Columna de Claudio Alvarado y Manfred Svensson: Moderación no es progresismo

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Columna de Claudio Alvarado y Manfred Svensson: Moderación no es progresismo

"Es un profundo error suponer que la derecha sólo será moderna si renuncia a la antropología que en Chile ha inspirado los principios desde la DC hacia la derecha (y que personas de izquierda pueden también abrazar). Se trata, desde luego, de posiciones perfectamente legítimas y que bien pueden ser defendidas de modo razonable; que hasta hace poco constituían un extendido patrimonio cultural; y que son parte de la vida democrática en las sociedades pluralistas de todo el mundo".

Hasta ahora, la unidad de la derecha para la elección de convencionales constituyentes ha hecho noticia por peleas de poca monta. Sin embargo, hay otros motivos más importantes para reparar en esta coyuntura. Así, Stéphanie Alenda criticó en The Clinic el pacto electoral suscrito por la coalición oficialista y el Partido Republicano. Según ella, este acuerdo pugna con la “moderación programática que ha caracterizado a la centroderecha desde los años 2000”. ¿Por qué? Primero, por tratarse del ámbito constitucional, que sería “la madre de todas las batallas”; segundo, por las posiciones “ultraconservadoras” del partido liderado por José Antonio Kast; y tercero, por las diferencias entre este último y Chile Vamos en materia de democracia y derechos humanos. Pero, ¿necesariamente se trata de cruzar el Rubicón? Hay que separar el trigo de la paja y distinguir entre los argumentos de Alenda. 

Por de pronto, es verdad que en la retórica de JAK y de algunos miembros de su partido a ratos resuena cierta nostalgia de la dictadura. Por ese motivo, aunque se trata de una tienda dirigida por un exdiputado cuya práctica política siempre se ha realizado en regla, es pertinente la advertencia de Alenda y otros sobre el discurso del Partido Republicano. Basta recordar el apoyo del entorno de Kast al pinochetismo millennial de Camila Flores en su minuto. Esto no es trivial. El tono polémico colabora poco al diálogo democrático y a la amistad cívica de los chilenos, y con frecuencia se presenta como “verdadera derecha”, “derecha sin complejos” o “decir las cosas como son” una retórica que es pura estridencia. 

Si acaso acabarán primando en el Partido Republicano estos rasgos u otros elementos más positivos —como los que sugieren algunas de sus candidaturas a convencionales— puede ser una noticia en desarrollo, pero los liderazgos que ha promovido esta semana no son particularmente alentadores. La pregunta, en suma, es si estamos en presencia de otra versión de la UDI de los noventa, o si se trata más bien de un grupo que —más allá del propósito de JAK— terminará identificándose con la derecha posmoderna de Trump o Bolsonaro.

Ninguna de estas consideraciones o interrogantes, sin embargo, permite juzgar por sí sola la pertinencia del acuerdo que alcanzaron Chile Vamos y el Partido Republicano. Que estamos en presencia de un pacto acotado a la cuestión constitucional se advierte fácilmente al notar que ese mismo día se inscribieron candidatos a alcaldes, concejales y gobernadores regionales, y ninguna de estas elecciones conlleva una alianza entre ambos grupos. Tampoco se vislumbra un trabajo conjunto de cara a la carrera presidencial. En rigor, ninguna de las partes parece interesada en una coalición de alcance más amplio (y ni siquiera en cuidar demasiado la unidad para la Convención). ¿Por qué, entonces, pactar en materia constitucional? Porque guste o no, acerca de un puñado de temas estrictamente constitucionales —la primacía de la dimensión orgánica, una aproximación menos ambiciosa al catálogo de derechos, las posibilidades limitadas de un cambio a la Constitución, etc.—, existe un acuerdo de “Kast a Kast” (e incluso más allá). 

“La pregunta, en suma, es si estamos en presencia de otra versión de la UDI de los noventa, o si se trata más bien de un grupo que —más allá del propósito de JAK— terminará identificándose con la derecha posmoderna de Trump o Bolsonaro”. 

En ese sentido, quienes han insistido en dejar para el debate político y las mayorías legislativas muchos temas, y por tanto acotar el contenido de la Constitución a ciertos aspectos fundamentales, debieran ser los primeros en comprender que de cara a la elección de convencionales resulta razonable pactar con los que existe una mirada común en aquel puñado de temas. Después de todo, los lamentos por la falta de algo similar en la oposición sugieren que no fue un “Rubicón moral”, sino la incapacidad pragmática lo que impidió la unidad de la izquierda.

Con todo, tanto en la columna de Alenda como en múltiples otras reacciones, el punto más preocupante reside en la incipiente intolerancia que sugieren ante visiones de mundo diferentes a las suyas. En efecto, la discusión en torno a este pacto electoral ha llevado a muchos a identificar el compromiso democrático con el mero compromiso con causas progresistas. Alenda cita materias específicas, como matrimonio y eutanasia, y también las cosmovisiones generales que subyacen tras esos planteamientos, como la creencia en que “el bien y la verdad” no son simplemente una construcción social. ¿Qué significa esta crítica? ¿Que todos aquellos que abrazamos algún tipo de antropología distinta a las de índole progresista no podemos participar en igualdad de condiciones del debate público? ¿Que son menos legítimas nuestras posiciones? ¿Que la moderación es patrimonio exclusivo del progresismo?

“Quienes han insistido en dejar para el debate político y las mayorías legislativas muchos temas, y por tanto acotar el contenido de la Constitución a ciertos aspectos fundamentales, debieran ser los primeros en comprender que de cara a la elección de convencionales resulta razonable pactar con los que existe una mirada común en aquel puñado de temas”.

Stéphanie Alenda es una meticulosa estudiosa de la derecha chilena, pero imaginar que posiciones conservadoras indican por sí solas falta de credenciales democráticas revela un significativo estrechamiento de horizontes que, por lo demás, acaba alimentando la estridencia y la polarización. A fin de cuentas, es un profundo error suponer que la derecha sólo será moderna si renuncia a la antropología que en Chile ha inspirado los principios desde la DC hacia la derecha (y que personas de izquierda pueden también abrazar). Se trata, desde luego, de posiciones perfectamente legítimas y que bien pueden ser defendidas de modo razonable; que hasta hace poco constituían un extendido patrimonio cultural; y que son parte de la vida democrática en las sociedades pluralistas de todo el mundo. Pintar las cosas de otro modo, como si la moderación o el carácter democrático pasaran por adhesión a una visión liberal o progresista, sí que implica cruzar peligrosamente un Rubicón.

*Claudio Alvarado es abogado y director del Instituto de Estudios de la Sociedad (IES) y Manfred Svensson es académico UAndes e investigador senior del IES.

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