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Columna de Francisco Méndez: Parece que Yasna no va a prender, chiquillos

La política está construida de momentos y, a diferencia de Bachelet, Provoste no supo leer el en el que le tocaba actuar. Y también, digámoslo, el resultado de las elecciones de Apruebo Dignidad y Chile Vamos creó un contexto en el que ella no es necesaria.

Antes de las primarias del 18 de julio, el viejo mundo concertacionista veía en Yasna Provoste su salvación, una nueva manera de revivir y redimirse ante la historia. La senadora tenía todo lo que se necesitaba en días en que la bravata mediática de Pamela Jiles ponía la música: hablaba con cierto tono de estadista, reivindicaba los símbolos de la política, pero, al mismo tiempo, representaba, debido a la acusación constitucional de la que fue objeto cuando fue ministra de Educación, a aquello que fue excluido y denostado por la lógica transicional.

Era la candidata perfecta. Y a ello se sumaba algo esencial: tenía un parecido a Bachelet. Estaba, al igual que la expresidenta en su segunda candidatura, esperando para aparecer como la gran madre que venía a poner a su sector tras ella, dispuesta a asumir que era la única que podría llevar a cabo el gobierno que los tiempos demandan

Pero la política está construida de momentos y, a diferencia de Bachelet, Provoste no supo leer el en el que le tocaba actuar. Y también, digámoslo, el resultado de las elecciones de Apruebo Dignidad y Chile Vamos creó un contexto en el que ella no es necesaria.

¿Qué puede proponer Yasna hoy con una izquierda liderada por un Gabriel Boric que no es visto con recelo por el antiguo mundo de la Concertación? ¿Es atractiva para cierto electorado demócratacristiano que mira a Sebastián Sichel con buenos ojos? El reordenamiento de las fuerzas tradicionales y el fortalecimiento de lo que alguna vez fue llamada la “izquierda extraparlamentaria”, entrega un nuevo escenario en que la gobernabilidad de la transición no resulta tan atractiva.

Tal vez el problema de Provoste radica en la cantidad de cuestiones que dependen del éxito de su candidatura. Puede ser la revitalización de un centro desordenado y que se muestra los dientes; pero también es la continuación, con otro rostro, de aquello que cumplió un ciclo histórico en Chile.

¿Qué puede proponer Yasna hoy con una izquierda liderada por un Gabriel Boric que no es visto con recelo por el antiguo mundo de la Concertación? ¿Es atractiva para cierto electorado demócratacristiano que mira a Sebastián Sichel con buenos ojos?

Si bien por mucho tiempo, incluso antes del estallido social de octubre de 2019, se ha venido cuestionando a aquel eje que gobernó la democracia posdictatorial, tal vez el testeo presidencial recién pasado fue el que efectivamente le puso la lápida, no necesariamente por lo que se hizo o no se hizo, sino porque el mundo progresista ha devenido en otra cosa, con otros intereses y otras aspiraciones.

El sentido de la ansiada gobernabilidad, aquella que se convirtió en un valor supremo luego del golpe de Estado de 1973 y la larga dictadura de Pinochet, no parece descansar en quienes la aseguraron en el pasado. Si bien se ha dicho que Gabriel Boric es el rostro del nuevo “partido del orden”, lo concreto es que el antiguo partido se sustentaba principalmente gracias a imposiciones ideológicas vestidas de unos acuerdos que actualmente no existen. En marcos institucionales que ahora no tienen ningún peso.

Gobernar Chile en el futuro parece una tarea más compleja que aplicar los vicios o virtudes de ayer para comandar el barco. La política como arte debe alimentarse de nutrientes similares a los de siempre, pero en otra cancha, conversando de otra manera con la gente, y sobre todo entendiendo que los vestigios del sistema institucional y económico que busca superarse siguen presentes, debido a que el ciudadano fue permeado a pesar suyo por lo que critica.

Por lo tanto, la nueva mezcla de ingredientes es sumamente interesante y necesita más que un reseteo rápido movido por lo que plantean las encuestas. Nos hemos dado cuenta, una y otra vez, que estas solo son actores interesados que buscan influir en el debate como lo hicieron en el pasado los medios tradicionales.

A lo mejor Yasna Provoste gane las primarias presidenciales. Tal vez tenga un buen resultado en la primera vuelta, también. Pero cuesta creer que sea hoy lo que se necesita para darle fuerza a una oposición que, entre discusiones, dimes y diretes, está buscando navegar lo que viene combinando las luchas del pasado, con las que vienen hacia adelante. No porque no sea una buena política, ni porque ella misma no sea la encarnación de algo nuevo entre lo viejo, sino porque es la llamada a levantar eso viejo. Es quien tiene, al igual que  Bachelet, la misión de volver a hacer andar una máquina cuyo engranaje está desactualizado.

La política como arte debe alimentarse de nutrientes similares a los de siempre, pero en otra cancha, conversando de otra manera con la gente, y sobre todo entendiendo que los vestigios del sistema institucional y económico que busca superarse siguen presentes, debido a que el ciudadano fue permeado a pesar suyo por lo que critica.

Como señalamos, la política es de momentos, incluso de instantes me atrevería a decir. De un minuto a otro las cuestiones cambian, lo que creíamos que estaba seguro que ocurriría, no ocurre. Las certezas de hoy mañana no serán las mismas. Por lo que a lo mejor las primarias de Unidad Constituyente pueden arrojar un resultado interesante, y puede Provoste, o incluso Paula Narváez, encabezar la reactualización de ese engranaje. Pero parece muy difícil.

* Francisco Méndez estudió Derecho en la Universidad Andrés Bello y es analista político. Ha colaborado en medios como El Dínamo, La Tercera PM, El Desconcierto, entre otros, y trabajó en la consultora de comunicaciones, Conecta Research.

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