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Columna de Rafael Gumucio: Mi violencia favorita

Decir que Chile despertó el 2019 es olvidar que llevaba sin dormir ya más de una década. La larga lista de causas que las manifestaciones pacíficas no lograron cambiar, según nos explica la escritora Nona Fernández en su artículo, pasa por el alto el 2011 y sus logros y olvida que la dictadura cayó en Chile por una combinación sabia de violencia y paz, o de violencia articulada hacia la paz.

La prestigiosa escritora, dramaturga y actriz Nona Fernández publicó en este mismo medio un artículo, “Violencia y brutalidad”, que resume mejor que cualquier cosa la confusión interesada con el Octubrismo se enfrenta a la violencia callejera. Nona Fernández no se libra al ejercicio estéril de dividir el movimiento en dos y celebrar el carnaval, la fiesta, las marchas pacíficas para deplorar el saqueo, la quema de edificios y estaciones de metro (con todos sus muertos y heridos). Siguiendo a Jean Genet, distingue la violencia, que es parte de la vida, de la germinación de una planta, del sexo, o la caza de las fieras, de la brutalidad que ejercería siempre el sistema, siempre el poder.

Jean Genet, una de las voces más perturbadoras y bellas del siglo XX, inventó esta distinción en 1977 para defender a los responsables de la Fracción del Ejército Rojo alemán (R.AF) de la prisión en que muchos de ellos se suicidaron. Se trataba de un grupo de pequeños burgueses que asqueados del capitalismo empezaron a comienzo de los años setenta, una serie de acciones armadas más o menos suicidas. El estado alemán respondió con particular crueldad y fuerza represiva. En este contexto Jean Genet, criminal mil veces confeso que pasó casi toda la vida en la cárcel, defiende lo que toda su vida defendió, la violencia del delincuente que mata porque hay algo bello, algo personal, algo vital en matar, contra el estado que mata de manera fría e imparcial a través de un funcionario gris que se limita a cumplir con la ley y después se va a almorzar tranquilamente a su casa.

El que golpea o quema o roba declara con su acto tener más derecho u otros derechos que los demás que no queman o no roban. Es lo que fascinaba a Genet de la violencia, el poder del asesino o del terrorista que arriesga al menos su vida en el intento. Le excitaba pensar en los nazis en sus aviones mientras estos bombardeaban París. Le hubiera parecido particularmente despreciable quienes, sin moverse de la comodidad de sus vidas burguesas, justifican la violencia del otro sin arriesgar nada personal en la jugada. Para Genet no hay nada que respetar en un semáforo, pero tampoco nada que respetar en que se burlan de los semáforos, pero gracias a ellos llegan a la hora al dentista o al cumpleaños de los niños. El que respeta los semáforos de su barrio y le importa poco los de los barrios de otro, es parte del orden, es decir es parte de la brutalidad. El que se queja que de los ruidos del vecino no es distinto del policía que dispara perdigones para justamente proteger su derecho de propiedad. Al menos el policía sabe que dispara, el que lo manda a hacerlo y lo juzga para hacerlo es un hipócrita, o, diría Pasolini, un moralista.

Jean Genet, criminal mil veces confeso que pasó casi toda la vida en la cárcel, defiende lo que toda su vida defendió, la violencia del delincuente que mata porque hay algo bello, algo personal, algo vital en matar, contra el estado que mata de manera fría e imparcial a través de un funcionario gris.

Para Genet la violencia política o se asume entera, con todas sus consecuencias, que no es otra que la brutalidad que la responde, o no se asume. No es atendible el que piensa que puede quemar el metro y no esperar ninguna represalia del estado. Otra cosa que en determinada circunstancias la violencia política pueda ser eso mismo, una forma extrema pero necesaria de hacer política. Es lo que intenta en la segunda parte de su artículo de convencernos Nona Fernández que fue el estallido. La violencia sería una respuesta necesaria a la injusticia estructural de una sociedad rota. No sólo esa injusticia la justifica y la explica, sino que su propia dinámica de la violencia necesaria habría sido la única responsable de que se llegara al acuerdo constitucional. Nadie puede negar que tuvo mucho que ver con el acuerdo. Pero habría que haber despertado ayer por la mañana para no reconocer que la misma idea de derogar la constitución y escribir otra nace de una serie interrumpida de manifestaciones pacificas o no tanto que empezaron más o menos por el 2006.

Decir que Chile despertó el 2019 es olvidar que llevaba sin dormir ya más de una década. La larga lista de causas que las manifestaciones pacíficas no lograron cambiar, según nos explica Nona, pasa por el alto el 2011 y sus logros y olvida que la dictadura cayó en Chile por una combinación sabia de violencia y paz, o de violencia articulada hacia la paz. Olvida, al revés, que después de tanto fuego, muertos, heridos, arruinados, cegados, tenemos la misma ministra de Transporte que el 2019, el mismo presidente, el mismo neoliberalismo (o quizás uno peor) y que la vida de los chilenos que con más de una razón se rebelaron en esa primavera del 2019 es, en casi todos los aspectos materiales, mucho peor que entonces. Esto sin hablar de las mujeres que encerradas en el más cerrado de los patriarcados vieron como la izquierda feminista se empeñaba en que los colegios, que eran su salvación, siguieran cerrados.

Nadie puede negar que (la violencia) tuvo mucho que ver con el acuerdo. Pero habría que haber despertado ayer por la mañana para no reconocer que la misma idea de derogar la constitución y escribir otra nace de una serie interrumpida de manifestaciones pacificas o no tanto que empezaron más o menos por el 2006.

La violencia apela a la fuerza por encima de cualquier otra razón. A veces es necesaria, a veces es inevitable, pero nadie que sepa un poco de historia olvida que cuando se apela a las fuerzas son los más fuerte los que ganan siempre al final. Algo de esta pasando en Chile que podría volver a las manos del pinochetismo. Nona Fernández escribiría quizás muchos libros preguntándose cómo pasó. Yo le puedo ahorrar el esfuerzo: cuando uno elige su violencia favorita no puede quejarse de que otros elijan también su violencia favorita. Si llamo mi violencia justicia y la de los otros brutalidad, no puedo quejarme que otros piensan al revés que la suya es justicia y la tuya es brutalidad. Los países en que vale la pena vivir, hijos de la violencia cortan de raíz ese debate y declaran que en toda violencia hay una brutalidad posible y que sólo muy pocos y muy pocas veces se puede usar ésta.

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