Antonia Larraín, comunicadora y activista: “Algunos se burlan de mí porque no soy lo suficientemente gorda”

La también Modelo XL acaba de publicar un libro “Cuerpo Sin Vergüenza”. Aquí habla de su cuerpo, de la gordofobia, de sus traumas, de su sexualidad, de feminismo y de ser una Larraín.

Antonia Larraín es una mujer real que tiene un hijo y varias estrías. Ella es una comunicadora, una feminista relevante, una activista de varias causas y además publicó hace algunas semanas un libro sobre su cuerpo. Su cuerpo es grande y famoso: Antonia ha sido una importante Modelo XL, una belleza de carne y hueso, un paradigma de naturalidad, una chilena inmensamente normal que en Chile tiene dificultades para comprarse un pantalón. Su libro se llama Cuerpo Sin Vergüenza y narra el camino de autoaceptación que la llevó a ser quien es hoy. Allí relata que ella siempre fue deslumbrante: mide casi 180 centímetros y pesa más de cien kilos.

-Me molesta la palabra obesa- aclara tajante. Esa palabra la remonta a una enfermedad, a doctores, a nutricionistas redactando a prisa la dieta del milagro.

Y continúa sin incomodarse:

-Prefiero que me digan gorda- comenta sin perturbarse.

-¿Usted se siente gorda?

-Yo soy gorda.

-¿Cuándo alguien es gordo?

-Bueno, hay mucha gente en la zona gris. Gente no suficientemente flaca. Pero yo soy gorda y el concepto de gordura es subjetivo, al menos por IMC los kilos y la falta de talla de ropa me definirían como gorda.

En el libro relata la trayectoria de su figura. Cuenta, además, la noción que siempre tuvo de su anatomía. El bullying, los chistes, el murmullo, los apodos, el comentario alusivo a su alimentación.

-Igual, para algunos, la palabra gorda todavía incomoda- reconoce.

-¿Hay rechazo al gordo?

-Aquí hay gordofobia.

Justo este jueves ella se internó en las redes sociales y capturó a una mujer que promovía una dieta extrema. Y la denunció con valentía. Esas dietas pueden matar. Esas dietas alteran la conciencia. Entonces recibió una avalancha de insultos. Según parece, una horda de flacos vengativos invadió su casilla. Le dijeron: “Gorda, ¿por qué no pegas tu foto en el refrigerador para que así no comas más?”. Le dijeron: “No hay persona obesa que esté sana”. Le dijeron: “Vas a morir con ese grado de obesidad”. Incluso le dijeron: “Para de lucrar con la industria de la belleza”. Ese último comentario mordaz tiene relación con que ha sido el rostro de marcas que fomentan el realismo comercial, que apuntan al consumo de los normales, a las tallas grandes. O también, esos comentarios apuntan a que da charlas que resultan tolerantes con el sobrepeso, que da consejos para que cada cual esté feliz con el volumen que tenga.

-Y dicen que promuevo la muerte- desliza.

Añade:

-Algunos se burlan de mí porque no soy lo suficientemente gorda.

Ríe. Animadamente el reportero se suma a las risas.

-Otros dicen que gano plata con la inseguridad de la gente. Ja.

-Ja- aporta, involucrado, el reportero.

-O sea, uf…- se ofusca la comunicadora-…¡yo soy la que critico a las industrias que lucran con esta inseguridad! Me encantaría que la salud fuera mejor. Que todos aprendieran a comer bien y sano. Que se pudiera controlar la ansiedad.

Hace una pausa que, en verdad, es un repliegue para levantar más la voz.

-¡Yo puedo trabajar en otras cosas, pero en este momento es absolutamente necesario que haga visible estos temas! Hay un estudio que dice que cerca del 90% de las mujeres está disconforme con su apariencia.

-Y los hombres también- aporta el reportero.

-Por supuesto. Lo que pasa es que a los hombres no se les enseña a hablar de este tema.

-¿Qué pesadillas tiene?

-De que soy abusada sexualmente.

-¿Es una pesadilla recurrente?

-También que me persiguen personas cercanas. También tengo pesadillas con mujeres desaparecidas.

Y se queda un instante en silencio. Y, desde el Distrito 10, como dice a la zona en que reside para no dar pistas a los que la odian, mira la pantalla de su computador sin rastros de traumas. Y se queda firme, como una activista junto a su bandera.

La parte oscura

-¿Quiso ser flaca?- pregunta el reportero.

Y ella abre los ojos y dice:

-De eso se trató mi vida, pero ya no.

Antonia Larraín desde chica estuvo peleada con su aspecto. Fue al psiquiatra, fue a la nutricionista, se puso un balón intragástrico y tomó pastillas antidepresivas. Una vez tomó tantas que cayó desmayada, ida, próxima a la muerte. A veces se cortaba los brazos porque estaba enfurecida consigo misma.

Por años trató de esconder su cuerpo. Su primera relación sexual fue con la polera puesta. Pololeó un año y medio con ese joven cortés y jamás se sacó la polera.

-Mi primera relación sexual fue con ropa.

-¿Cuándo logró sacarse la polera?

-Con mi segundo pololo. Lo que pasa es que yo era su primera polola, entonces él no tenía con quién compararme.

Una vez fue a hipnotizarse para que le anularan la urgencia por comer. Ha pasado de dieta en dieta, de fórmula milagrosa en fórmula milagrosa. No se puso el traje de baño por muchos veranos. Cuando repasa su fiesta de graduación, no recuerda la fiesta: recuerda la dieta que hizo para ir a la fiesta.

-Soy una de esas mujeres que, como tantas otras, llegaba a pasar tres horas al día pensando en cómo cambiar mi cuerpo.

Tres horas al día, repite despacio.

Mi primera relación sexual fue con ropa.

-¿Qué significa pasar la juventud intentando cambiar la forma de tu propio cuerpo?

-Significa que has perdido mucho tiempo.

-¿Todavía quiere ser flaca?

-Ya no quiero ser flaca. Por todo eso que he hecho en mi vida, por todo lo que he sufrido por tratar de cambiar, por todo eso no quiero ser flaca nunca más.

-¿Le caen mal los flacos?

-Noooo- grita.

No es, aclara, una pelea entre flacos y gordos. Cada cual habla desde su propio espacio. Los flacos no son mala onda, hay flacos pacíficos que comen sin parar, que portan la lombriz solitaria, que no se ufanan de estar en los huesos. Mi mamá, dice, pesa 50 kilos y me cae bien. Mis amigas, dice, miden menos de 1.60 centímetros, pesan como 45 kilos, y me caen bien. No hay envidia, rabia, celos. Y repite: Todo bien con los flacos.

Ya no quiero ser flaca. Por todo eso que he hecho en mi vida, por todo lo que he sufrido por tratar de cambiar, por todo eso no quiero ser flaca nunca más.

-¿Y en qué momento dejó de darle vergüenza su cuerpo?

-Cuando esto se volvió política. Esto es resistencia. Y la resistencia es política. Ahora ya llevo seis años hablando de esto.

Su cuerpo, finalmente, ha resultado ser su sustento. El modelaje la llevó a las cumbres, a las playas. Modeló trajes de baño, bikinis, escotes. La joven que se tapó por años, la que perdió la virginidad vestida hasta la mitad, lucía un cuerpo impresionante. Y, años después, escribía Cuerpo Sin Vergüenza.  

-Soy bisexual.

-Fabuloso.

-Sí. Modelo XL, feminista, bisexual.

-Perdone, desde la ignorancia, ¿qué es en concreto ser bisexual?

-Sentir atracción por personas de mi mismo género u otros géneros.

-Eso es intenso- murmura el reportero.

-Ahora, en general no soy una persona muy caliente. Me tiene que gustar la persona, independiente del género.

Amó a hombres, amó a mujeres. Jamás ha consentido un trío, con todos los géneros humanos en la misma cama. Desde hace dos años ha tenido relaciones más serias con mujeres.

En general no soy una persona muy caliente. Me tiene que gustar la persona, independiente del género.

-En términos metafóricos, ¿se ha sacado la polera con las mujeres?

-No es lo mismo con las mujeres- sonríe.

-¿Por qué?

-Las mujeres entienden toda la presión que hay por los estándares de belleza. Y con una mujer una se siente más segura.

Antes, admite, producto de su inseguridad, quiso operarse las llamadas pechugas. “Tengo 118 centímetros de busto. 100 centímetros de cintura. 128 centímetros de cadera. Uso sostenes Triple Copa D”, asegura. “Pero ya no. No quiero dejar ese ejemplo para las futuras generaciones”, afirma Antonia, empoderada, firme.  

Y sonriendo.

La parte brillante

-Y ahora también es una activista del feminismo.

-Así es.

-¿Qué es ser, como usted se define, una comunicadora feminista?

-Todo lo que yo comunico es idealmente en perspectiva de género.

Ha visto que muchos hombres ahora dicen: “Y ahora no se puede decir nada”. Pero también ha visto a hombres que han entendido. Dice que los hombres no son en sí mismo algo malo.

Las mujeres entienden toda la presión que hay por los estándares de belleza. Y con una mujer una se siente más segura.

-¿Ha visto mujeres que se exceden con el feminismo?

-El feminismo nunca se excede, las personas sí. También he visto mujeres instrumentalizar el feminismo.

-Antonia, ¿usted dice la expresión “todes”?

-El lenguaje inclusivo me parece muy importante. Es parte de todas mis redes y proyectos. Pero no obligo a nadie usarlo.

-¿A sus hermanos les dice “hermanes”?

-Pero en talla.

Al rato, en un viraje de la conversación, revela que es una exótica Larraín, una nieta del Mago Larraín, una sobrina de los otros Larraín: Nicolás, Fernando, y esa acumulación de extravagantes. Y, como por sus venas corre la locura elegante, Antonia, al terminar cuarto medio, recibió una exigencia a la inversa:

-¡Tú vas a estudiar teatro y se acabó! 

Fernando, dice, es especial. Nicolás, dice, es un magnífico papá que jamás deja de correr. Mi papá, dice, votó RECHAZO. Mi mamá votó para constituyente por un liberal de izquierda. Una familia luminosa, plagada de puntos de vista.

Pasan unos segundos, ella mira el teléfono y el reportero lo entiende. Entonces apura sus últimos comentarios.

Hay mujeres que instrumentalizan el feminismo. Pero las personas se exceden, no el feminismo.

-Antonia- le dice.

-¿Sí?

-¿Usted considera que es preciosa?

-A veces.

-¿Y hoy?

-Hoy me maquillé, aunque no me he bañado. Pero sí, puede que hoy esté preciosa.

Ella lo dice con seriedad. Y agrega:

-En todo caso la belleza está sobrevalorada…los hombres creen que lo mejor que se puede decir es que una mujer está bonita.

El reportero comprende el mensaje y le dice:

-Usted es brillante.

Ella asiente.

-¿Y está bien la relación con su cuerpo?

-Hoy somos amigos.

-¿Yuntas?

-A veces nos peleamos. Como pasa con los amigos- y la comunicadora, la escritora, la activista, la modelo, la XL que dejó de sufrir, estira la mano y se despide con un gesto extrovertido. Y se va brillando, como si nunca hubiese sentido vergüenza.

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