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Connie Achurra, cocinera: “Sentía que ser pechugona no era elegante”

Ha salido su último libro “Cocina sana y feliz 3” en el cual recomienda recetas hogareñas. Aquí se refiere al fenómeno de ventas que han producido su libros, a la fama, a su compleja relación con la comida y con su cuerpo, a sus luces, a sus sombras, al gobierno y a cómo se debe comer en estas fiestas patrias.

“Yo pensaba que a estas alturas de mi vida iba a ser una estrella de rock”, murmura Constanza Achurra Díaz, cocinera espontánea, 44 años, dos hijas, enamorada febrilmente de Pedro e hija de un galán. Se veía, a esta edad, como una leyenda afinada, una Madonna con tacos en el escenario. Connie Achurra, La Rockstar, pateando el micrófono, sumida en bajones televisados. “Es que estudié música”, dice. “Di clases de canto”, aclara. “Fui jurado de Rojo Fama Contrafama, fui coach, fui entrenadora de talentos”, lanza. Connie Achurra, paradojalmente, salió en la tele mucho antes de ser famosa. Y ahora, recordando su vocación inicial, murmura:

-Viví tocando en bares

-¿Fue pobre?

-Sí.

Una pobre con un mensaje estético. Tuvo la vida estresante del artista con contenido. Tenía ideas y colores en la cabeza, pedaleaba una bicicleta buscando su lugar en el mundo y en la economía. Hija de un adulto legendario y sensual llamado Patricio, hermana de un bohemio constituyente de mirada dulce llamado Ignacio, Connie fue criada para ir en búsqueda de la inspiración. Entre Los Achurra sólo cabía el arte. Todo es estético, abstracto, estimulante. Pero un día se separó, se le cruzó una necesidad económica, y cocinó para pagar el arriendo. Le hizo clases a un montón de personas. El dato se difundió: “Hay una mujer que en Ñuñoa te enseña a cocinar de manera normal”. Y se elevó. El fenómeno creció. Se acumulaban los alumnos en la entrada. El hit de la época, año 2017: una separada con urgencias y dotada de una carcajada hipnótica te enseña los trucos de la cocina de antes.

-Hoy usted no es una estrella de rock. Hoy es la estrella del sartén, de la olla hervida, de la cocina toda- le anuncia la prensa, con galanura de comedor.

Ella ríe.

Hoy Connie Achurra es una heroína que cocina riendo. Es la que sale en la tele, pero que ya es famosa. Es la que acaba de publicar su tercer libro, Cocina Sana y Feliz 3, esa saga en que recomienda recetas espontáneas, sin matemáticas o pesas para calcular los milígramos. Hoy es la vedette de las librerías:

-He vendido cien mil libros…

-¿Qué?

-¡Es mucho! Ha sido impresionante.

-¿Cuánto vale cada libro?

-Como 25 lucas.

Sumamos a prisa. La cifra atora a este modesto endeudado. Al reportero se le llenan los ojos de emoción.

-Creo, según mis cálculos, que…usted es millonaria…

-Nooo….

-¿Pero su vida dio un giro?

-¡Me compré una casa!

-¿Al contado?

-Nooo, con crédito. La estoy remodelando. Está en Ñuñoa, en el límite con Providencia.

-¿Qué le dicen en la editorial?

-O sea… Me adoran, jajaja.

Y así fue: en medio de tantas vocaciones, porque ella estudió diseño-música-teatro, era a fin de cuentas una artista en búsqueda de un arte, dio sin querer en el blanco: la búsqueda del tesoro terminó junto a un refrigerador.

-Y todo ha fluido. Todo ha sido mágico. Todo ocurrió en el minuto indicado.

-¿Nunca pensó que se iba a dedicar a la cocina?

-Nunca. Lo mío era el arte, la música. Pero cuando empecé a cocinar me dije: “Esto me fascina y me funciona como pega”.

-Defina este proceso de fama gastronómica…

-Ha sido un proceso orgánico.

Y, entonces, un día le dijo a una amiga escritora: ¿Cómo se escribe un libro?

-Hay que tener una idea en la cabeza- le dijo Marcela Trujillo, su amiga.

-Yo tengo una.

Yo, dijo, quiero escribir esas recetas con que me alimenté de chica. Yo, dijo, quiero poner fotos de platos reales. Quiero que las fotos las saque mi hermana que es fotógrafa. Yo quiero que en lugar de medidas matemáticas, de milígramos o no sé qué, se hable de “un chorrito y cosas así”. En la portada me imagino saliendo con mis dos hijas. Y quiero que el título sea algo feliz.

-El resultado fue impresionante…- recuerda.

-¿Qué pasó?

-En la editorial me dijeron a todo que sí. Y el lanzamiento fue en la Feria del Libro, en la Estación Mapocho…

Los Achurra iban juntos en una van: era el debut. Los Achurra notan por la ventana que una multitud se está apretando en la entrada. ¿Qué sucede? grita algún Achurra. “¡Se vendieron todos los libros! ¡Ayúdenme, hay que pedir más!, explota una funcionaria de la editorial. ¿Y esa fila de gente? pregunta otro Achurra. “¡Son los admiradores de Connie, todos quieren comprar el libro, la multitud está irritable, quieren más libros!”, y alguien de la editorial se lanzó a correr.

Crédito: Agencia Uno

-Esa noche- recuerda Connie- yo, una desconocida, vendí todos mis libros y firmé dedicatoria hasta las nueve de la noche.

“Y todo ha fluido. Todo ha sido mágico. Todo ocurrió en el minuto indicado”

En esa oportunidad, al llegar a su casa en lo hondo de la madrugada, Connie Achurra, educada en el Colegio Saint John’s, regido por monjas severas y con tendencia a esconder los arrebatos, gritó:

¡PERO QUÉ FUE TODA ESTA HUEVADA!

-Fue un milagro…- le comentamos.

-Así parece.

-…una mujer que no era conocida, que pregona la cocina normal, de pronto genera una histeria colectiva…- el reportero sigue atónito.

-Así es…

-¿Cómo lo explica?

-No sé… Es magia. No sé, el minuto justo. La gente justo quería recetas que las identificaran. Mucha gente tenía ganas de volver a cocinar.

-¿Se considera actualmente una estrella de rock sin guitarra?

Ella ríe.

-Igual, no puedo negar que tengo seguidores muy leales.

-Mencione un seguidor ejemplar…

-Por ejemplo, un grupo de fans que se llaman “Las Achurras”.

-¿Qué necesita la gente?

-Identificarse. Comer lo natural. Comer de todo. Comer en las horas indicadas. Comer como se comía antes.

-¿La dieta nacional se ha agringado?

-O sea, absolutamente. En los años setenta la gente era delgada. Le gente comía carbonada. La gente tomaba agua. La gente comía con pan. La gente no tomaba bebidas todos los días.

-Una Coca Cola para compartir entre todos…- el reportero se emociona.

-Así es.

-Hoy es al revés, por la cresta, maldita necesidad de azúcares…

-Antes se comía tortas sólo para los cumpleaños.

-Ahora todos los días se inventa un cumpleaños…

-Y se engorda… Y se pierde la salud…

-Y el atractivo estético…

-La seguridad en ti mismo…

-Ahora entiendo a la multitud, Connie…- confiesa el reportero.

-¿Qué?

-Usted tiene el don. Usted es contagiosa.

-Naaa…

-Hay quienes tienen la sensación que usted ya es un adjetivo…

-No creo.

-¿No se siente capaz de llegar a ser un adjetivo? Alguien ya dirá: “¡Miren, ese plato es un Achurra!”

-No sé si soy un adjetivo. Pero, pucha, tengo buen feedback con la gente.

-¿Su vida encontró un rumbo?

-Al fin. Sí. Mi vida encontró el rumbo. Estoy en un momento bonito…

El rumbo equivocado

Ese lado es la luz. Y por acá va la sombra: Connie Achurra, la mujer que hoy enfatiza comer sano y ser feliz, padeció bulimia por diez años. Entre los 13 y los 23 años.

-Había semanas en que no comía nada.

“En los años setenta la gente era delgada. Le gente comía carbonada. La gente tomaba agua. La gente comía con pan. La gente no tomaba bebidas todos los días”

-¿Por qué?

-Para sentirme mejor.

-¿Qué comía exactamente?

-Un par de galletas. Y tomaba Coca Cola Light.

-¿Se sentía obesa?

-Me sentía infeliz conmigo.

-¿Usted era impopular en el colegio?

-Nono. Era súper normal. Cantaba, tenía pololo, reía. Disimulaba para no ser detectada.

-¿Pensaba todo el tiempo en comida?

-Todo el tiempo- y deja que las palabras resbalen.

Entonces no comía y, de pronto, lo comía todo.

-¿Cuál fue su momento más aterrador?

-Una vez…me comí un litro de helado cassata. Lo bañé en manjar. Lo bañé con un paquete de galletas Tritón que molí.

-¿Cuánto demoró en comer eso?

-Tres minutos… Y a escondidas. Sufriendo, llorando.

La imagen desgarra. La gurú, hoy luciendo tan completa, luce en esa escena trastocada, rebalsando la boca con manjar y lágrimas. Todo en medio de vómitos.

-Hay muchos factores para algo así…tiene que ver con la autoimagen

-¿Cómo se veía a sí misma?

-A veces son estupideces. Yo, ponte tú, soy súper pechugona. Pero, como estaba en un colegio de monjas, sentía que ser pechugona no era elegante. Las pechugas debían ser chicas. Y mis pechugas ya eran gigantes. Más encima era crespa, con así la mata de pelo.  

-¿Se sentía dentro de un cuerpo extravagante?

-Tiene que ver con moldes que se instalan. Eran los noventa. Las mujeres exitosas tenían talla 38. El éxito era la flacura. Antes el éxito era la Kate Moss y las huevonas esqueléticas.

Un día Ignacio, el hermano, el actor, la pilló vomitando en el baño. Abrió a la fuerza una puerta y la amenazó:

-¿Le dices tú a la mamá o le digo yo? – la encaró.

-Dile tú – cedió Connie.

Hubo siquiatras, doctores, exámenes, datos holísticos. Pasó toda la universidad yendo al baño acompañada de una compañera que parecía subyugada a las labores de chaperona. Un día un tratamiento la incitó a mejorar. Otro día nació su hija y se propuso sanar.

-Y hoy todo está atrás – confiesa Connie.

-¿Es usted estable?

-Soy, después de un larguísimo proceso, una adulta estable. Soy una mujer que se pudo reinventar.

-¿No le afecta que su vida haya vuelto a circular en torno a la comida?

-A una cocina sana y feliz. No, no me afecta. Ya sé que toda mi vida ha estado vinculada a la comida- complementa. Pero no ríe. La comida, finalmente, ha sido el ocaso y la cima. La comida ha sido su vida.

A la chilena                         

Quizás ha sido eso: su naturalidad. Apostar por la vida normal. Por eso ha vendido 100 mil libros. Por eso tiene 1.2 millones de seguidores. Y un programa en la televisión. Y otro en la radio. Y Connie, sin querer, ya siente un deber social.

“A veces son estupideces. Yo, ponte tú, soy súper pechugona. Pero, como estaba en un colegio de monjas, sentía que ser pechugona no era elegante. Las pechugas debían ser chicas. Y mis pechugas ya eran gigantes. Más encima era crespa, con así la mata de pelo”

-Le quiero decir a la gente que no se vuelva loca este 18 de septiembre.

-¿Qué recomienda?

-Organizar el estómago. No excederse todo el tiempo. Comer una empanada un día. Carne al otro. Choripán al otro.

-¿Volveremos a ser una sociedad flaca alguna vez, Connie?

-Siempre se puede. Siempre se puede. Lo importante es el equilibrio.

-¿Comer bien sana el alma?

-Si a tu cuerpo le das comida real, comida cotidiana, huevos, legumbres, frutas, será un cuerpo feliz. Y eso le hará bien a tu corazón.

Y Connie opina que su alma queda satisfecha cuando su cuerpo ingiere queso de cabra de Til Til. O frutas de la temporada. Durazno en el verano, pera en el invierno. Y eleva la voz para reclamar contra el Estado: es un deber alimentar con conciencia a la población. Y recuerda que un día se lo dijo personalmente a Boric, el candidato que lidera las encuestas. Le dijo: Mire, Boric, las Cajitas Feliz que se reparten entre la gente deberían incluir verduras, frutas, y menos carbohidratos, y menos harina. Y dice que Boric le dijo: Es interesante. Y Connie también le ha planteado a su hermano, el constituyente Ignacio Achurra, que considere el siguiente artículo: “CONSAGRAR EL ACCESO A LA COMIDA NUTRITIVA Y DE BUENA CALIDAD COMO UN DERECHO”.

Ojalá cambien las políticas públicas, piensa. Y luego se relaja, esboza una carcajada, la mueca Achurra, y Connie afirma que le gusta la berenjena, pero sus hijas odian la berenjena. Y dice que no le gusta el tofu, no hay caso. Y ante la consulta: “¿Es usted la versión progre de Virginia De María, el hito rubio de la cocina?”. Connie ríe y aclara que no, “somos amigas”. Y ante la otra consulta: “¿Es usted popular entre los chef?”. Connie dice que “no conoce a los chef”, no va a restaurantes, no se vincula con la elite de la gastronomía. Ella insiste en que es una cocinera puertas adentro, de la casa, una gestora familiar. Y suspira ante la palabra “legumbres”. Se obnubila ante la palabra “garbanzos”. Arruga la nariz ante la palabra “carne”. Aunque secretamente suspira con “empanada de pino”.

-Si no es una estrella de rock… ¿Al menos hoy siente que Connie Achurra es una marca?

-Eso puede ser. Soy pésima para los negocios, pero, sí…

-¿Sí qué?

Soy una marca – Y lo dice seriamente. Como si el fenómeno Achurra estuviera recién empezando.


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