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Columna de Francisco Méndez: La Lista del Pueblo, la Tía Pikachu y la militancia de los no militantes

No hay nada más militante que buscar no serlo. No hay nada más partidista que no ser partidista. No hay nada más político que escapar del encasillamiento político y de buscar incansablemente no ser lo que, tarde o temprano, se será.

Uno de los símbolos de la Lista del Pueblo se aburrió y decidió suspender su participación en esta especie de conglomerado o partido político. Me refiero a Giovanna Grandón, la llamada Tía Pikachu, quien fue parte central de las protestas tras el 18 de octubre de 2019 por bailar en un corpóreo de la figura animada. La razón de su salida fue el conflicto, muy propio de la política, en torno a la candidatura del dirigente sindical Cristián Cuevas.

Como podría pasar en un partido político, mientras unos levantaron a Cuevas como la carta indiscutible del sector, otros, al ver que la decisión no reflejaba cambio alguno en lo que se puede llamar la política tradicional, decidieron que la elección final fuera, en las formas, menos impura, menos propia de los vicios que dicen querer combatir.

En medio de los dimes y diretes, Grandón dijo ser presionada por haber apoyado a Cuevas, lo que la llevó a tomar la decisión de poner en pausa una militancia inexistente por sentirse hastiada de formar parte de algo en lo que, suponía, había cierta libertad.

¿De quién es el error, de La Lista del Pueblo o de la llamada Tía Pikachu? De ambos, claramente. De la Lista del Pueblo por creer que se puede escapar de ciertas lógicas que toda organización humana tiene implícitas; y de Grandón, por otro lado, por confiar en que la independencia no requería compromiso. Por no haber entendido que la no militancia es una manera de militar soterradamente, más aún cuando se enarbola como un valor supremo en una supuesta colectividad.

¿A qué me refiero con esto? A que no hay nada más militante que buscar no serlo. No hay nada más partidista que no ser partidista. No hay nada más político que escapar del encasillamiento político y de buscar incansablemente no ser lo que, tarde o temprano, se será.

¿En serio alguien creyó que los que no querían formar ninguna estructura, tarde o temprano, no tendrían que hacerlo para sostener su marginalidad militante? ¿Alguien, realmente, sostuvo que para poder resistir con el antipartidismo no se requería, justamente, construir una maquinaria que fuera muy parecida a lo que se dice despreciar? Si es así, podemos apreciar que la vulgarización de la idea de democracia, esa que supone que los individuos pueden vivir en un permanente asambleísmo idílico, formado por hombres buenos y nobles, finalmente siempre choca con la necesidad de la acción política.

Como podría pasar en un partido político, mientras unos levantaron a Cuevas como la carta indiscutible del sector, otros, al ver que la decisión no reflejaba cambio alguno en lo que se puede llamar la política tradicional, decidieron que la elección final fuera, en las formas, menos impura, menos propia de los vicios que dicen querer combatir.

A esto hay que sumar que Grandón decidió ser constituyente no por un compromiso ideológico claro con algo más que alegar en contra de las injusticias del modelo que la tocaban como emprendedora. Creyó ser una carta interesante para integrar la Convención Constitucional porque es una más de esas individualidades que explotaron en octubre; una más de esas personas a las que su cotidianidad les resultó insoportable y no precisamente por tener un diagnóstico específico de los últimos treinta años.

Por lo tanto, lo que tenemos acá es una controversia entre una estructura, la que se avergüenza de serlo públicamente, y una de sus integrantes, quien se sumó a sus filas precisamente porque creía no ser parte de nada. Porque eso le prometía la Lista del Pueblo: ser parte de un todo donde realmente estaba sola y sus decisiones no dependían de nadie más que de ella; donde el relato colectivo era una manera de defenderse de lo verdaderamente colectivo, ya que era un refugio para esconderse de la responsabilidad partidaria.

Esa responsabilidad llegó de todas maneras y ella no supo qué hacer al respecto. Por esta razón es que decidió dar un paso al costado.

¿En serio alguien creyó que los que no querían formar ninguna estructura, tarde o temprano, no tendrían que hacerlo para sostener su marginalidad militante? ¿Alguien, realmente, sostuvo que para poder resistir con el antipartidismo no se requería, justamente, construir una maquinaria que fuera muy parecida a lo que se dice despreciar?

¿Pero cómo se renuncia a algo de lo que, en teoría, nunca se fue parte? Eso es lo interesante de este caso y de una lista de constituyentes, candidatos a diputados y senadores, que hace lo que dice combatir una y otra vez en cada una de sus decisiones y de sus comunicados públicos. Me imagino la desesperación de quienes juraron no ser lo que ahora son; los veo tratando de justificar ante los suyos, ante los que prometieron ser todo y nada a la vez, por qué hicieron tal o cual cosa. No debe ser fácil para ellos, porque para otros, para quienes creemos que la política es querer lo imposible, pero teniendo conciencia de cuáles son las posibilidades para lograrlo, este es otro pasaje de algo que, a pesar suyo, busca construirse.

* Francisco Méndez estudió Derecho en la Universidad Andrés Bello y es analista político. Ha colaborado en medios como El Dínamo, La Tercera PM, El Desconcierto, entre otros, y trabajó en la consultora de comunicaciones, Conecta Research.

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