Columna de Jorge Heine: José Zalaquett, Nelson Mandela y un Chile de otrora

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Columna de Jorge Heine: José Zalaquett, Nelson Mandela y un Chile de otrora

En un país polarizado y dividido, la partida del abogado especialista en derechos humanos, José Zalaquett, ha despertado un raro consenso de pesar nacional, partiendo por sentidas expresiones del Presidente de la República. Hombre de izquierda y militante del PPD por muchos años, Pepe (como lo conocían sus amigos), era bienvenido aún en los círculos de la derecha más recalcitrante, con los que desarrolló una fructífera relación. Pese a haber estado detenido por varios meses en Tres Álamos y haber sufrido un largo exilio por su labor como abogado de la Vicaría de la Solidaridad, su ecuanimidad le permitía trabajar en forma transversal con todos los sectores políticos.

Esta virtud le vendría muy bien en lo que tal vez sería su mayor logro, el informe de la Comisión de Verdad y Reconciliación (CVR), la así llamada Comisión Rettig, por el nombre de su presidente, el abogado y ex-senador radical Raúl Rettig, que funcionó entre 1990 y 1991. Aunque labor de la Comisión en su conjunto, y firmado por todos sus miembros, la redacción del informe estuvo a cargo de los comisionados José Zalaquett y Gonzalo Vial Correa, el prominente historiador y ex Ministro de Educación de Pinochet.

Hombre de pluma fácil y talentos múltiples, durante muchos años fungió de crítico de arte de la Revista Capital, compartiendo su vasto conocimiento del arte pictórico y su debilidad por pintores europeos como Paul Klee . Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales en 2003, culminó su carrera como codirector del Centro de Derechos Humanos en la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile en los 2000, cargo que asumió junto a otra destacada jurista, Cecilia Medina. Con financiamiento de la Fundación Ford, su programa de postgrado preparó a numerosos abogados jóvenes de América Latina, ansiosos por adquirir las herramientas jurídicas para enfrentar el pasado malvado de tantos de nuestros países, al retornar la democracia y llegar la hora de buscar justicia.

En nuestra lejana provincia, es difícil aquilatar el prestigio y reconocimiento internacional que tuvo la vida y obra de José Zalaquett. En los ochenta, una época de fuerte embestida contra los derechos humanos en todas partes, fue presidente de la principal ONG que los defendía, Amnistía Internacional (AI). Fue por ello que se mudó de Washington D.C., donde residía (y donde coincidimos por varios años), a Londres, sede de la casa matriz de esta organización. A comienzos de los noventa, recibió uno de los llamados “premios genio” de la Fundación MacArthur, uno de los más cotizados a nivel mundial, en esa época 250,000 dólares, hoy 625,000. En el mejor estilo criollo, la prensa nacional lo informó como “ el premio para Chile de la Fundación MacArthur este año le tocó al abogado José Zalaquett”. Premio Unesco de Derechos Humanos en 1994, fue profesor invitado en las Escuelas de Derecho de las Universidades de Harvard y de Toronto, y recibió doctorados honoris causa de la Universidades de Notre Dame y de la Universidad de la Ciudad de Nueva York. Se desempeñó como integrante de la Comisión InterAmericana de Derechos Humanos, así como de la Corte InterAmericana de Derechos Humanos. Con esto último, como me confesó alguna vez, realizó el sueño de tanto abogado, de desempeñarse como juez, decidir casos y emitir sentencias.

Con todo, su logro más duradero está en el Informe Rettig. La historia de las Comisiones de Verdad y Reconciliación en el mundo se remonta a los ochenta. Han sido instrumentos claves para documentar los abusos de regímenes autoritarios, poniendo los hechos sobre la mesa y dándole un carácter oficial a ese reconocimiento. Su calidad ha variado, como lo ha sido su impacto.

En el caso de Chile, parte de este último se debió a un notable informe de tres tomos, emitido en tiempo récord (en apenas nueve meses), y que instaló a la Comisión chilena como referente en la materia. Tanto así, que fue de inmediato traducido al inglés y publicado en ese idioma por una prestigiosa editorial universitaria en los Estados Unidos, la University of Notre Dame Press. Escrito en una prosa neutral, con frases cortas y pocos adjetivos y adverbios, estrictamente apegada a los hechos, el mismo narra una historia devastadora de los crímenes cometidos en la dictadura de Pinochet. Aunque revisado con lupa por muchos, nadie pudo cuestionar los hechos descritos en el mismo, centrados en los más de 3000 muertos y desaparecidos por agentes del régimen militar.

Conocí a Pepe, varios años mayor que yo, en la Escuela de Derecho de la
Universidad de Chile, donde su hermana Gladys fue mi compañera de curso, y donde se han velado sus restos. Coincidimos después en Washington D.C., lo visité en Londres cuando estaba en Amnistía Internacional , y nos seguimos viendo en Santiago. En los noventa, estuvimos en el Comité Editorial de la Revista PERSPECTIVAS que publicaba el Departamento de Ingeniería Industrial de la Universidad de Chile. Recuerdo unos almuerzos épicos con economistas de la talla de Patricio Meller, Eduardo Engel, Alex Galetovic y Alejandra Mizala, interesados
en tener una visión distinta desde las ciencias jurídicas y sociales sobre la
problemática nacional, que les proveíamos nosotros.

Sin embargo, mi experiencia más enriquecedora con Pepe fue en Sudáfrica, en los años de la presidencia de Nelson Mandela (1994-1999), cuando tuve la ocasión de ser el primer embajador en presentarle credenciales a este último. Mandela, uno de los grandes estadistas del siglo XX, enfrentaba un dilema. Por una parte, tras haber alcanzado la presidencia, estaba comprometido a promover la reconciliación entre los grupos étnicos de su país, algo que se refleja en la película Invictus, protagonizada por Morgan Freeman, sobre la Copa Mundial de Rugby realizada en Sudáfrica en 1995. Por otra, tenía claro que después de casi medio siglo de régimen de apartheid, no podía pretender decir “ aquí no ha pasado nada”, y proceder a barrer todo lo ocurrido bajo la alfombra.

Abogados prominentes del partido de Mandela, el Congreso Nacional Africano (CNA) como Kader Asmal, quien había sido Decano de la Escuela de Derecho en Trinity College,Dublin y sería Ministro de Aguas de Mandela, sabían de la Comisión Chilena de Verdad y Reconciliación, y veían ahí un camino. En febrero de 1994, aún antes de las elecciones de abril de ese año que llevarían a Mandela al poder, se realizó así un seminario sobre el tema en Ciudad del Cabo. El mismo fue organizado por IDASA, una ONG dirigida por el ex-parlamentario Alex Boraine, y en él participó José Zalaquett, exponiendo sobre la experiencia chilena en la CVR.

Y una de las primeras gestiones que realicé poco después de haberse instalado el nuevo gobierno, ya en el mes de mayo, fue reunirme a almorzar en Pretoria con el flamante Ministro de Justicia, Dullah Omar, para hablar sobre el tema. Omar estaba receptivo a la idea, pero al interior del CNA no había consenso, con algunos opinando que nombrar una comisión de ese tipo podía ser un arma de doble filo.

Fue al presentarle mis cartas credenciales a Mandela en una lluviosa mañana de junio en Tuynhuys, la casa presidencial en Ciudad del Cabo, que le planteé a él la vía de una Comisión de Verdad como un camino intermedio entre tribunales tipo Nuremberg para los violadores de derechos humanos (lo que había hecho Argentina) y amnistía lisa y llana ( lo que había hecho Uruguay). Al presidente sudafricano le interesó la idea y me pidió algún texto en inglés sobre la labor de la Comisión, que le hice llegar de inmediato.

Al mes después, IDASA organizó otro seminario sobre el tema, también en Ciudad del Cabo, en el cual el orador estrella fue Don Patricio Aylwin, cuya iniciativa fue la creación de la CVR, y a quien le habían venido lágrimas a los ojos al presentarle el informe al país. Otro de los participantes fue José Zalaquett, quien tenía una relación muy estrecha con Don Patricio, como lo fue el Ministro de Justicia Dullah Omar. A poco andar, el gobierno sudafricano presentó un proyecto de ley para establecer una CVR, si bien mucho más ambiciosa que la chilena en sus poderes, presupuesto y personal. Bajo la presidencia del Arzobispo (y Premio Nobel) Desmond Tutu, y la vicepresidencia de Alex Boraine, la CVR sudafricana realizaría
una labor notable, con vistas públicas y enorme cobertura de medios, provocando una verdadera catarsis nacional.
Entregaría su informe en 1998, y establecería un nuevo estándar de calidad en la materia.

Pepe volvería a Sudáfrica en noviembre de 1995 a otro seminario que
organizamos, esta vez con la Universidad de Ciudad del Cabo, comparando la transición sudafricana con la chilena. Expuso con su lucidez y agudeza habituales en una mesa panel con Alex Boraine, con quien se mantenía en estrecha comunicación. Tanto Boraine como Tutu no dejaban de recurrir a sus consejos.

La enfermedad que lo aquejó en sus últimos años lo inmovilizó en muchos
aspectos, pero su energía vital no podía ser contenida. Se mantuvo activo en su cuenta de Twitter, compartiendo imágenes de sus amadas obras de arte, con agudos comentarios.

Como señala un reciente libro de Ezequiel González-Ocantos, La política de la justicia transicional en América Latina, la justicia transicional es uno de los grandes temas de la tercera ola de democratización de nuestro tiempo. Tanto en la teoría como en su práctica, José Zalaquett fue uno de sus exponentes seminales. Y en su extraordinaria inteligencia emocional y capacidad de colaborar con representantes de todos los sectores, hay una virtud que hace enorme falta en el Chile de hoy.

El país requiere recuperar ese espíritu de avanzar, sin por eso dejar de respetar al otro. Eso fue lo que hizo que uno de los grandes estadistas del siglo XX, Nelson Mandela, tomara la Comisión de Verdad y Reconciliación chilena como fuente de inspiración para uno de sus principales proyectos de gobierno.

*Jorge Heine es profesor de relaciones internacionales en la Escuela Pardee de Estudios Globales en la Universidad de Boston.

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