Columna de Mario Desbordes: El agua como política de Estado

Transcurrida una década de sequía, es necesario tomar decisiones que garanticen el agua para el consumo humano y un desarrollo sostenible de la agricultura, la minería y las comunidades. El próximo gobierno deberá resguardar la seguridad hídrica del país. Esta es una condición fundamental para la viabilidad del orden económico y político, así como para la subsistencia de nuestro pueblo.

Cuando en 1948 Israel daba sus primeros pasos como nación independiente, uno de los primeros desafíos que debió enfrentar fue el carácter desértico de su territorio, el cual no poseía suficiente agua para satisfacer las necesidades de la población. Gracias a la acción decidida del Estado, traducida en una fuerte inversión en educación y tecnología, Israel no sólo solucionó el problema de abastecimiento, sino que se convirtió en el primer exportador mundial de tecnologías hídricas, llegando a proveer de agua incluso a países vecinos. Este es el mismo camino que siguió Arizona, la que, ubicada en medio del desierto, logró convertirse en poco tiempo en un verdadero referente mundial en el manejo de estos recursos.

Experiencias como la de Israel o Arizona, son ejemplos que debemos mirar para solucionar la devastadora crisis hídrica. Chile no está atravesando una sequía estacional más. La escasez de agua que la última temporada estival afectó severamente a 104 comunas, es una consecuencia permanente del cambio climático, que está transformando radicalmente la fisionomía del paisaje nacional y a cuya solución no contribuye el uso actualmente descontrolado del recurso. La misma radicalidad usada para enfrentar el cambio climático, por medio de la descarbonización de la matriz energética, debemos aplicarla para adaptarnos y mitigar sus efectos.

Carece de sentido perder tiempo discutiendo si desprivatizar o no el agua, cuando en pocos años más muchas cuencas no tendrán siquiera un litro para repartir. No disponemos tampoco de las décadas requeridas para esperar los inciertos resultados de la construcción de embalses, cuando el cauce de los ríos habrá disminuido aún más, a causa del acelerado derretimiento de los glaciares. Basta con ver lo que sucede con los ríos Huasco, Limarí, Choapa, Petorca, La Ligua, Aconcagua, Mapocho, Cachapoal, Tinguiririca, Teno y Maule, cuyos caudales presentaban, en agosto de 2019, entre un 54 y 94% de déficit respecto al período 1981-2010.

“Experiencias como la de Israel o Arizona, son ejemplos que debemos mirar para solucionar la devastadora crisis hídrica. Chile no está atravesando una sequía estacional más. La escasez de agua que la última temporada estival afectó severamente a 104 comunas, es una consecuencia permanente del cambio climático”.

Transcurrida una década de sequía, es necesario tomar decisiones que garanticen el agua para el consumo humano y un desarrollo sostenible de la agricultura, la minería y las comunidades. El próximo gobierno deberá resguardar la seguridad hídrica del país. Esta es una condición fundamental para la viabilidad del orden económico y político, así como para la subsistencia de nuestro pueblo. 

Escuchando la voz de los territorios, estudiando los informes emitidos por sucesivas comisiones nacionales e internacionales, y recibiendo el invaluable aporte de connotados científicos e hidrólogos, en especial del Prof. Pablo García Chévesich de la Universidad de Arizona y del Programa Hidrológico Internacional de Unesco, nos encontramos actualmente elaborando un plan con el que esperamos sumar voluntades para aplicarlo como una auténtica política de Estado. 

No basta consagrar el derecho humano al agua, ni un nuevo código; necesitamos consolidar a la brevedad un sistema nacional autónomo, capaz de modelar hidrológicamente y planificar territorialmente cada una de las 101 macrocuencas y respectivas microcuencas, que otorgue información en tiempo real (“ley del medidor”), que permita gestionar el agua de forma sustentable y  tomar decisiones respecto del uso de los suelos: qué se puede y no se puede producir en cada valle, a fin de prevenir conflictos sociales y crisis ambientales. Debemos actuar a tiempo, antes que la escasez termine por enfrentarnos los unos con los otros por el uso del agua y el suelo. Aprendamos de la historia; ella nos enseña lo mucho que cuesta cicatrizar las heridas abiertas por este tipo de conflictos. 

“No basta consagrar el derecho humano al agua, ni un nuevo código; necesitamos consolidar a la brevedad un sistema nacional autónomo, capaz de modelar hidrológicamente y planificar territorialmente cada una de las 101 macrocuencas y respectivas microcuencas, que otorgue información en tiempo real (“ley del medidor”), que permita gestionar el agua de forma sustentable y  tomar decisiones respecto del uso de los suelos: qué se puede y no se puede producir en cada valle, a fin de prevenir conflictos sociales y crisis ambientales”.

En los próximos 4 años debe producirse un salto radical hacia el uso eficiente del agua; no sólo a través de programas de educación para su cuidado e incentivos a nivel local y doméstico (como sistemas de captación de aguas lluvia en techos, jardines y calles, incentivos a la desviación de aguas grises y al reemplazo del césped por xerojardines); sino también mediante una revolución tecnológica nacional orientada a no perder ni una sola gota de agua. 

Hoy la agricultura es la principal consumidora de agua, algo que podría cambiar si incorporáramos eficiencia. En Israel más del 80 % de las aguas residuales son tratadas y usadas en la producción de alimentos. En Chile podemos triplicar la producción agrícola, usando solo una parte del agua que se utiliza hoy, aumentando el riego tecnificado, el uso de hidrogeles (que reducen el consumo hasta un 90%), invirtiendo en desalación y sistemas de irrigación para transportar agua dentro de cada cuenca y rellenar los acuíferos, así como en el desarrollo de tecnologías asociadas (big data e inteligencia artificial), además de una política eficiente de forestación para “plantar agua”.

La viabilidad de llegar a ser una potencia agroalimentaria depende de esta urgente transformación. Esto no solo porque nos volverá más competitivos, sino porque progresivamente los mercados internacionales irán cerrando sus puertas a los productos que no hayan sido elaborados de forma sustentable.

Esta revolución tecnológica no se producirá de forma espontánea. Corresponderá al Estado tomar la dirección del proceso, superando la mirada cortoplacista y generando estímulos necesarios para llevarla a cabo. Chile tiene el desafío de resolver esta crisis, la que al mismo tiempo constituye un pie forzado que aumentará los niveles de complejidad de nuestra economía. Los recursos existen, la necesidad es apremiante. Falta la decisión política. 

“La viabilidad de llegar a ser una potencia agroalimentaria depende de esta urgente transformación. Esto no solo porque nos volverá más competitivos, sino porque progresivamente los mercados internacionales irán cerrando sus puertas a los productos que no hayan sido elaborados de forma sustentable”.

*Candidato presidencial RN-PRI

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