libre y espontánea una decisión en esas condiciones?

Por lo demás, si el punto crucial viene dado por el respeto a la autonomía personal, ¿por qué solo los enfermos incurables podrían solicitar la eutanasia? En rigor, cualquier requisito adicional al consentimiento de la persona, incluyendo el dolor, entra en tensión con la idea de que la libertad individual sería el fundamento prioritario del “derecho a morir”.
 
Esta clase de preguntas no es trivial. El propósito básico de la medicina es curar o aliviar a otro. Sin embargo, provocar la muerte directa del enfermo sale de ese marco, pues elige eliminar al doliente en vez de atenderlo. Llegados a este punto, asoma un problema de primer orden, pues la aprobación de la eutanasia probablemente desincentivará tanto el financiamiento como la prioridad de los cuidados paliativos, desviando la atención que hoy, más que nunca, requiere la fase final de la vida. Si además recordamos que actualmente se discuten dos proyectos de ley acerca de estas materias (uno sobre eutanasia y otro sobre cuidados paliativos), resulta imprescindible una detenida reflexión al respecto. Con ese propósito, el IES acaba de publicar un documento que ahonda estas consideraciones, analizando críticamente tanto la eutanasia como el encarnizamiento terapéutico.

Comentarios
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