Columna de Rafael Gumucio: Mapuches millonarios

Todo el chiste del sketch “Mapuches millonarios” se basaba en invertir el racismo habitual, por uno contrario. Las situaciones que derivaban de ello eran absurdas, aunque más absurdo me resulta escuchar gente seria y adulta plantear algo parecido al chiste como una forma de reparación histórica. O sea, la vieja teoría del péndulo.

“Mapuches millonarios” se llamaba el sketch. El chiste ya estaba en el título. Era imposible por entonces, 1997, que un mapuche fuera millonario. Una de las formas en que el racismo chileno ejercía todo su peso era justamente relegar al pueblo mapuche a la miseria. Una miseria que no era sólo el de las tierras escasas e infértiles donde los habían relegado después de que Pinochet intentó revertir la Reforma Agraria, sino que se prolongaba en Santiago donde era difícil, por no decir imposible, que quienes llevaban un apellido mapuche sobre los hombros no viviera relegado a los trabajos peor pagados y más exigentes de la cuidad.

El sketch nació no sólo de esta constatación histórica, sino de una noticia que la confirmó: el gobierno de Frei Ruiz Tagle les ofreció a las comunidades de Alto Bío-Bío compensaciones “millonarias” a cambio de que abandonaran sus tierras ancestrales. El chiste se basaba en imaginar que las compensaciones fuesen realmente “millonarias” (eran miserables), permitiéndose a una familia mapuche perfectamente tradicional vivir en los suntuosos salones del Palacio Cousiño.

Esa última parte del chiste se ha hecho casi realidad. El ex Congreso Nacional no es el Palacio Cousiño, pero construido más o menos en la misma época, tiene la misma solemnidad coqueta de efebos de mármol, columnas semidóricas y grandes lámparas de muchos cristales. Por entre esos pasillos y escaleras perfectamente “eurocéntricas”, caminan mapuches, aymaras y diaguitas en trajes ceremoniales o no. No puede dejar de ser una buena noticia. Es mucho mejor que el viejo palacio, que tantos errores, horrores y también grandiosos momentos ha visto vivir, asuma sus culpas, o más bien sus responsabilidades, y sea ahora la casa de todos.

Acoger a los que no estaban invitados, siempre será mejor que, como tantos parecían preferir, quemar la casa para construir una nueva en el descampado. Aunque algo de ese espíritu refundacional se cuela en cierta beatería “mapuchista”, perfectamente winka por lo demás. Todo el chiste de “Mapuches millonarios” se basaba en invertir el racismo habitual, por uno contrario. La situaciones que derivaban de ello eran absurdas, aunque más absurdo me resulta escuchar gente seria y adulta plantear algo parecido al chiste como una forma de reparación histórica. O sea, la vieja teoría del péndulo: la idea de que si se va de un extremo a otro, y se repara las injusticias de ayer con injusticia contrarias, en algún momento el péndulo llegará a su justo medio. Entre medio a los dos lados del péndulo se han creado heridas, resentimientos y odios que hacen imposible que se estacione en el centro nunca. O lo hace sólo como en Ruanda, donde los belgas aplicaron la teoría del péndulo a la perfección (primero privilegiaron a los Tutsis y luego a los Hutus), después de una masacre que no ha dejado a nadie en pie.

Por entre esos pasillos y escaleras perfectamente “eurocéntricas”, caminan mapuches, aymaras y diaguitas en trajes ceremoniales o no. No puede dejar de ser una buena noticia. Es mucho mejor que el viejo palacio, que tantos errores, horrores y también grandiosos momentos ha visto vivir, asuma sus culpas, o más bien sus responsabilidades, y sea ahora la casa de todos.

Mi mamá me enseñó a los 8 años que no existen pueblos buenos ni malos, que hay la misma cantidad de hijos de putas y santos en todos los colores de piel y camisetas. Es natural amar exageradamente su “identidad”; es más raro, pero igualmente ciego, amar la “identidad” de otro y odiar la suya. Lo que aprendemos tarde, mal o nunca es que las “identidades” cambian tanto que no se puede sobre ella fundar nada más que dudas o arte. Puede ser lindo (y un poco kitch) hacer la ronda para celebrar la Pachama, pero lo cierto es que si entran los dioses de unos a la Constitución, es normal que entren los de todos, como es normal que yo prefiera mis dioses a los tuyos, o sienta que tus dioses son enemigo de los míos. Es justamente para evitar ese debate que las constituciones republicanas separan a las religiones de la política y no reconocen a la tierra, al cielo, al rayo, a los espíritus de los muertos, ningún poder de decisión sobre una comunidad de individuos que nacen iguales en dignidad y derechos, como debería comenzar nuestra Constitución (hay cosas en que no conviene ser original).

Por supuesto que las machis tienen derecho a ser llamada machis, porque la Constitución, la de hoy, la de ayer, la de mañana (espero), garantiza el derecho a ser quien quieres ser y ser llamado como quieres ser llamado. Pero a la hora de votar nadie puede invocar más poder que el que le confirieron los que la eligieron para representarlos. La regla base de toda democracia es que todos deben ser respetados, pero nadie debe ser reverenciado. Son obviedades éstas que ya no son tan obvias, por desgracia. Los liberales de la asamblea deberían quizás recordar que el liberalismo es también una cultura, también una tradición y también una cosmovisión. Claro que es “eurocéntrica”, claro que es “racionalista”, claro que es “burguesa”. ¿Y qué tanto? No hay que olvidar que eso mismo le reprochaban los nazis, y los soviéticos, que eso mismo le reprochan los iraníes y los sauditas. Si hay que bailar la misma ronda, ojalá sea que recuerde que el objetivo final de toda Constitución debe ser que ser “mapuche millonario”, poeta, ingeniero, gay o bailarín de flamenco no tiene por qué ser un chiste ni bueno ni malo. Que el sentido de todo esto es separar por una línea imaginaria, pero igualmente real, en cada ciudadano el origen y el destino.

Mi mamá me enseñó a los 8 años que no existen pueblos buenos ni malos, que hay la misma cantidad de hijos de putas y santos en todos los colores de piel y camisetas. Es natural amar exageradamente su “identidad”; es más raro, pero igualmente ciego, amar la “identidad” de otro y odiar la suya. Lo que aprendemos tarde, mal o nunca es que las “identidades” cambian tanto que no se puede sobre ella fundar nada más que dudas o arte.

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