José Soza, actor y leyenda: “Sólo soy un alcohólico que, por el momento, no está tomando”

Ha tenido un año histórico: ganó un premio importante y acaba de cumplir 75 años. Por eso aquí aprovechamos de revisar aspectos relevantes de su vida. El éxito, el reconocimiento, su alcoholismo, su timidez, su inseguridad, su depresión, su renacer. Las luces y las sombras de un gran artista.

Esta es una historia que gira en torno a los sabores y a los sinsabores de la genialidad. Un hombre tranquilo nacido en Teno ha cumplido 75 años y de pronto evalúa su vida. Este hombre se llama José Soza, el actor, el talento a secas, y ha sido visto en treinta y cinco teleseries.

-Me cuesta esto…- desliza despacio.

-¿La vejez?

-La vejez- asiente, y se toca la barba blanca, de sabio, mientras figura sintonizado en una videollamada. Está en su casa en La Reina, solo como siempre, con sus gatas cerca. Parece un Quijote ronco.

-Bueno, gracias- le gusta el elogio.

Es que es un genio adherido a un vozarrón. Pero no es el de las portadas, eso es para Rudolphy o para la madurez agraciada de Melo. Tampoco es la belleza natural, eso es para un Matías Assler y su mirada azul, para un Vicuña y su sonrisa imponente. Este es el actor de la penumbra, el capo en silencio, es el secundario, el que luce desde la orilla. Por algo, murmura, no se acomoda bajo los reflectores. Esa luz debilita el profesionalismo. Por algo vive callado escuchando a Mozart. Y por algo, hasta uno de sus personajes más relevantes lleva el nombre Segundo. La referencia es a Segundo Fábrega, el enamorado trágico de Sucupira, uno de los roles chicos que José Soza terminó por agrandar.

-Bueno, la verdad es que no puedo negar que me saluda la gente- admite a la fuerza, a causa del interrogatorio.

-¿Qué le dicen?

-Buenas palabras. Sí, la verdad es que es muy bonito.

Y se calla.

Según parece, José Soza siempre cree que es un impertinente.

-¿Por qué es tan tímido?

-Siempre lo he sido. Desde niño. Lo tomo como una enfermedad, algo contra lo que siempre estoy luchando.

-¿Y gana?

-A veces. Ja.

Y se calla.

Su currículum está compuesto por una enorme variedad de ovaciones. Ha ganado cuatro premios Apes, dos premios Altazor, un premio Fotech. El Congreso de Chile, milagrosamente unificado, premió su trayectoria el 2008. De pie. Y le colgaron al cuello la Medalla de Honor, el distintivo de los héroes. Y hace unos meses, aun cuando sigue envejeciendo como todo el mundo, demostró que es un artista interminable: ganó el Premio Caleuche por protagonizar El Hombre del Futuro.

-Ja- ríe, contrariado.

Es una risa de nervios.

-¿Cuál es su pensamiento recurrente en la actualidad?- preguntamos.

-Mi pensamiento recurrente en la actualidad es: ¿Y qué viene?

-¿Para la humanidad?

-Para todos. Para mí.

-¿Y qué viene, señor?

-Lo ignoro. Por eso me lo estoy preguntando.

Un poco de luz

De momento, lo que viene para José Soza es levantarse diariamente a las nueve de la mañana e introducirse en un buzo para estar flexible. Chalas, buzo, café. Memoriza un monólogo de María Luisa Bombal. Prepara un proyecto que describe con hermetismo. Luego se inyecta una ópera por las orejas. Recibe a Carolina Sagredo, una actriz versátil, y ensayan posturas de yoga: José Soza es un adolescente longevo que naturalmente ha perdido un poco de agilidad.  

-Y, José, ha llegado a una cifra redonda, de esas que implican una revisión…

-75.

-A sus 75 años recién cumplidos… ¿Qué lo ha deslumbrado de sí mismo?

-Que me hayan resultado algunas cosas. He ganado algunos premios. Hay gente que me quiere. Una vez un joven que estaba volado me dio un abrazo estremecedor en la playa.

Aquel joven feliz, subido a un pito, le dijo que una escena de José Soza le cambió la vida. Y son muchos los que lo abrazan.

Mi pensamiento recurrente en la actualidad es: ¿Y qué viene?

-¿Y qué lo ha decepcionado en sus 75 años?

-Las relaciones humanas. Me han costado mucho. Soy muy tímido y a la vez muy exigente. Soy muy crítico de mí mismo. Y por ejemplo ahora me siento muy mal de estar solo.

-¿No tiene a nadie, José?

-Tengo un hijo.

-¿Lo quiere?

-Lo quiero. Vive en Concepción.

-¿Le ha costado el amor?

-El teatro…- revela a tientas.

-Usted se enamoró del teatro…

-El teatro es mi vida- y le brillan los ojos.

Y retoma:

-El teatro siempre se metió en mis relaciones. No sé… los ensayos, las funciones… Y antes la soledad no me afectaba. Pasaba estudiando. Pero, claro, con la edad empieza a afectar…

-¿Ha reflexionado en esta era pandémica?

-Mucho.

-¿Utiliza la noche como espacio de reflexión?

-No tanto, fíjate.

-¿Se entretiene en las noches?

-Mm… Es que yo no veo tele. Y tampoco tomo…

Una vez un joven que estaba volado me dio un abrazo estremecedor en la playa.

-¿Es usted un actor que no toma?

-Yo soy alcohólico, amigo. Ahora estoy chantado.

-¿Es o fue un alcohólico?

-El alcohólico lo es para siempre. Sólo soy un alcohólico que, por el momento, no está tomando.

El reportero pone cara de póker, pero interiormente está remecido.

José Soza padece los estragos del talento. Luces y sombras. Aplausos y fantasmas. Nació un 26 de junio de 1946 y está destinado a convivir con dos mundos, el cielo y el infierno.

Un montón de sombra

A lo largo de su vida ha luchado encarnizadamente con su interior. La timidez, ese flagelo que vas más allá de guardar silencio, le ha puesto obstáculos. Ha sido inseguro por 75 años. A lo largo de su vida este hombre ha tenido que desafiar a Dios y un día le exigió que lo volviera interesante, que le diera una señal. José Soza, en Talca, le exigió a Dios que lo hiciera volar. Y Dios se quedó de brazos cruzados. Hasta que en 1976 a este artista se le apareció el diablo.

-Los milicos…

-¿Qué pasó?

-Me raptaron.

-¿Cuál era el motivo?

-Yo hacía teatro callejero con la gente de la CUT, obras sociales, didácticas. Un vecino sapeó a los milicos que yo podría estar en algo raro.

Había tomado un taxi, lo interceptaron. Lo bajaron, le pegaron y, llegando al punto clímax del equívoco, lo llevaron al Estadio Nacional: lo torturaron durante una semana.

Tras esa semana José Soza nunca dejó de tener miedo. Por años durmió con ropa al borde de la cama: si botaban su puerta y lo detenían, al menos no estaría en pijama. Y empezó a tomar. Se convirtió en un activo borracho.

Soy muy tímido y a la vez muy exigente. Soy muy crítico de mí mismo.

-El cuerpo no me escuchaba, me mareaba, me ponía paranoico. No quería que nadie me impidiera tomar.

-¿Perdió gente por el alcohol?

-Era difícil para mis parejas. Para todos.

-¿Qué hizo?

-Terapia. Medicamentos. Esto es una adicción. Una enfermedad. Ser alcohólico es una desgracia…

-Disculpe, José, pero… ¿Algunas de sus grandes actuaciones han sido bajo los efectos del alcohol?

-No.

-¿Ha cometido locuras en estado de ebriedad?

-No. Soy más para adentro.

En una oportunidad no pudo memorizar un texto y entonces, como dice, se chantó. Se cobijó en una terapia, se eternizó en un diván y renació.

-No ha sido fácil…- confiesa.

-¿Todavía hay veces en que usted, como dicen, amanece con ganas de extinguirse?

-Sí. A veces despierto como atrapado por un pulpo. Como que necesito sacarme los rollos. Porque mi trabajo es con las emociones y yo debo estar equilibrado. Y se suman las cosas: yo tengo depresión endógena hace años…

Y mira fijamente la cámara.

El teatro es mi vida.

-¿Tiene controlada su depresión?

-Sí, con terapia afortunadamente. Tengo un sistema nervioso muy frágil, pero actuar me da vida. Para mí actuar es lo que me hace tener fuerzas.

-¿Y si no actúa?

-Me hundo. Me deprimo.

-No tiene que desesperarse…

-No sé… Y como soy inseguro, cuando me toca algún papel yo trato de estudiar el doble, me obsesiono con cualquier actuación que tenga, aunque conste de una sola escena. Y eso es terriblemente pesado. Yo quiero que el personaje me lleve a mí, no yo a él…es algo que tengo que ver…no se puede trabajar con esa angustia.

-Usted es como Marcelo Bielsa…

-No lo cacho.

-¿Cómo? ¿El entrenador?

-Algo supe.

-Es obsesivo. Lo llaman el Loco.

-Ah- no le interesa el Loco Bielsa.

-¿A usted le da miedo perder la razón?

-No, fíjate. No tengo esquizofrenia. Aunque, bueno, cuando estaba con copete yo tenía una paranoia…

-¿Qué era?- el reportero transpira.

-Arañas. Cuando estaba con copete veía arañas por todas partes, sobre mi cabeza.

-¿Y qué hacía?

-Me dormía entre las arañas.

Y ríe, aliviado de haber superado todos esos tormentos.

-Al menos, déjeme decirle- le dice el reportero con devoción genuina- los resultados que logra con sus personajes son asombrosos…

-Afortunadamente me salen.

A veces despierto como atrapado por un pulpo. Como que necesito sacarme los rollos. Porque mi trabajo es con las emociones y yo debo estar equilibrado.

Nos hallamos en medio de las oscuridades de una estrella, en los sinsabores de la genialidad. El actor secundario más completo de Chile ha luchado con todos los fantasmas. A lo largo de 75 años ha enfrentado la depresión, la tortura, el alcoholismo, la soledad, y aquí está. Es Pepe Soza, el héroe del espectáculo.

-¿Siente aún que es un mal actor?

-Yo siempre me digo a mí mismo: “José, eres un estafador”.

-¿Entonces cree que toda la gente, todas las crítica positivas, han sido equivocadas?

Piensa un rato.

-Quizás… la gente… no puede estar tan equivocada- dice con un hilo de voz asombrada. Como si acabara de descubrir la luz.

Y aquí estoy

El infierno, claro, ha sido todo eso, pero al otro lado está el cielo y la epopeya. El ídolo está venciendo a su propio interior. Y por eso, renovado, el premiado José Soza declara a sus 75 años:

-Estoy tratando de ponerme más liviano.

El genio está viendo el resplandor. Este artista que adora a Shakespeare, este valiente que una vez, incluso, derrotó en un juicio a TVN (despido injustificado tras una vida en sus teleseries), avisa que programa dos aventuras teatrales. Y se está acomodando los músculos con el yoga. Pepe Soza se pone en forma, señoras y señores. Pepe Soza vuelve. Atrás queda el infierno, hoy es la etapa de los sabores de la genialidad, la etapa de la fe.

-Quiero interactuar más con la gente, con mis compañeros- afirma prendido.

Tengo un sistema nervioso muy frágil, pero actuar me da vida.

Y ahí está el septuagenario y joven Soza, riendo en una simple videollamada. Con su barba blanca, un sombrero y esa mitológica nariz. La nariz con más carácter del teatro chileno. Nuestro Cyrano de Bergerac.

-Gracias a mí muchos narigones pudieron salir a la calle orgullosos, jajaja.

-¿Y qué lo eleva en la actualidad?

-Me eleva la belleza profunda, amigo. Me eleva escuchar música clásica, étnica, folclórica. Me eleva ver un cerro, el mar, la gente.

Respira y vuelve.

-…y me elevan las buenas personas, los empáticos, los que se preocupan de los demás. Con ellos me quiero encontrar.

-Y, entonces, ahora qué ha cumplido 75 años… ¿Qué le viene a su vida?

-Yo tengo que hacer una cosa.

Yo siempre me digo a mí mismo: “José, eres un estafador”.

-Dígame.

Pepe Soza sonríe.

-Yo tengo que vivir- y mientras él sigue riendo, sin decir una sola palabra más, corta bruscamente la comunicación. Como hacen los impredecibles, como hacen esos genios apurados que acaban de volver.

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