Ilustración Patricio Vera (IG: @pato_vera_r/TW @pverar)

Contra el Estado y el sida: el último acto de protesta de Andrés Pérez

Hace justos veinte años, en abril de 2001, el actor y director chileno se colgó y leyó un manifiesto en la entrada de las antiguas bodegas y actual sede de Matucana 100. Bienes Nacionales y el gobierno habían revocado su decisión de ceder el terreno a la compañía Gran Circo Teatro y rechazado su proyecto de espacio administrado por artistas. Pérez se sintió traicionado por la Concertación, mientras su salud se deterioraba rápida y silenciosamente a causa del virus que decidió no tratar y que lo mató meses después. Cercanos y artistas reconstruyen la trastienda de este último grito de rebeldía.

No duró más de 20 minutos, y los registros son escasos. Los recuerdos se han vuelto cada vez más borrosos. Coinciden todos, sin embargo, en que esa nublada mañana del martes 17 de abril de 2001 rondaba un ánimo fúnebre, de fin de fiesta. 

La prensa estaba citada a una supuesta conferencia a las 11 de la mañana. Se encontraron con el ruido de las sirenas de emergencia y varias voces declamando un mismo texto al unísono por un megáfono. Con cuerpos que danzan, cargando una pila de cadáveres mutilados. Más allá, seis hombres arrastran el esqueleto de un cacharro viejo hasta debajo de un arco de ladrillo. En el mismo punto, un cuerpo enfundado de negro se eleva y queda suspendido en el aire, a unos 10 metros de altura. Tres hombres lo tiran de una cuerda. Nadie despega la mirada de esa silueta, cuyo rostro, salpicado hasta los ojos de pintura negra, luce irreconocible.

Sostiene una hoja en su mano, un manifiesto que desde el día siguiente circulará públicamente como carta abierta firmada por su autor, Andrés Pérez Araya, que a esa hora colgaba de la entrada de las antiguas bodegas de calle Matucana ante unas cien personas, entre artistas, reporteros y fotógrafos.

Nadie entendía de qué se trataba. Mucho menos imaginaban que presenciaban una de las últimas apariciones públicas del actor, director y acaso el renovador más influyente del teatro chileno popular y callejero. Sus compañeros de escena lo rodeaban. Pérez respiró profundo y apenas comenzó a leer su voz provocó el más rotundo silencio:

Nadie entendía de qué se trataba. Mucho menos imaginaban que presenciaban una de las últimas apariciones públicas del actor, director y acaso el renovador más influyente del teatro chileno popular y callejero.

“Nosotros, los artistas, hemos sido embajadores en el mundo de nuestro arte y nuestra cultura. Hemos compartido la experiencia de representar a Chile en el extranjero y participado en numerosas actividades oficiales realizadas por los presidentes de los gobiernos democráticos de 1990 hasta la fecha. Como artistas, nos sentimos parte del avance cultural y social de nuestro país, y hemos procurado reflejar el alma del pueblo del cual formamos parte. (…) Creemos que hay alternativas de gestión, administración y creación, y una de ellas es que los propios artistas administren los espacios culturales”.

Se le acababa el tiempo y lo sabía. El director de montajes como La Negra Ester, Popol Vuh y El desquite, y fundador del Gran Circo Teatro, tenía 50 años, una luminosa carrera internacional y el reconocimiento del público y la crítica, pero estaba enfermo y no quería que nadie lo supiera. Para peor -decía- se sentía “traicionado” por su sector político, que quería echarlo por la puerta de atrás.

Se le acababa el tiempo y lo sabía. El director de montajes como La Negra Ester, Popol Vuh y El desquite, y fundador del Gran Circo Teatro, tenía 50 años, una luminosa carrera internacional y el reconocimiento del público y la crítica, pero estaba enfermo y no quería que nadie lo supiera.

El Estado había echado pie atrás en su decisión de ceder en comodato a él y a su colectivo los terrenos de las mismas antiguas bodegas de almacenamiento y actual sede del Centro Cultural Matucana 100. Meses antes, a fines del año 2000, había conseguido un permiso temporal para ocuparlos. Para abril de 2001 el lugar ya tenñia obras en cartelera, talleres abiertos a la comunidad, una cafetería y comedor a cargo de los vecinos, una micro antigua en reparación y más de 30 mil espectadores desde su apertura en diciembre. Las llamó Bodegas Teatrales, e iba a convertirlas en un laboratorio de creación y exhibición para compañías independientes. Soñaba con un Centro Nacional del Teatro administrado por artistas.

Su propuesta, sin embargo, chocó pronto con las nuevas políticas culturales de la Concertación, que optó por conformar un directorio que llevara la dirección de un nuevo espacio del Estado para la cultura.

“A la actual administración del Presidente Ricardo Lagos le queda un largo período de gobierno. Sabemos que se le quiere dar una especial atención a la cultura y reconocemos que existe un punto de vista oficialista sobre la gestión cultural. Sin embargo, creemos que en este siglo y en democracia, la política cultural debe renovarse abriéndose a nuevas alternativas de gestión, administración y creación. Una de ellas es que los propios artistas administren los espacios culturales. Esa es la propuesta fundamental de Matucana 100. Esa será siempre la propuesta de fondo”, decía también el manifiesto.

“La performance no tenía título ni una estructura dramática. Ni siquiera la habíamos ensayado. Andrés decía que había que hacer a riesgo de lo que sea, pero a riesgo. Y ese día hubo mucho de ese espíritu”, comenta el bailarín Andrés Gutiérrez, quien participó de la acción. “La memoria de todo ese periodo se obstruyó en mí por el trauma que vivimos. Sí me acuerdo mucho del silencio de ese día. Nadie aplaudió”, agrega la actriz y directora Mariana Muñoz. 

“La performance no tenía título ni una estructura dramática. Ni siquiera la habíamos ensayado. Andrés decía que había que hacer a riesgo de lo que sea, pero a riesgo. Y ese día hubo mucho de ese espíritu”.

Andrés Gutiérrez, bailarín.

“Andrés Pérez se colgó en Bodegas Teatrales de Matucana como acto de protesta”. “Gran Circo Teatro patea la perra por desalojo”. Así tituló la prensa al día siguiente.

“Luchábamos contra un gigante, pero sólo algunos veíamos eso”, dice hoy la actriz y su ex esposa, Rosa Ramírez. “Quedamos todos con mucha rabia e impotencia. Impotencia por lo que decíamos ahí: ‘Cómo es posible que las cosas tengan ese final solamente porque al otro lado está el Presidente’ (ríe). Ese nivel de frágiles y soñadores somos. Eso pasa porque hay una manga que hueones alrededor que no quieren decirle al emperador que va en pelota. No quieren decirle que va desnudo a la guerra y todos, todos se hacen los hueones”.

El sueño de la casa propia

Reinstalado en Chile tras vivir y girar durante más de 6 años en Europa de la mano del Théâtre du Soleil y Ariane Mnouchkine, Andrés Pérez quiso zanjar dos deudas consigo mismo: montar La huida, una antigua obra suya escrita en 1974 y que indagaba en la historia de un grupo de homosexuales asesinados en la dictadura de Carlos Ibáñez del Campo, “la más autobiográfica de todas” -dirá después-; y, más urgente aún, hallar un nuevo domicilio artístico para su compañía.

Andrés Pérez quiso zanjar dos deudas consigo mismo: montar La huida, una antigua obra suya escrita en 1974 y que indagaba en la historia de un grupo de homosexuales asesinados en la dictadura de Carlos Ibáñez del Campo; y, más urgente aún, hallar un nuevo domicilio artístico para su compañía.

“Hace 12 años que hemos andado buscando nuevos espacios, permanentemente luchando contra la nada, recuperando el Teatro Novedades, la terraza Caupolicán del cerro Santa Lucía, el sector del Parque Forestal que está frente al Museo de Arte Contemporáneo, el terreno que era de la embajada francesa, ahí en Vicuña Mackenna, y la Estación Mapocho, de donde nos corretearon. Necesitamos un lugar”, decía a comienzos del año 2000.

Hacía poco el grupo había dejado el arriendo del Teatro Esmeralda en San Diego, y el director comenzó a recorrer Santiago a pie. Manuel Peña, amigo suyo, actor y entonces miembro del Gran Circo Teatro, recuerda que le sugirió hacer las primeras gestiones para intentar conseguir un espacio a través de Bienes Nacionales. “Tenía un amigo con un contacto ahí, y sabíamos que había varios lugares botados. Concertamos una entrevista con el Seremi de Bienes Nacionales, Germán Venegas, y lo primero que nos dijo fue por qué nos habíamos demorado tanto en hacer la solicitud, pues era muy probable que nos dieran un espacio por la trayectoria de la compañía y Andrés. Pérez quedó entusiasmado”, cuenta.

Visitaron primero un terreno a un costado del Club Hípico, “que era para nosotros o para un cuerpo de Bomberos”, recuerda Peña. “También unas casas en el centro, y como yo me había dedicado a buscar lugares de grabación para comerciales y películas, sabía que por el barrio Yungay y Matucana había unos increíbles. Fui yo, de hecho, quien encontró las bodegas y se las mostré a Andrés. Cuando fuimos por primera vez a Matucana, supimos que ese era el lugar y ahí empezó todo”, agrega.

El 25 de julio de ese año, Andrés Pérez entregó al Seremi de Bienes Nacionales el anteproyecto de un centro de investigación y difusión teatral, y solicitó inmediatamente un comodato por 10 años del terreno de Matucana 100, que acababa de ser devuelto por la Dirección de Aprovisionamiento del Estado. Lo que obtuvo en la cartera del entonces biministro Jaime Ravinet, confirman hoy desde la entidad, fue un permiso de ocupación transitoria del espacio de 7.200 metros cuadrados a contar del 20 de diciembre de 2000 que los autorizaba a realizar funciones de su obra Nemesio pelao, ¿qué es lo que te ha pasao? durante enero, para el festival Teatro a Mil, y el estreno de La huida, en febrero del mismo año.

“Andrés era un gestor natural, y hablaba de la posibilidad de desarrollar algo más grande”, cuenta el actor y director Horacio Videla, ex miembro fundador del Gran Circo Teatro. Tenía en mente un proyecto de espacio colaborativo: iba a convocar a distintas compañías, La Troppa, Teatro Provisorio y el Teatro Fin de Siglo de Ramón Griffero. “Había una filosofía en él con respecto a la función del teatro en la sociedad y los seres humanos, y su capacidad integrativa. Quería involucrar a las comunidades, y no solo a la artística, sino también vecinos y grupos de profesionales de otras áreas”, agrega.

“Había una filosofía en él con respecto a la función del teatro en la sociedad y los seres humanos, y su capacidad integrativa. Quería involucrar a las comunidades, y no solo a la artística, sino también vecinos y grupos de profesionales de otras áreas”.

Horacio Videla, actor y director

El modelo que quiso impulsar Andrés Pérez era el de la Cartoucherie de Vincennes, una antigua fábrica de armamentos de la Segunda Guerra Mundial a las afueras de París que fue tomada en 1970 y luego cedida por el Estado francés a un grupo de compañías y artistas del teatro y la danza. Incluido el Théâtre du Soleil, donde logró poner su nombre en la escena internacional al encarnar a Ghandi en 1988.

Para el director y Premio Nacional Ramón Griffero, convocado a formar parte de las Bodegas Teatrales, el proyecto de Pérez era “bello y utópico, pero no aplicable en Chile”, apunta. “Él tomó esa visión de la cultura pública francesa, pero no tenía cabida dentro del concepto de privatización de la cultura que existe aquí. Chile ni siquiera tenía institucionalidad cultural ese año, y por eso las Bodegas, como el Trolley y otros espacios, tenían una motivación que no iba con la oficialidad. Era menos institucional todo. Piensa que hasta el día de hoy el Estado no tiene teatros ni elencos nacionales. E incluso si construyera esos centros de creación, tampoco los dejaría en manos de los creadores. No está en su estructura”.

“Él tomó esa visión de la cultura pública francesa, pero no tenía cabida dentro del concepto de privatización de la cultura que existe aquí. Chile ni siquiera tenía institucionalidad cultural ese año, y por eso las Bodegas, como el Trolley y otros espacios, tenían una motivación que no iba con la oficialidad”.

Ramón Griffero, director y Premio Nacional

Andrés Pérez se echó a andar apenas unas cuantas cuadras y llegó hasta la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Santiago. “Apareció en septiembre de 2000 en mi oficina, de polera arremangada, shorts y botas”, recuerda el arquitecto y académico Jorge Lobiano. “Junto a otros profesores teníamos un proyecto de asistencia técnica a proyectos arquitectónicos, el Q-Chitril, y él buscaba a alguien que pudiera poner en planos y asesorar su proyecto. Tenía como idea central trabajar con gente del barrio, aunque eso lo vine a entender después”.

Semanas después se conformó un equipo de especialistas: a la cabeza estaba Lobiano junto a los académicos David Cabrera y Ricardo Martínez, y como ayudantes las alumnas Catalina Cáceres y Daniela Torres. “Ellas fueron las primeras en ir a las bodegas, y tuvieron que saltar el muro para hacer las primeras mediciones y levantamiento del lugar. Después entramos juntos y él ya tenía las llaves. Ese día hicimos un primer boceto con un papel que encontramos entre la basura”, cuenta Lobiano.

El grupo habilitó el espacio en tiempo récord: se hizo un llamado para limpiar y desmalezar, sacaron 8 camiones de basura e instalaron agua y luz. Habilitaron también un antiguo anfiteatro, una gradería y otra sala al interior, donde su director montó y estrenó La huida. En tres meses había unas 30 familias del barrio Yungay, la Villa Portales, Estación Central y Quinta Normal abocadas a los trabajos de recuperación del lugar. Las vecinas preparaban la comida de todos en ollas comunes, los mecánicos del barrio arreglaron y echaron a andar una antigua micro abandonada de las dos que había en el terreno, y los niños jugaban entre los artistas que ensayaban y daban clases.

La inauguración de las Bodegas Teatrales fue el 4 de enero de 2001. “Aquí se está levantando un espacio inédito para la cultura de este país, uno para los artistas y llevado por los artistas”, dijo Pérez esa noche.

“Aquí se está levantando un espacio inédito para la cultura de este país, uno para los artistas y llevado por los artistas”.

Andrés Pérez

Maqueta a la pileta

Una mañana a mediados de enero, una improbable visita se dejó caer en Matucana 100: la entonces Primera Dama Luisa Durán. La prensa de la época consignó que recorrió el terreno junto a un par de asesores, que se reunió brevemente con Andrés Pérez y su equipo, que supo del proyecto que se estaba gestando ahí y que “se comprometió a presentarlo a la Comisión de Infraestructura Cultural”.

Veinte años después, la esposa del ex Presidente Ricardo Lagos lo recuerda así: “El episodio de Andrés Pérez y Matucana 100 se inició para mí con una solicitud que yo misma hice por esa fecha de un espacio donde pudieran funcionar las Orquestas Juveniles, que era mi proyecto más importante”. “Hablé entonces con el ministro de Bienes Nacionales sobre un terreno que habían entregado recién y donde se podía desarrollar algo a futuro. Fui a verlo, me gustó, y efectivamente supe por Bienes Nacionales que Andrés había recibido el mismo espacio por un tiempo. Pensé que él y su compañía eran personas con las cuales podríamos dialogar y hacer algo en conjunto, un centro cultural para ese sector. Pero supimos de inmediato que ellos querían una cosa y nosotros otra”, agrega Luisa Durán.

Revela además que el director solicitó de inmediato una reunión al día siguiente de su visita al terreno. Y ella aceptó. A la cita asistieron Andrés Pérez, dos miembros de su compañía, entre ellos su más cercano colaborador, Mauricio González, Lobiano en representación de los arquitectos y, del otro lado de la mesa, Luisa Durán. Estaban los planos y carpetas con cada documento, y en medio de todo una elaborada maqueta de más de 2 metros de largo, con que el arquitecto daría a conocer “la ciudad del teatro” imaginada por Pérez. Sin embargo, cuenta, no alcanzó a exponer nada.

Tras los saludos de rigor, Durán lanzó una frase que cayó como una bomba: “‘Los artistas no son buenos administradores’, algo así dijo, y tanto Andrés como Mauricio le explicaron que ellos eran una compañía de teatro y que para girar con su trabajo por Chile, para qué decir por el mundo, requería de un nivel de producción y administración sofisticado”, relata Lobiano.

Durán confirma lo anterior, y da más detalles: “Eso debí haber dicho. Yo siempre he pensado que puede haber muy buenos gestores entre los artistas, ha habido casos, varios, pero veo a alguien más capacitado haciendo esa labor en específico. Yo le planteé a Andrés durante la reunión que compartiéramos el espacio. Querían más de 6 mil metros para un solo grupo, y quizás iba a ser difícil de manejar por ellos solos. Entre los dos, en cambio, podíamos hacer algo importante, compartirlo, y se le ofreció un cargo de director artístico para el futuro espacio que se iba a construir ahí. Pero él no aceptó”.

La reunión no se prolongó mucho más. “Si bien no hubo ninguna frase categórica, la idea quedó clara para todos. El gobierno estaba en la búsqueda de algo más integral, según entendí, pero en el fondo lo que sí dijo ella, y así se entendió, es que habría otro proyecto aprobado y que no era para la compañía”, revela Lobiano.

Andrés Pérez y los demás bajaron del segundo al primer piso al terminar el encuentro con la Primera Dama. Se acercaron a una pileta y tiraron la maqueta junto al resto de las carpetas y planos. Todo se había hundido ahí.

“Acá hubo un hambre de poder, de poder político y económico. Yo siempre vi en las garras de esa mujer dibujada la codicia”, dice hoy Rosa Ramírez. “¿Por qué recuperar un espacio que estaba siendo ya recuperado por un colectivo que además tenía planes, un proyecto y un sueño? ¿Por qué a nadie se le ocurrió hacerlo antes? Las lucas y la clase pesaron por sobre la creación. Así te arrebatan los espacios, te roban las oportunidades”, añade.

“Acá hubo un hambre de poder, de poder político y económico. Yo siempre vi en las garras de esa mujer dibujada la codicia. ¿Por qué recuperar un espacio que estaba siendo ya recuperado por un colectivo que además tenía planes, un proyecto y un sueño? ¿Por qué a nadie se le ocurrió hacerlo antes? Las lucas y la clase pesaron por sobre la creación”.

Rosa Ramírez, actriz y ex esposa de Andrés Pérez

El 7 de marzo de 2001 se constituyó la Corporación Cultural Matucana 100. A la cabeza de la reunión estuvo Jaime Ravinet, quien días después trató de “patudo” a Andrés Pérez por querer “apropiarse de un lugar para su uso personal”. Estaban también Luisa Durán y el abogado y asesor cultural de la Presidencia, Agustín Squella. Allí se decidió que el disputado terreno albergaría un nuevo centro cultural del Estado cuyo director sería el gestor cultural Ernesto Ottone, el hijo del principal asesor político de Ricardo Lagos y futuro ministro de Cultura.

Tanto Jaime Ravinet como Ernesto Ottone fueron contactados para este artículo, pero ninguno de ellos contestó.

Performance mítica

La noticia del nacimiento de la Corporación Cultural Matucana 100 llegó con cinco días de retraso a las bodegas de Andrés Pérez, quien acababa de estrenar La huida y planeaba una gira a Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia. Ante la amenaza de tener que dejar el espacio, un grupo de vecinos lo postuló ante el entonces alcalde de Santiago Joaquín Lavín para hacerse cargo del Teatro Novedades. Tampoco aceptó. A mediados de marzo, Ottone visitó al director en Matucana 100 y se comprometió a acoger al Gran Circo Teatro en las bases de la nueva corporación, pero Pérez nunca recibió el documento. Sí, en cambio, la orden de abandonar el terreno. La fecha tope era el 30 de abril de 2001. Sintió que le habían dado la espalda.

La negativa de Andrés Pérez a compartir la gestión del futuro Centro Cultural Matucana 100 provocó divisiones al interior del Gran Circo Teatro, revelan antiguos miembros de la compañía. Algunos criticaron al director por tomar solo la decisión, y otros que propusieron tomarse el terreno y resistir con las Bodegas Teatrales hasta las últimas, dicen ni siquiera haber sido escuchados. Varios de ellos fueron marginados de la compañía tras la muerte de su líder. 

“Hay muchas maneras de hacer desaparecer a alguien y sacarlo del camino, y Andrés tuvo la mala suerte además de estar enfermo, pero sobre todo muy enfermo de su alma”, dice la intérprete de la Negra Ester. “Se sentía completamente traicionado por un proyecto político, económico y ante todo cultural, que él mismo había escrito. Y siempre he pensado que el error fue suyo. Andrés confió, porque solía ser muy confiado”.

“Yo tengo otra visión al respecto”, comenta Manuel Peña, parte del elenco de La huida y que en pleno proceso de montaje se bajó de la obra. “Muchos dicen que la pena y, poco menos, que el Estado mató a Andrés Pérez. Incluso se habló de desalojo, pero no hubo desalojo. Hay algo de abandono, porque le estaban negando un espacio y Andrés no quería aceptar la administración de nadie más. No quería hablar en el idioma de ellos, sino que ellos hablaran en su idioma. Decía que no quería ser el Ottone ni el Squella chico. Pero lo más lógico y conveniente hubiese sido tomar ese cargo de director artístico que nunca antes había tenido, pero él ya no tenía ganas de nada. Ni siquiera de vivir”.

Se le acababa el tiempo, y lo sabía. “Fui muy maltratado”, decía, cuando sus cercanos lo vieron cada vez más “flaco, ojeroso y cansado”. Pero quiso jugarse una última. Ese mismo día mandó a convocar a la prensa a una conferencia para el día siguiente, martes 17 de abril de 2001.

“Yo la veo como una despedida, porque Andrés se estaba muriendo de Sida y no quería cuidarse, pero también como una inmolación para llamar la atención sobre una causa. Había una reivindicación de una forma de hacer políticas culturales que no existió y que nunca ha estado porque la privatización se normalizó y todos fuimos parte de ella”.

Ramón Griffero, director y Premio Nacional

“Su performance tiene un carácter mítico, y creo que efectivamente muy pocas personas la vieron. Eso no le ha restado la relevancia que aún tiene”, comenta Griffero. “Yo la veo como una despedida, porque Andrés se estaba muriendo de Sida y no quería cuidarse, pero también como una inmolación para llamar la atención sobre una causa. Había una reivindicación de una forma de hacer políticas culturales que no existió y que nunca ha estado porque la privatización se normalizó y todos fuimos parte de ella”.

“Andrés sentó un precedente y se colgó públicamente. Esa imagen recorre ahora a todo el teatro chileno”, dice el también actor y director Alfredo Castro, compañero de Pérez en la Universidad de Chile, en los 70. “No hemos sido capaces, hasta ahora, ni yo ni nadie, de irnos a colgar frente al Ministerio de Cultura, que es lo que corresponde si la autoridad nos abandona como lo ha hecho durante la pandemia. Andrés se inmoló por la cultura, y su acto en las Bodegas es, simbólicamente, la muerte de ese espacio y de su creador. El ejemplo de Andrés me avergüenza ante todo a mí por no ser capaz de ir a poner el cuerpo frente a una demanda lógica, humana y sensible frente a la miseria y desfachatez de ese ministerio”, agrega.

“Andrés se inmoló por la cultura, y su acto en las Bodegas es, simbólicamente, la muerte de ese espacio y de su creador. El ejemplo de Andrés me avergüenza ante todo a mí por no ser capaz de ir a poner el cuerpo frente a una demanda lógica, humana y sensible frente a la miseria y desfachatez de ese ministerio”.

Alfredo Castro, actor y director

Última gira

A dos días de que venciera el plazo de las autoridades para dejar el terreno, Andrés Pérez cerró por fuera el candado de Matucana. Lloraba inconsolablemente. luego tomó un receso indefinido en la compañía (“Estoy disfrutando de esta cesantía técnica”, dijo), y le habían ofrecido un espacio en el antiguo Galpón 7 de Bellavista, más cerca de su departamento en calle Mallinkdrot. Allí reestrenó La huida, y estaba escribiendo, contaba, un libro autobiográfico y una nueva obra sobre la vida de Violeta Parra. Ambos textos desaparecieron el día en que entraron a su casa y le robaron el computador.

En septiembre del mismo año la compañía viajó a Córdoba a una gira de tres semanas. Andrés Pérez estaba invitado al Festival Internacional del Mercosur con dos de sus obras, Visitando El principito y La huida. “Él ya estaba muy flaquito y con dolores. Había un médico que lo pinchaba antes de salir al escenario”, cuenta Andrés Gutiérrez, uno de los intérpretes que lo acompañaban. “Íbamos a hacer la última función de la gira en el gimnasio de un colegio, cuando Andrés nos juntó a todos en el camarín y nos contó que estaba enfermo, pero no de qué: ‘Esta va a ser la última vez que voy a actuar y a dirigir. Y probablemente sea también la última vez que nos veamos. A la vuelta todos pensábamos que era cáncer”. Otro miembro de la compañía revela que solo algunos supieron durante ese mismo viaje que el director estaba enfermo de Sida.

“Tras dos meses internado y de pasar por la polémica cama número 8, que meses más tarde desataría un caso judicial por la muerte de 25 pacientes debido a un error en los ductos de aire y oxígeno, Andrés Pérez falleció el 3 de enero de 2002”.

El resto de la historia es conocido: el 1 de noviembre ingresó al Hospital San José, aquejado de una neumonitis severa. Se hicieron funciones de la Negra Ester para reunir fondos y comprar sus medicamentos, Rosa Ramírez tuvo que ahuyentar a los periodistas en el hospital; y el Sida, que a esas alturas había dejado de ser un secreto a voces, se había convertido para muchos en un eufemismo incómodo. Tras dos meses internado y de pasar por la polémica cama número 8, que meses más tarde desataría un caso judicial por la muerte de 25 pacientes debido a un error en los ductos de aire y oxígeno, Andrés Pérez falleció el 3 de enero de 2002.

“El Sida y la burocracia matan a un creador”, tituló Las Últimas Noticias al día siguiente. La comunidad teatral lo veló durante horas, con cuecas, música y poesía arriba del escenario del ex Teatro Providencia. Después su ataúd viajó casi 120 kilómetros hasta el Cementerio Parque del Sendero de Villa Alemana, a bordo de la misma micro vieja y destartalada que sólo meses algunos antes había logrado que echaran a andar en Matucana, y cuyo rótulo decía “Línea Andrés Pérez Araya”.

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