Columna de Paulina del Río: El duelo en tiempos de Covid-19

Perder a un ser querido por Covid-19 es distinto. El dolor puede ser avasallador a ratos, pero vamos a salir de ese estado con el tiempo y el auxilio de nuestros recursos internos y externos.

“¿Qué va a ser de mí?”, me pregunté en innumerables ocasiones después de perder a mi hijo mayor hace dieciséis años. El dolor, el miedo, el desamparo, la sensación de no controlar nada eran sólo algunos de los efectos de ese cambio radical, de esa bomba atómica que había detenido la vida de quienes lo conocíamos y queríamos. Hoy, después de tanto tiempo, volvemos a enfrentarnos como realidad o amenaza a un duelo en el que ni siquiera podemos recurrir a los rituales comunitarios que por algo se han mantenido durante siglos.

Perder a un ser querido por Covid-19 es distinto. Se dificulta la compañía de nuestra familia y amigos, de los vecinos, de los compañeros de trabajo o estudio, de esa red de apoyo que nos permite afrontar las dificultades con la certeza de que no estamos solos. Desde el momento en que nos despedimos junto a la ambulancia o en el hospital, quedamos impotentes ante lo desconocido. No hay visitas, la comunicación con el enfermo es limitada y, si nos avisan que será intubado, sólo nos queda esperar, esperar, esperar. Y si la enfermedad provoca la muerte, quedamos indefensos frente a una de las experiencias más traumáticas que atravesaremos en nuestra vida.

Quizás el punto de partida de este camino largo y desértico sea asumir que vivimos tiempos extraordinarios. Nuestro duelo será diferente: no podremos ver ni tocar el cuerpo, no habrá velorio, al funeral asistirá sólo un puñado de personas, no nos reuniremos después a compartir los recuerdos y anécdotas que nos consuelan al confirmar que dejó huella.

No hay visitas, la comunicación con el enfermo es limitada y, si nos avisan que será intubado, sólo nos queda esperar, esperar, esperar. Y si la enfermedad provoca la muerte, quedamos indefensos frente a una de las experiencias más traumáticas que atravesaremos en nuestra vida.

Especialmente en los inicios del proceso de duelo, además de la pena y la angustia podremos experimentar problemas físicos que se manifiestan por ejemplo en trastornos del sueño, del apetito o del ánimo. Es aquí donde el autocuidado y la mantención de ciertas rutinas como las horas de comer o de acostarnos resultan fundamentales. Sin embargo, también es preciso darnos tiempo para sentir a fondo todas las emociones que nos invadan, porque reprimirlas tarde o temprano las hará resurgir en formas menos sanas.  Puede ser que levantarnos de la cama nos parezca inalcanzable y habrá días en que simplemente no lo lograremos; poco a poco, en nuestro tiempo y a nuestro ritmo, daremos pequeños pasitos que nos servirán de impulso para los siguientes. También habrá momentos que interpretaremos como retrocesos, pero no es así: el duelo es más una montaña rusa, con subidas y bajadas, que un proceso lineal en el que debemos movernos sólo hacia adelante. Y no, no nos estamos volviendo locos; el dolor puede ser avasallador a ratos, pero vamos a salir de ese estado con el tiempo y el auxilio de nuestros recursos internos y externos. 

Debemos recordar, asimismo, que en pandemia no solo vivimos un duelo por nuestro ser querido, sino que ya estábamos experimentando otros duelos.  Es probable que nuestro luto se sume a la pérdida del trabajo o a la inseguridad económica e incluso alimentaria; a la imposibilidad de reunirnos con amigos y familiares, particularmente en ceremonias o celebraciones tradicionales; a la postergación de planes y sueños; y a una infinidad de otras circunstancias que vuelven más ardua la travesía. 

Expertos de diversas áreas y países llevan varios meses estudiando y proyectando las repercusiones futuras de un proceso carente de ciertas herramientas imprescindibles, y agravado por el obligado aislamiento y la consiguiente soledad.  El duelo requiere una narrativa personal y grupal; por el contrario, este luto pandémico debe transcurrir en condiciones que impiden el relato y pueden incapacitarnos para cumplir nuestras funciones esenciales.  Los investigadores se preocupan por lo que podría convertirse en un problema de salud pública que continúe sobrecargando a los equipos sanitarios.

Debemos recordar, asimismo, que en pandemia no solo vivimos un duelo por nuestro ser querido, sino que ya estábamos experimentando otros duelos.  Es probable que nuestro luto se sume a la pérdida del trabajo o a la inseguridad económica e incluso alimentaria; a la imposibilidad de reunirnos con amigos y familiares, particularmente en ceremonias o celebraciones tradicionales; a la postergación de planes y sueños; y a una infinidad de otras circunstancias que vuelven más ardua la travesía. 

¿Cómo podemos entonces ayudarnos y ayudar frente a una pérdida por Covid-19?  Adaptando a esta época excepcional las medidas que normalmente se aconsejan para los dolientes y su entorno, para lo cual podemos utilizar cualquier vía de comunicación.  Empecemos por identificar y validar nuestros sentimientos y emociones como parte del duelo. Incluso esos que consideramos negativos – culpa, miedo, angustia, rabia – cumplen un rol importante y el aceptarlo nos alivia. No comparemos nuestro duelo con el de otros, ya que cada uno reacciona según su propias características e historia: no existe un “dolorímetro”. 

Ofrezcamos a los deudos nuestra oreja empática y nuestra colaboración práctica.  Hablemos del fallecido y de las circunstancias de su muerte, sin importar si eso hace llorar al doliente o a quienes lo sostienen; las lágrimas alivian.  Reemplacemos los rituales por otros que resulten más practicables, individualmente o con los demás por medios remotos. Entendamos que el duelo no es una enfermedad, sino un proceso adaptativo natural, de raíces biopsicosociales; no obstante, mantengámonos atentos a señales de mayor complejidad – por ejemplo, de depresión o riesgo suicida – que exigen la intervención de profesionales idóneos. 

Empecemos por identificar y validar nuestros sentimientos y emociones como parte del duelo. Incluso esos que consideramos negativos – culpa, miedo, angustia, rabia – cumplen un rol importante y el aceptarlo nos alivia. No comparemos nuestro duelo con el de otros, ya que cada uno reacciona según su propias características e historia: no existe un “dolorímetro”.

En conclusión, las personas que sufren necesitan del otro, de su tribu, porque el dolor compartido se hace más liviano.

* Paulina del Río J. es presidenta de la Fundación José Ignacio, que informar y sensibiliza acerca del suicidio.

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