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Opinión

1 de Julio de 2021

Columna de Lina Meruane: En boca cerrada

La gordofobia ha llevado a desvalorar y discriminar a las personas (sobre todo a las mujeres) con más kilos que los que la norma acepta. Y se ha ido asentando peligrosamente en nuestros imaginarios sociales, nuestras maneras de ver y de pensar en los demás, así como en nosotras mismas.

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Me quedo boquiabierta leyendo que unos dentistas ingleses instalaron en las muelas de seis pacientes un dispositivo que, imanes mediante, impide abrir la boca más de dos milímetros. Lo suficiente para introducir, no sin aplastarla antes, una pajita entre los dientes y sorber desde ella un poco de agua o de helado derretido. Si siempre he temido las tortuosas visitas al dentista –todavía sueño con el que apretaba mis frenillos y me dejaba sin dormir, con la que me hacía aguantar, para no anestesiarme, un poquito más de dolor, con los que sucesivamente han escarbado mi sarro dental con una finísima y dolorosísima hoz, por no mencionar al que me extrajo varios premolares y agujereó mis muelas cariadas–; si de grande empecé a espaciar esas visitas necesarias, ahora empiezo a pensar en la dentística con verdadero espanto.

Me pregunto si la creación de esos imanes-sella-bocas estará vinculada al hecho de que los dentistas ingleses se quedaron sin clientes en medio de una pandemia que ha hecho del aliento ajeno un peligro. Me contesto que la pandemia no pudo empujarlos a aliarse con nutricionistas y gastroenterólogos simplemente porque este no es el primer intento de disciplinamiento interdisciplinario: ya complotaron amarrando mandíbulas con alambre para impedirle a algunos comer a sus anchas en la década de los 80, durante el furor de las dietas más descabelladas (la dieta de la carne que sube el colesterol, la dieta de la luna y tantas más), y el auge de los gimnasios. Eran los años del no pain no gain, que instaló un radical desprecio hacia la gordura y la asoció a la flojera, a la falta de voluntad, a una inmoralidad improductividad en tiempos de auge capitalista.

Al auxilio de esa lógica productiva salió la declaración de la “epidemia de la obesidad” y la consecuente “guerra” contra la grasa que desentonaba con los tiempos. El discurso médico (y sospecho que el dental) apuntaló que la gordura era un mal de alto riesgo. Los gordos significaban un gasto extraordinario para el adelgazado sistema de la salud pública. Los gordos y las gordas iban a morir antes. Las gordas iban contra las expectativas de vida del mundo desarrollado. La laboriosa industria biomédica salió al rescate entonces con la cirugía bariátrica que, además de invasiva, irreversible y vitamínicamente desnutridora (que obliga a inyecciones suplementarias de por vida), demostraría ser ineficiente aun desde sus propios criterios: en un porcentaje desconcertante de casos, las personas, en su mayoría mujeres, sometidas a dicha intervención duran delgadas un año o dos antes de regresar al peso anterior o superarlo.

Acaso la “genialidad” del mentado mecanismo-imantador-de-dientes, último hito de esta saga, es que le impide a los pacientes incluso la queja: al no poder abrir la boca sólo logran comunicarse moviendo esforzadamente la lengua contra el paladar. No soy la única en levantar la voz de alarma (aprovechando de batir la mandíbula mientras pueda), porque, analizando el detalle más perturbador, ese cinturón-de-castidad-oral se ha probado exclusivamente en mujeres. En seis mujeres inglesas que acataron la prueba y no usaron nunca el abridor-de-bocas que también se les proporcionó porque algunas mujeres son, incluso contra sí mismas, tan cumplidoras.

Al auxilio de esa lógica productiva salió la declaración de la “epidemia de la obesidad” y la consecuente “guerra” contra la grasa que desentonaba con los tiempos. El discurso médico (y sospecho que el dental) apuntaló que la gordura era un mal de alto riesgo.

Pero a lo que iba: la gordofobia ha llevado a desvalorar y discriminar a las personas (sobre todo a las mujeres) con más kilos que los que la norma acepta. Y se ha ido asentando peligrosamente en nuestros imaginarios sociales, nuestras maneras de ver y de pensar en los demás así como en nosotras mismas. Pienso, por ejemplo, en las bulimias y las anorexias que desde los 80 se multiplicaron en jóvenes inteligentes y perfeccionistas como formas extremas de responder a la presión normativa de la delgadez: cientos de muchachas que enfermaron y enferman, murieron y todavía mueren de inanición, en una obediencia al mandato en clave suicida. Pienso que a nuestra única presidenta la llamaban, para ningunearla, “la gordi”, mientras que a ningún político se lo describiría en esos términos. Y pienso en la creciente frecuencia con que en las redes se insulta y humilla a las mujeres por sus cuerpos en general y por la talla que usan, en particular. Como si importara lo que pesa el cuerpo de la vecina, la compañera de trabajo, la profesora, la cajera, la hermana o la tía. Y es que lo que desata las iras no es el peso per se sino ese asentado deseo de controlar los cuerpos de las mujeres, de disciplinar, incluso rabiosamente, desde cómo se ven hasta qué hacen (o hacemos) con ellos. Y ese sí es un síntoma odioso, profundamente preocupante, tanto más que el de las diversas formas que toma un cuerpo.

Pienso que a nuestra única presidenta la llamaban, para ningunearla, “la gordi”, mientras que a ningún político se lo describiría en esos términos. Y pienso en la creciente frecuencia con que en las redes se insulta y humilla a las mujeres por sus cuerpos en general y por la talla que usan, en particular.

*Lina Meruane es novelista, ensayista y docente. Entre sus últimos libros se cuentan la novela “Sistema nervioso” y los ensayos “Contra los hijos” y “Zona Ciega”.

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#anorexia#bulimia#gordofobia

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