José Ángel Cuevas por Manuel Torres

Escribe Raúl Zurita: La ex-poesía y la muerte de la palabra pueblo

Hoy se presenta “ex-chile, antología poética”, de José Ángel Cuevas. El libro (Editorial UV, 384 páginas) es un recorrido por textos donde su autor es testigo de las transformaciones del país para después poetizarlas. Uno de sus epílogos los escribió Raúl Zurita. Ése es el texto que presentamos a continuación.

La obra de José Ángel Cuevas le pertenece profundamente al habla, de la que se nutre, y su dimensión no es privada sino pública. No se trata de un sujeto inmerso en discursos que le conciernen sobre todo a su interioridad: a «su» angustia, a «su» soledad, a «su» discurso existencial, como fue casi toda la poesía chilena de los últimos cuarenta años, sino de un habla cuya voz da cuenta de un estado de lo colectivo. Es la poesía de un sujeto en situación, concernido con lo público, con lo que queda de lo público y con las palabras de los seres concretos, escenarios y hechos que lo encarnan. En las antípodas de Nicanor Parra tiene en común con él el lenguaje conversacional, esa práctica de la poesía que siguiendo a Pound debe ser semejante a la prosa, pero la diferencia con la antipoesía es absoluta. En José Ángel Cuevas el idioma hablado tiene, en la acepción mayor del término; en su sentido casi olvidado: un significado moral.

En eso radica parte de la dimensión y vitalidad que José Ángel Cuevas le ha devuelto a la poesía chilena. La carencia absoluta de retórica, su concretud, su contundencia (no hay una línea, un verso que en su poesía no diga algo), da cuenta del país que ha emergido y del modo en que, desde lo más oscuro todavía de él, desde sus espacios aún no narrados, continúan y continúan subsistiendo los escombros de un aplastamiento y de una suplantación que nada, ni en nuestro arte ni en nuestra cultura, se había retratado antes en la envergadura real de su magnitud. Lo nuevo es la dimensión que la poesía de Cuevas conscientemente involucra. No es una obra a partir de la cual los críticos o lectores «sensibles» pueden inferir: una colectividad (es obvio que todo poema, incluso el más «puro», en alguna parte reflejará lo colectivo), sino que casi como si la guiara un propósito programático esta poesía se entiende a sí misma como parte de esa colectividad haciendo que a través de ella hablen innumerables voces disgregadas, antiheroicas, casi anónimas, pero cuyo conjunto nos muestra la pérdida que mejor ejemplifica el Chile de la postdictadura: la pérdida de la palabra pueblo.

Crédito: Fotografía de Luis Bahamondes Acción de Delight Lab, Pésimo servicio y Galería Cima

Son las voces múltiples de esa pérdida, de ese asesinato enorme, las que se convocan y se toman la palabra en la obra de Cuevas. Quien habla en estos poemas a menudo se refiere a sí mismo como ex-poeta como si lo que se nos señalara es que también la poesía es un pasado, un ex, algo que ya no puede ser, porque en última instancia no son los autores, los ciudadanos, los individuos quienes verdaderamente escriben, sino que —como en los grandes poemas arcaicos— son los pueblos[1] y, por ende, si esa palabra ha muerto, el acto mismo de la poesía también ha muerto.

En las antípodas de Nicanor Parra tiene en común con él el lenguaje conversacional, esa práctica de la poesía que siguiendo a Pound debe ser semejante a la prosa, pero la diferencia con la antipoesía es absoluta. En José Ángel Cuevas el idioma hablado tiene, en la acepción mayor del término; en su sentido casi olvidado: un significado moral.

Lo que emerge entonces en la ex-poesía son las ruinas que continúan sobreviviendo de un gigantesco remate de saldos como en Poesía de la Comisión Liquidadora, donde los escenarios y seres que formaron lo que se llamó un país; desde los desmantelados ferrocarriles de Chile y su conmocionante elegía: 

ERA CHILE EL QUE PASABA POR SUS VENTANAS ABIERTAS

Y ya no pasa

hasta los rockeros borrados del Maxim, el toque de queda y ese infinito cúmulo de lugares que no están en el pasado porque se han transformado en la cara feroz y desahuciante del presente. Es lo que sintetiza el «Poema 201 (de la Comisión Liquidadora)»: el poema del renegado Krespi. Lo que ese poema nos muestra es, ni más ni menos, que lo que hoy se impone como una virtud ciudadana, como el gran acto fundacional, es ser un renegado, es renegar, es ser el renegado Krespi

nunca nadie llegó a imaginarse que/

el miembro suplente de la comisión política del partido

comunista de chile/ boris krespi n. de altas

responsabilidades en la Línea Leninista de Masas 70-73/

(y Acumulación de fuerzas)

hubiera sido tan hijo de perra en la hora de los qui’ubos.

una mierda en realidad

El final es feroz, pero lo es porque nos condena a la ratificación:

pobre infeliz de boris krespi,

sé que estai mejor que nunca.

¿Qué querís que te diga?

Como si emergieran entonces de un sueño insondablemente triste, desprovistos de cualquier aura y presentados sin ninguna concesión a la piedad o a la declaración de principios, a través de versos cortados, de observaciones hechas casi al pasar, de monólogos o reconstrucciones de diálogos las voces que hablan en la obra del ex-poeta José Ángel Cuevas tienen la radical virtud de mostrarnos, y por fin, algo que tiene el olor de lo verdadero:

Los que aquí cayeron

la otra sangre derramada

sentados a orillas del camino de la vida y

sin saber nada

movieron los ojos a las nieves eternas

Honor y Gloria a los alcohólicos de Chile

                                           Quién los mató?

                                           quién los vengará? 

«Movieron los ojos a las nieves eternas» y la consigna «¿Quién los vengará?» resuena en el absoluto vacío. En esa imagen de los alcohólicos sentados a orillas del camino se muestra algo que pareciera concentrar en sí el real alcance de lo perdido, de la derrota pura. Pero no hay una palabra en esta obra que no sea en sí un lugar perdido y al mismo tiempo que no sea el Responso por las infinidades de lugares difuntos sobre los que vivimos. La ex-poesía del ex-poeta José Ángel Cuevas es la expresión más lúcida y elocuente de esa Voz, que desde el 11 de septiembre de 1973 y por mucho tiempo más será el único nombre de Chile.

Esta poesía se entiende a sí misma como parte de esa colectividad haciendo que a través de ella hablen innumerables voces disgregadas, antiheroicas, casi anónimas, pero cuyo conjunto nos muestra la pérdida que mejor ejemplifica el Chile de la postdictadura: la pérdida de la palabra pueblo.

La ex-poesía nos dice así que no hay otra ética en el tiempo que nos tocó vivir. Más aún, que en un universo que ha llegado al non plus ultra del poder omnívoro del dinero y de la delirante violencia que eso implica; no puede existir otra voz moral que no sea aquella que segundo a segundo, anónima y colectivamente, levantan millones y millones de seres humanos sobre la faz de la tierra en su lucha por convertirse en seres humanos y por continuar siéndolo. La obra de José Ángel Cuevas, situada, referida a un territorio y a personajes tangibles, chilenos, reales, es una metáfora de esa humanidad completa. En otras palabras: nos dice que Chile, esta partícula minúscula de la Tierra, representa también ese fracaso y, al mismo tiempo, la persistencia casi inverosímil de la vida.

Parte de la fuerza de lo que se lee acá consiste así precisamente en dejarnos traslucir esa vida y mostrarnos que ella está en lo negado. Las frases y consignas que en este pequeño fin de mundo nos correspondieron ejercer en nombre de un sueño inmemorial y sin nombres: Unidad Popular, Venceremos, Clase Obrera, continúan siendo infinitas porque nos dieron al menos la oportunidad de ejercer un fracaso. O lo que es su verdadera premonición, su cara más oscura, nos dieron al menos la oportunidad de ser renegados y traidores, porque lo que eso significa es que sí hubo un sueño, es que sí hubo un intento, es que sí hubo un país, en suma: que construimos algo finalmente que podíamos traicionar. Al menos eso. Si Chile hoy es un espejismo, un ente tan vacuo —y a estas alturas es imposible no verlo, no desde la poesía— como lo que nos impone su discurso oficial, es porque ni siquiera existe algo que pueda ser traicionado.

La ex-poesía nos dice así que no hay otra ética en el tiempo que nos tocó vivir. Más aún, que en un universo que ha llegado al non plus ultra del poder omnívoro del dinero y de la delirante violencia que eso implica; no puede existir otra voz moral que no sea aquella que segundo a segundo, anónima y colectivamente, levantan millones y millones de seres humanos sobre la faz de la tierra en su lucha por convertirse en seres humanos y por continuar siéndolo.

Esa dureza está allí. La ex-poesía nos muestra entonces los despojos vivos de una enorme claudicación que los reflectores de los discursos del poder no quieren mostrar. Como lo señaló visionariamente muchos años atrás un crítico, esa suma de seres están presentados sin alardes, sin tonos admonitorios ni panegíricos, porque sus palabras, sus monólogos y diálogos son demasiado reales y vivos como para soportar un gramo de histrionismo. Pero lo que conmueve es que esa concretud está permanentemente cruzada por una nostalgia que es en sí casi indescriptible porque no le está hablando a los muertos sino a los vivos, como si quien escribe quisiera que los seres que aquí hablan volvieran a recuperar la dignidad de sus historias, que se levantaran desde ellas. No, no hay siquiera la sombra de una hipotética trascendencia, de un sube a nacer conmigo hermano. Lo que habla aquí es infinitamente más entumido, más irremediable, más trascendental.  

Raúl Zurita

2005[2]

La presentación del libro, hoy a las 19:00 horas, será transmitida en vivo a través de este enlace. Esta consta de una conversación con el autor moderada por el director de la editorial Universidad de Valparaíso, Cristián Warnken. Además, participarán la académica Soledad Bianchi -autora del prólogo- y los poetas Raúl Zurita y Jaime Pinos. Más información sobre el libro AQUÍ.


[1]        ¿Quién fue Homero? ¿Quiénes fueron Isaías, Job, Jeremías? Eso es la idea de pueblo, quienes escriben son partes de ese pueblo, partes del río que contiene todas las hablas.

[2]        Publicado originalmente en Restaurant Chile (2005) de José Ángel Cuevas.


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