Abusada por mi padre: La estremecedora historia detrás de un cuento que se volvió viral

Ilustración: Patricio Vera

Abusada por mi padre: La estremecedora historia detrás de un cuento que se volvió viral

Un relato redentorio publicado en 2015 desde la Penitenciaria Santiago Sur, pero reviralizado durante las últimas semanas, ocultaba un secreto: su autor, Juan Díaz, había sido condenado por violación de su hija de 12 años. En conversación con The Clinic, esa niña, hoy adulta, relata el dolor de enfrentarse a un cuento que reabre heridas y que, para ella, no refleja el arrepentimiento de su agresor.

En 2015, el cuento “No más al revés” de Juan Díaz, en ese entonces reo de la Penitenciaría Santiago Sur, apareció destacado en la XV edición de “Santiago en 100 palabras” como uno de los cien mejores relatos de ese año. Pese a no ganar en ninguna de las categorías del certamen, el texto fue alabado por los seguidores del concurso, por algunos especializados e incluso apareció destacado en la prensa. 

Su popularidad no fue efímera. Año a año, al publicarse los cuentos de las ediciones siguientes del concurso, “No más al revés” volvía a ser compartido y nuevamente celebrado por cientos de usuarios de redes sociales. 

Sin embargo, lo que se desconocía era la historia del autor del relato, que para muchos tenía una impronta redentoria: Juan Díaz, médico de profesión, fue condenado en 2007, por violar a su hija, Daniela Espinoza, desde los 12 a los 14 años. Su pena era de 15 años y un día, pero antes de haber cumplido los primeros 10, accedió a la libertad condicional. 

Sentada en un café en Ñuñoa, Daniela, quien cambió su apellido y hoy tiene 29 años, sabe que Juan está libre, pero no las razones por las que pudo acceder al beneficio. Desde allí cuenta porqué este mes decidió hacer pública su historia de abusos en una serie de posteos en sus redes sociales. 

Cada vez que el relato aparecía -cuenta- era como si el tiempo retrocediera y la llevara a enfrentarse nuevamente a su agresor. Aunque esta vez decidió que iba a ser distinto. Se iba a encargar de que el mundo conociera realmente a Nauj Zaid y supieran por qué su alterego, Juan Díaz, estuvo en prisión.

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Daniela nació en 1991 cuando sus padres aún eran jóvenes. Juan Díaz, de 20 años, estudiaba medicina en la Universidad de Chile y su madre, Valeska Espinoza, de 24, se encontraba en los últimos años de la carrera de Historia. 

Ambos se conocían desde niños, ya que eran vecinos en Talagante. La llegada de Daniela aceleró las cosas. La joven pareja se casó antes de que la niña naciera y se instaló donde los padres de Valeska, hasta que Juan se licenció. Cuando cumplió seis años, nació su hermano menor y la familia se mudó a una casa más grande en la misma comuna. 

De esa época, también recuerda a una madre cercana y a un buen padre, aunque lejano por su carga laboral como doctor. “No fue un mal papá, hasta ese momento se preocupaba por nosotros dentro de lo que podía. Pero no lo veía mucho, hasta las vacaciones”.

Cuando Daniela tenía 12 años, la familia programó un viaje. Como su madre debía trabajar unos días más en Santiago, ella partió sola con su padre y su hermano a La Serena. Allá, recuerda, ocurrió por primera vez. 

–Fue abuso, me intentó violar, pero no pudo. Le pedí que parara y creo que se asustó. Al día siguiente, fuimos al mall, me compró ropa. Me dijo que no me asustara, que él era el papá, que me quería mucho, que todos los papás hacían eso con sus hijas, pero que iba a ser un secreto. 

Daniela no entendió la connotación sexual del episodio. Pero, recuerda, se dio cuenta que lo que había pasado no estaba bien. Aún así no le contó a nadie, ni siquiera a su madre, que llegó en los días siguientes. 

El paseo a La Serena sería una de las últimas vacaciones de la familia. Un año después, el matrimonio se separó, no por lo ocurrido en el norte, situación que Valeska no conocería en años, sino por las constantes infidelidades de Juan, quien tuvo un hijo fuera del matrimonio y era conocido por sus amoríos en Talagante. 

Él se fue a vivir a un departamento, en la misma comuna. La nueva situación familiar, significó que Daniela y su hermano visitaran a su padre los fines de semana. Durante esas visitas, comenzó el tormento. 

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Daniela no recuerda cómo comenzó a pasar, pero sabe que cada uno de los episodios en que su padre la abusó, eran rutinarios. Cuando ella lo visitaba junto a su hermano, su padre mandaba al niño a jugar afuera y la abordaba. 

–Cuando eso pasaba, yo me ponía nerviosa, en alerta. Entonces, él se acercaba y me comenzaba a hacer cosquillas. La reacción era incontrolable, como que se me acalambraba el cuerpo. Aprovechaba de que yo no me podía mover, me agarraba y me llevaba para la pieza. 

Cuando eso ocurría, Juan encendía un equipo de música con un volumen muy alto. La mayoría de las ocasiones colocaba un disco de la cantante de folk y jazz chilena, Francesca Ancarola. 

–En un momento me empecé a concentrar en la música. Los encuentros nunca duraban más de dos canciones. No recuerdo las sensaciones que tenía en mi cuerpo, así de bloqueada. Miraba una esquina del techo y de ahí no salía más. Era como si mi mente se fuera de mi cuerpo y se quedara en esa esquina. Era un bloqueo total. 

Los episodios se dieron continuamente durante dos años. A Daniela le comenzó a doler el estómago cuando se acercaba el día de las visitas. No quería ir donde su padre, pero ver la posibilidad de exponer a su hermano a estar a solas con él, la hacía sentirse responsable. Al niño, según quedaría acreditado más adelante, no le tocó un pelo.

Lo narrado por Daniela queda en evidencia en la documentación del caso judicial que se desarrollaría años más tarde, en la que se expone que los episodios se repitieron “en al menos una decena de ocasiones (…) siempre en oportunidades distintas y únicas, momentos en los cuales la menor se mantenía inmóvil a causa del miedo e impacto que le producían tales situaciones”.

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El secreto que su padre le pidió mantener estuvo guardado celosamente durante dos años y probablemente allí hubiera seguido de no ser por una casualidad. En esa época, Daniela tenía 14 años y comenzó a cortarse los brazos para evadir su dolor emocional. 

Ella mantuvo ocultas sus heridas con vendas. Pero un día olvidó ponérselas y al sacarse el chaleco, una de sus amigas la vio.  

La niña le preguntó qué le ocurría, pero Daniela no quiso decir nada. Su compañera, preocupada, le contó a su madre Pamela Johnson, quien conocía bien a la familia de Daniela.

La mujer, preocupada por la situación, llamó a la madre. Al télefono recuerda que le dijo que no se sintiera responsable por no haberse dado cuenta. “Le dije que las niñas a esa edad pueden ocultar lo que sea y que estuviera alerta. Yo sabía que algo andaba mal con la Daniela, pero nunca sospeché lo que Juan había hecho”, recuerda. 

Valeska fue inmediatamente a hablar con su hija, a quien le insistió para que le contara lo que le sucedía. Al comienzo no quiso decir nada, pero a medida que su madre insistía, no hubo más salida que contar la verdad. 

“Mi papá me violó”, cuatro palabras que derrumbaron el mundo de Valeska. Hasta el día de hoy, su voz se sigue quebrando al recordar el dolor de ese día. “Su miedo era que nos hiciera daño. Él la manipuló un buen tiempo y yo sólo pensé en apoyarla, en ningún momento dudé de ella. La calmé, le dije que nunca más tendría que ver a ese tipo y que esto se había terminado”, dice. 

Acto seguido, Valeska le contó lo sucedido a su pareja, Ricardo Valdés. “Él era conocido en la zona al ser médico de profesión. Fue aterrador y doloroso que él se aprovechara de toda la confianza que le teníamos como grupo familiar”, cuenta Ricardo.

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El proceso judicial por los delitos de Juan Díaz, fue largo y desgastante. Daniela recuerda que repitió una y otra vez los hechos en distintas entrevistas en las que se le exigía recordar, momentos, fechas y detalles. 

Lo hizo frente al fiscal, a su asistente, a funcionarios policiales, a psicólogos, psiquiatras y profesionales del SML, quienes además de entrevistarla la analizaron y fotografiaron su cuerpo. Las imágenes íntimas fueron proyectadas en las audiencias como parte de las pruebas incriminatorias. 

Juan Díaz, quien esperó su condena en prisión preventiva, reconoció parcialmente los hechos. Solo confirmó cuatro episodios, reduciendo notablemente la cantidad de encuentros que pudo acreditar la investigación (12). 

Además, la estrategia de la defensa se basó en que el hombre tendiera a culpar a la víctima. Juan incluso llegó a señalar al tribunal que se trataba de una relación consensuada. Interrogado por la Fiscalía, Juan declaró que “Daniela dejaba que las cosas pasaran”. En la documentación del caso, se agrega que declaró: “que en ese momento la veía como su única compañera y confundió ese cariño con el de pareja”.

Juan Díaz Huerta finalmente fue condenado a la pena de 15 años y un día por el delito de violación por el tribunal oral en lo penal de Talagante. Iniciando su condena el 20 de enero de 2007, y “con fecha de cumplimiento estimativo para el 21 de enero de 2022”. 

En el café de Ñuñoa, Daniela recuerda que al escuchar la sentencia, sintió que tendría esos quince años de tranquilidad, que nadie se los quitaría y que correspondían a su derecho como víctima. 

“Pero no, la verdad es que eso no fue así”, se lamenta.

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Daniela pasó su adolescencia en Talagante, donde prácticamente todo el pueblo se enteró de lo ocurrido. En su colegio realizaron una reunión de apoderados para tratar el tema y a ella le comenzó a molestar el trato condescendiente que comenzó a recibir por parte de sus compañeros. 

Por esos años, Daniela además descubrió que era homosexual. Asegura que siempre sintió atracción por las mujeres, pero que sus familiares y la gente en Talagante atribuía su orientación sexual a los abusos que vivió. 

“Era esperable que la gente pensara eso. Hay que pensar también cuánto ha evolucionado la visión de la homosexualidad desde hace diez años hasta ahora. Yo nunca me lo cuestioné. En el momento en que me di cuenta, dije que era obvio que me gustaban las mujeres y después con el tiempo de analizarme sola, noté que siempre me llamaron la atención”.

Daniela asistió a varias sesiones de terapia reparativa. Dice que ayudó al principio, pero que con el tiempo prefirió dejarlas y trabajar ella misma en intentar superar el dolor. En ese tiempo, su padre intentó comunicarse con ella. Le envió cartas, su madre las leyó. En ellas, Juan hacía referencia a que el “tatita Dios” lo perdonaría por sus pecados.

Valeska le contó sobre estas misivas a Daniela, pero no se las mostró, decidió que lo mejor era quemarlas. Hoy Daniela agradece ese gesto.

Daniela junto a su madre.

Con el paso de los años, Daniela se convirtió en adulta y la figura de su abusador por fin parecía estar lejos de su alcance. Pero un día, apareció de golpe. Daniela recuerda que lo sintió como una estocada seca y certera. 

–Me llegó el cuento cuando salió por primera vez. Vi que la firma decía Juan Díaz y pensé que era un nombre común y que cabía la posibilidad de que fuera otra persona. Pero cuando lo leí, estuve segura que se trataba de él. Yo nunca había leído nada que él escribiera. Pero era la historia de su vida: se casó antes de ser padre, aprendió a bailar antes de caminar, pues participó de conjuntos folclóricos de muy chico. Y eso que escribió de vivir luego de haber muerto, fue porque había cumplido el tiempo de condena que le daba el pase para postular a la libertad condicional. 

A Daniela le dolió el doble la aparición de Juan en el certamen, ya que era una fiel lectora de los escritos publicados en Santiago en 100 palabras. “De niña que me gustan los cuentos, me encantaba Santiago en 100 palabras y siempre me llegaban los libritos por mis cercanos. Justo tuvo que aparecer ahí. Después caché lo viral que era su cuento y pensé ¿En serio?, no puedo tener tan mala cuea”, dice.

Mientras el cuento de Nuaj Zaid era leído y celebrado por miles de personas en internet, publicado en las paredes del metro, incluso usado como material de lectura en colegios, el interno Juan Díaz pasaba sus días en prisión, proyectando una salida anticipada a través del beneficio de libertad condicional. 

Pasó sus días de encierro en un módulo exclusivo dispuesto para condenados por abuso sexual. Según detalla un funcionario penitenciario que coincidió con él, su situación era como la de cualquier otro interno y socialmente era “cooperador”, “tenía buena llegada” y mantenía “buenas relaciones con otros internos”. 

Él, efectivamente, mantuvo buena conducta. Participó activamente en talleres de la pastoral, además aprendió el oficio de marroquinería, que consiste en el trabajo del cuero.

Con todos estos antecedentes, postuló al beneficio de libertad condicional el segundo semestre del 2016. La comisión encargada de analizar las postulaciones valoró su comportamiento y su participación en actividades y talleres, pero desestimó otorgarle el beneficio por su informe psicosocial.

De acuerdo al informe al que The Clinic tuvo acceso, Juan Díaz “minimiza y justifica su participación en el delito, responsabilizando a su grupo de pares, observándose un relato superficial y carente de sentido. En la reflexión falta análisis y autocrítica. Denotando un locus de control externo”.

Según señala Andrea Castro, psicóloga, criminóloga, y dirigenta de la ADIPTGEN (Asociación de Directivos, Profesionales, Técnicos, Administrativos y Auxiliares de Gendarmería de Chile), quien lleva más de 20 años trabajando en distintos penales del país, y ha elaborado cientos de informes psicosociales en su carrera: 

“El locus de control se refiere a la manera de que el sujeto tiene de asumir o no la responsabilidad. Un locus de control externo finalmente justifica su accionar y  responsabiliza al otro. Por ejemplo, decir «fue el niño el que me bajó el cierre, así que la culpa es de él». En este caso en particular el sujeto no es capaz de asumir su propio error y su propia dificultad en el control de impulsos en el área sexual”. 

Lo señalado por Castro queda expuesto en el informe psicosocial, donde se agrega: “Impresiona una reducida conciencia de daño y mal causado, visualizandose una baja empatía hacia terceros, en tanto, los niveles de culpa y arrepentimiento se encuentran disminuidos. No se advierte una adecuada evolución que permita señalar que se encuentra en condiciones de acceder al medio libre”.

A pesar del negativo informe psicosocial, el abogado de Díaz Huerta, Gerardo Morales, presentó un recurso de amparo, solicitando dejar sin efecto la resolución. Este fue rechazado por la corte de apelaciones de Santiago. Sin embargo, la resolución fue apelada, por lo que el recurso pasó a la Corte Suprema, que resolvió acogerlo y otorgar la libertad a Díaz. 

A casi 7 años del cumplimiento de su pena efectiva, Juan Díaz, recibió su oportunidad de vivir “luego de haber muerto”. 

Daniela y su familia se enteraron por casualidad.

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Una vez que Juan Díaz obtuvo su libertad, se reinstaló en Talagante. En la pequeña ciudad, la noticia se difundió rápidamente. “Nos enteramos por un chisme. Los vecinos de mi abuela lo vieron en la calle. Cuando salió de la cárcel, se fue a la casa de sus papás, que vivían a una cuadra de mis abuelos y a dos del trabajo de mi mamá, no pasó mucho tiempo hasta que me lo topé”, cuenta Daniela. 

“Estando en el Metro un día que volvía del centro a Talagante, él me vio y me reconoció. Nos fuimos desde Los Héroes mirándonos de reojo. Cuando me bajé en Estación Central, me preocupé de tenerlo siempre en mi campo visual, pero como había mucha gente, se me perdió. Cuando ya estaba cerca del reloj de Estación Central, sentí que me habla por la espalda”.

Una amiga que la acompañaba ese día, Carolina Rodríguez, recuerda el episodio: “El caballero se notaba insistente y ella lo corría intentando sacarlo de encima. Yo no entendía nada ni por qué ella reaccionó de esa forma. Cuando él se fue, me contó que era su papá y que no lo veía hace mucho tiempo. Yo la abracé y le pregunté si necesitaba ayuda, pero solo me pidió acompañarla a la micro y esperé hasta que se subiera, para saber si el caballero no la perseguía”, cuenta.

Su familia, que sigue viviendo en Talagante, también ha revivido su dolor al verlo en la calle en reiteradas ocasiones. “No hemos estado muy bien, porque lo vemos en la feria, en el supermercado, en la iglesia. Como familia tenemos mucha rabia. Nuestra prioridad es proteger a Daniela y alejarla de este mal”, dice la pareja de su madre, Ricardo Valdés.

Daniela también se lamenta por la anticipada salida en libertad de Juan Díaz y reflexiona: “Yo entiendo que es labor del Sistema Judicial hacer que las personas se reintegren a la sociedad, pero creo que hay condenas que no deberían tener esa opción, como los abusos sexuales”.

“A mí la justicia me dijo que esta persona iba a estar privada de libertad tanto tiempo, pero después resulta que no. En otros países, las víctimas forman parte del proceso de salida. ¿Por qué aquí yo no me enteré? ¿En qué momento me pasan a llevar tanto? ¿Qué clase de protección a la víctima es esta?”, añade.

Daniela hoy tiene 29 años y estudia obstetricia.

Sobre este punto, profesora en derecho penal de la Universidad Católica y experta en casos de violencia sexual, María Elena Santibáñez explica que:

“A propósito de casos que fueron bien mediáticos el año pasado, se ha sostenido que sería importante que la víctima fuese escuchada por las comisiones de libertad condicional. Eso no existe en Chile, pero en otros países sí, por ejemplo en Estados Unidos se pregunta la opinión de la víctima y en otros casos se le avisa a la víctima que su agresor saldrá en libertad. También en España existe una libertad vigilada de por vida, donde tiene que decir dónde va a estar, todo eso en pro de la víctima. Por eso acá se dan episodios de cara a cara entre agresores y víctimas, por eso se reclama y es con justa razón. Vuelven a vivir una pesadilla”. 

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En 2017, cuando Daniela tenía 26 años decidió cambiar su apellido por el de su madre y con ello sepultar la carga que significaba para ella ser la hija de Juan. Escuchar ese apellido cuando pasaban la lista en la universidad o verlo escrito en sus documentos era como un trago amargo que ya no estaba dispuesta a soportar.

“No quería que su nombre llegara más lejos. Si tengo hijos, no quería que llevaran su apellido, no quería que saliera en mi título profesional cuando egrese. Quise cortarlo de raíz”, dice Daniela.

En ese proceso, testificaron su padrastro y su pareja de ese entonces y ambos entregaron motivos para justificar el cambio. “Primero, lo hicimos por la salud mental de Daniela, pues ya no quería pertenecer más a esa familia y, segundo, porque ella quería desterrar cualquier indicio que la relacionara con ese tipo. El apellido «Díaz» le causaba daño y quiso empezar una nueva vida sin ese apellido”, explica Ricardo.

Este hecho marcó un antes y después dentro de su proceso de superación. El segundo ocurrió hace dos años, cuando se fue a vivir a Santiago desde Talagante. Abandonar su burbuja era un deseo que arrastraba hace muchos años. “Desde los 15 que me quería ir. A mi mamá igual le dolía porque toda nuestra familia está allá y nosotros somos súper nucleares. Empecé otra vida cuando salí de ahí”, dice Daniela.

Hoy Daniela cursa obstetricia, una carrera que le apasiona. Hasta antes de las restricciones sanitarias alcanzó a cursar dos años de forma presencial. Su vida nuevamente parecía ir bien, pero como casi siempre le ocurría, el fantasma de Juan volvió a aparecer en un momento inesperado. 

A principios de este mes, el cuento “No más al revés” volvió a viralizarse y Daniela se vio obligada a ver la publicación en sus redes sociales. Fue ahí cuando decidió que no toleraría más que la gente desconociera el delito por el que Juan Díaz estuvo preso. 

Nunca esperó que su relato se viralizara al nivel que lo hizo. No solo le escribieron familiares y amigos, sino que también personas anónimas e incluso cercanos a Juan. Se contactó con ella un funcionario que trabajó con Juan en prisión, quien le mandó un mensaje empatizando con su situación. Contactado por The Clinic, el profesional –quien prefirió no revelar su identidad–, señaló que le dio gusto ver su publicación. 

“Desde que se publicó el cuento, no dejé de pensar en Daniela y en cómo con «pequeños» actos podemos estar re victimizando constantemente a quienes han sido víctimas de violencia sexual. Las funas son peligrosas, pero en el caso de ella siento que pueden ser liberadoras y también sirven como reparación de la biografía personal”, cuenta.

Daniela relata que en Talagante sus cercanos han visto a Juan realizando consultas médicas particulares. Según consta su información tributaria, Díaz emitió boletas de honorarios este año correspondientes a la actividad “Servicios de médico prestados de forma independiente”.

Daniela además asegura que Santiago en 100 palabras no ha tomado contacto con ella. Desde la Fundación Plagio, una de las entidades organizadoras del concurso, dijeron que “no hemos tomado contacto aún con Daniela. Vimos sus declaraciones a través de redes sociales. Lamentamos mucho que ella haya tenido que sufrir una revictimización a partir de lo que contó”. 

Sobre la situación penal de los concursantes del certamen, agregaron que “desde el año 2012, como Fundación Plagio tenemos un programa de trabajo con Gendarmería, que se enmarca en un convenio a nivel nacional (…). Al momento de realizar estas actividades, como Fundación no tenemos los datos personales sobre los participantes, qué delito cometieron u otra información sobre la pena que están cumpliendo, ya que son seleccionados por el equipo de cada centro. El cuento “No más al revés”, fue escrito en uno de estos talleres el año 2015”.

Sobre este escrito, el funcionario de Gendarmería que se contactó con Daniela, indica que “el cuento es brillante, pero en mi interpretación no hay sentido de responsabilidad, al personaje todo le «sucede» como si uno mismo no fuese responsable de sus actos. Está listo para partir de nuevo porque ya murió lo que deja entrever, al menos, que se siente libre de culpas”.

En el café de Ñuñoa, Daniela entrega su propia reflexión sobre el texto escrito por Juan Díaz, quien fuera su padre:

“El hecho de redención o arrepentimiento detrás del cuento lo pone la gente cuando ve que es de alguien que estaba en una penitenciaría. En ese cuento se refiere a que lo que le ocurrió fue por circunstancias de la vida, pero no, todo lo que le pasó en la vida fue por sus propias acciones”.

*Para la realización de este reportaje, The Clinic intentó comunicarse con Díaz, pero no respondió a ninguno de nuestros mensajes.

Comentarios
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